Sebastián Carrasco, el montañista ecuatoriano que venció al volcán Cayambe

jueves, 3 junio 2021 - 17:45
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Desde 2015, el “Zuco” -como lo apoderaron sus amigos- no puede caminar, pero tiene el ritmo de vida de un atleta de alto nivel. Para poder cumplir la hazaña de coronar el Kilimanjaro (5.895 metros de altura, en Tanzania) en septiembre de 2019 y luego el Cayambe (5.790 metros), el tercer pico más elevado del Ecuador, se entrenó en una handbike estática en casa, hizo fortalecimiento de brazos, pecho y espalda. Empezó a dormir en la altura para aclimatarse y trabajó en la resistencia, para afrontar días de entre seis y ocho horas de ascenso.

Llegar a la cumbre del Cayambe fue una muestra de compañerismo, amor y trabajo en equipo. Si 20 personas pudieron llevarme a la cumbre del Cayambe imagínate cómo una sociedad entera podría romper barreras para el bienestar de los discapacitados”, relata el andinista cuya silla y trineo fueron diseñados por su vecino y compañero de aventuras, Jack Bermeo.

“Él es mecánico, carpintero, hace parapente y escala”, agrega riéndose de su amigo todólogo.

VOLVER A LA VIDA

Extrañamente Sebastián no recuerda su accidente de 2015 como algo traumático. “Estaba haciendo unas prácticas en un sistema de cuerdas altas en Machachi y por una mala comunicación con mi compañero caí 12 metros sin estar asegurado, nadie tuvo la culpa”, cuenta el exguía de montaña quien tuvo que quedarse dos semanas en el hospital y dos meses en casa.

“La pandemia me recordó mi encierro, pero me enseñó a ser paciente y vivir lo malo como un aprendizaje”.

El “Zuco” Carrasco saca su fortaleza de sus amigos y su numerosa familia.

“Mis padres se divorciaron, pero se llevan bien, siempre fueron aventureros y amantes de la naturaleza. Mi papá fue montañista, vive en Tena, hace cuchillos y tiene una finca de cacao. Tengo cuatro hermanas. Mi hermana mayor recién regresó de estudiar en Australia, ahora vive en Tena y trabaja en cuestiones neurológicas para personas de la tercera edad, la segunda está en Galápagos. Las últimas son mellizas, una es profesora y la otra realiza documentales ambientales”, relata Sebastián, quien comenzó desde muy joven su romance con las montañas como pequeño participante de los campamentos Aire Libre, del escalador Fabián Zurita.

“Me motivó su mensaje: Vivir alejado de la tecnología, de la televisión, de las cosas materiales y comenzar a salir a la montaña para disfrutar de la naturaleza. Siempre decía que la verdadera alegría proviene de las victorias logradas después de grandes esfuerzos”.

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SIN LÍMITES

Los límites están en la cabeza y lo que logró el “Zuko” demuestra que ser la primera persona con discapacidad física en llegar de forma asistida a la cumbre del Cayambe es una hazaña realizable por pocos.

“No me quiero llevar todo el protagonismo, no sería justo. El esfuerzo que hicieron mis amigos para que pueda llegar a la cima es una prueba que hacer montaña saca lo mejor de cada uno”, menciona Sebastián, que ya sueña con conquistar el Cotopaxi y poder conocer el Himalaya con los perros que está entrenando para que lo puedan halar en su handbike. Mientras tanto dedica su logro a sus padres, hermanas, tía y “Puchungas” (sus dos hijas).

El 5 de mayo Sebastián cumplió 40 años y había planificado hacer una fiesta grande pero la celebración se anticipó 15 días antes cuando el quiteño bajó de la cima del Cayambe en parapente.

“Fueron 2.000 metros de desnivel sobre el cielo, algo espectacular”, recuerda el andinista. Ya no puede caminar, pero escala y vuela.

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CAMINO AL CIELO

Esta compleja aventura en el Cayambe duró tres días y comenzó muy temprano el martes 20 de abril. Tuvieron un breve paso por el refugio y comenzaron a ascender hacia el límite del glacial, a unos 4.900 metros, para instalar un primer campamento.

En el segundo día, Sebastián eliminó las ruedas del trineo para montarle esquíes y un sistema de cuerdas que lo ayudaría a remolcarse.

Para avanzar, sus amigos aseguraban las cuerdas en la parte superior del camino para que el “Zuko” se halara con los brazos. Llegaron a la cumbre en ocho horas, en un día despejado, lo que permitió que pudieran descender en parapente.

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