Un juego con canicas y cajas de rompecabezas, aplicado a 336 niños de entre 4 y 9 años en seis comunidades de tres continentes. Mostró un patrón similar: la disposición a ayudar a un compañero en apuros se repitió con una frecuencia parecida en lugares tan distintos como una ciudad alemana y una aldea pastoril de Kenia.
El estudio, dirigido por Henriette Zeidler, investigadora de la Sapienza University of Rome, y Daniel Haun, director del Max Planck Institute for Evolutionary Anthropology en Leipzig, buscó determinar cuánto pesa la cultura frente a un impulso aparentemente universal.
Lo que cambió entre los grupos no fue la frecuencia con la que los niños ayudaron, sino la forma en que lo hicieron. Según el equipo, esa variación coincide con la manera en que los adultos de cada comunidad suelen enseñar a cooperar.
Un mismo juego en tres continentes
Investigaciones previas se habían enfocado sobre todo en niños pequeños que asistían a adultos, muchas veces a sus propias madres, en lugar de observar lo que ocurre entre pares de edad similar. Para este trabajo participaron equipos de Leipzig University, la University of Plymouth y dos instituciones más.
Las comunidades elegidas tenían formas de vida muy diferentes entre sí: los Wichí, en Argentina, y los ≠akhoe hai||om, en Namibia, son cazadores-recolectores asentados; los Samburu, en Kenia, se dedican al pastoreo de ganado; y tanto los Quechua, en Bolivia, como los Kikuyu, en Kenia, viven de la agricultura.
Las familias alemanas del estudio tenían en promedio 1,5 hijos, frente a 6,3 entre los Samburu, una diferencia que da una idea de lo distante que son los contextos comparados.
Cómo funcionaba la prueba
Los asistentes de investigación locales enseñaron primero, en grupos pequeños, a abrir un tipo de caja con mecanismo de rompecabezas, para que la actividad pareciera un juego y no una tarea impuesta.
Luego cada niño quedaba emparejado con un compañero de su misma edad y sexo: uno jugaba con canicas mientras el otro observaba desde unos metros de distancia.
El que jugaba enfrentaba dos contratiempos, e uno era una caja que nunca había aprendido a abrir, aunque el observador sí sabía hacerlo. El otro era una taza o una bolsa de papel con una ranura oculta que dejaba caer las canicas al suelo.
En cualquiera de los dos casos, quien miraba podía explicar la solución, resolverla directamente o combinar ambas opciones; recoger canicas sueltas era algo que el jugador podía hacer solo, pero abrir la caja no.
El socorro aumentó cuando era imprescindible
En las seis comunidades, la mayoría de los niños intervino. Según las estimaciones del equipo, la probabilidad de que un niño resolviera la caja trabada fue del 75% entre los Kikuyu y llegó al 88% entre los Quechua.
Cuando se derramaban las canicas, las intervenciones fueron menos frecuentes en todos los grupos: oscilaron entre el 45% entre los Kikuyu y el 76% entre los Quechua. En las seis poblaciones, los niños respondieron más cuando el compañero no podía resolver el problema por su cuenta.
La edad marcó una diferencia clara
Esa brecha aumentó con la edad, e la intervención ante la caja se mantuvo estable entre los 4 y los 9 años. Mientras que la ayuda para recoger las canicas cayó entre 20 y 27 puntos porcentuales en todos los grupos. Los niños mayores tendieron a intervenir cuando el compañero no lograba resolver el obstáculo por su cuenta.
En una entrevista con Earth, Zeidler dijo que la experiencia personal de cada niño con tareas cotidianas, desde quehaceres domésticos hasta el cuidado de hermanos menores, variaba mucho entre los seis grupos. Indicó que resultó sorprendente comprobar cuánto se parecía el comportamiento observado en el experimento, a pesar de esas diferencias de crianza.
De la acción directa a la explicación
Los más pequeños optaban casi siempre por resolver el problema ellos mismos: recogían las canicas o intentaban abrir la caja en lugar de su compañero. A medida que crecían, esa intervención práctica se volvió menos frecuente y ganó terreno la explicación verbal.
A partir de los cinco años y medio aproximadamente, los niños mostraban mayor tendencia a explicar cómo abrir la caja que a explicar dónde habían caído las canicas.
La probabilidad general de intervenir ante la caja trabada cambió poco con los años, lo que sugiere que el impulso de socorrer no desaparece con la edad: cambia de forma y pasa de la acción directa a la instrucción.
Ese tránsito, presente en las seis comunidades analizadas, respalda la idea de que cooperar con otro niño es un rasgo compartido de la infancia. Incluso cuando las costumbres locales moldean la forma concreta en que se expresa.













