La IA y la automatización del pensamiento: Dilemas morales en el ocaso del último bastión de la productividad humana

Desde que el humano descubrió su innata habilidad para dominar la naturaleza y usarla a su favor, las revoluciones tecnológicas han cambiado paradigmas y transformado todos los aspectos de la vida diaria de manera continua e incesante. Uno de estos espacios clave de cambio perpetuo ha sido el trabajo.

Hoy nos encontramos en la llamada quinta revolución industrial, caracterizada, entre otras cosas, por la automatización de procesos intelectuales. Esta automatización del pensamiento plantea una amenaza a lo que hasta hace poco considerábamos el último bastión de la fuerza laboral: los trabajos de cuello blanco o trabajos intelectuales.

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Un ejemplo claro de cómo la tecnología transforma y democratiza el trabajo lo encontramos en la industria del transporte privado. Durante la última década hemos visto cómo los taxis han sido desplazados por plataformas como Uber que, gracias a la masificación del GPS, han permitido que cualquier persona con un teléfono inteligente y un auto pueda ganar dinero transportando personas y objetos de un lugar a otro.

Lo que antes era un conocimiento especializado del taxista—conocer las calles y atajos de una ciudad—se democratizó. Hoy más personas tienen acceso a esa fuente de ingresos, pero al costo de la falta de beneficios y la precariedad implícita en la economía gig.

Esta transformación ha tenido un efecto paradójico: mientras más trabajadores pueden acceder a estas oportunidades laborales, también se crean condiciones de trabajo más precarias y afecta a quienes se habían especializado en el negocio del transporte. De acuerdo con un estudio de la Oxford Martin School, el ingreso de los taxistas ha caído hasta un 17% en los últimos años como consecuencia de la masificación de las plataformas de viajes compartidos.

Sin embargo, la democratización de labores especializadas mediadas por la tecnología no es más que una fase transitoria entre los trabajos altamente especializados y la automatización absoluta de industrias enteras.

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Jensen Huang, líder de Nvidia y uno de los principales referentes de la inteligencia artificial, afirmó durante su aclamada conferencia GTC 2024 que el siguiente paso luego de la IA agéntica—aquella que en el presente está automatizando tareas investigativas y administrativas—será la llamada IA física: robots equipados con microchips de inteligencia artificial capaces de operar e interactuar en el mundo real, cerrando así el ciclo de la automatización.

Si ya en el presente la economía gig ha sido un desafío tremendo para legisladores de todo el mundo, lo que se viene será aún más difícil, no solo de contener, sino también de prever y anticipar, ya que si hay algo que caracteriza al mercado laboral contemporáneo es la incertidumbre.

De acuerdo a cifras proporcionadas por el Foro Económico Mundial en el 2025, el 39% de las habilidades de los trabajadores de cuello azul quedarán obsoletas. Seguramente muchos de ellos tendrán la oportunidad de capacitarse y cambiar de profesión pero la realidad es que a muchos también les costará reinsertarse en el mercado laboral, en especial, a aquellos trabajadores de países con sistemas educativos precarios como el nuestro. Frente a esto es inevitable preguntarnos, ¿Qué vamos hacer con esas personas que no lograrán reincorporarse a la cadena de producción?

Entre las alternativas que se han planteado está la de un salario básico universal, una idea que cada vez gana más popularidad pese a los enormes desafíos que implica garantizar una renta mínima a todos los ciudadanos, especialmente en economías en desarrollo como la ecuatoriana.

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Pero la discusión es aún más profunda y toca una de las fibras centrales de la sociedad moderna como lo es la ética del trabajo, concepto impulsado por el aclamado sociólogo del siglo XIX, Max Weber, que la define como la creencia en que el trabajar duro le da sentido a la existencia humana y sin un rol en el mercado laboral el individuo corre el riesgo de perder su identidad e incluso su razón de ser en la sociedad.

Debemos hacernos entonces algunas preguntas fundamentales: si la automatización de todos los procesos productivos es inevitable, ¿para qué automatizamos?; ¿Realmente queremos ser reemplazados por máquinas? Y si es así, ¿en qué tareas?

Al responder estas preguntas aparecen dos caminos que se bifurcan.

El primero entiende la automatización como una oportunidad para expandir aún más el crecimiento económico, trasladando al trabajador hacia nuevas tareas sin disminuir su tiempo de trabajo. La automatización, manejada de manera estratégica, no necesariamente ocasiona una reducción de ofertas laborales ni el colapso económico. Como lo explica la paradoja de Jevons, cuando un servicio se automatiza también se vuelve más barato lo cual hace que la demanda crezca, asegurando nuevas ofertas laborales.

El segundo la concibe como una oportunidad para liberar tiempo y permitir que los miembros de la sociedad se enfoquen en actividades "no productivas"—al menos desde un punto de vista económico—como las artes, la religión, la vida en familia, y, por qué no, el descanso.

Encontrar un consenso entre estas dos actitudes frente a la automatización, que nos acompañan desde la primera revolución industrial, es una tarea casi imposible, pues ninguna de las dos posiciones parte exclusivamente del pragmatismo, sino de la moral.

Quienes defienden al trabajo como el centro de la vida humana tendrán dificultades para congeniar con aquellos que lo perciben como un sistema opresivo que roba tiempo para otras actividades consideradas más valiosas. Al final, la discusión es una cuestión de valores más que de productividad.

Aquellos que defienden el valor del trabajo seguramente encontrarán nuevas actividades que mantengan a las futuras generaciones empleadas y ocupadas, expandiendo la economía. Quienes valoran el tiempo de ocio exigirán a sus gobernantes una renta universal que les permita sobrevivir sin trabajar, tal vez al costo de reducir los estándares de vida de una sociedad que cada vez es más escéptica sobre el valor del crecimiento económico infinito prometido por las revoluciones tecnológicas.

Estas son preguntas demasiado importantes para ser delegadas únicamente a élites empresariales o a políticos de turno. Trascienden lo técnico y nos obligan a enfrentar cuestionamientos morales que todos deberíamos empezar a hacernos antes de que otros tomen estas decisiones por nosotros.