Hace más de dos mil años, durante el reinado del emperador Augusto, el historiador hispanorromano Marco Juniano Justino rescató en su síntesis de las Historias Filípicas de Pompeyo Trogo una famosa reflexión sobre los habitantes de la península ibérica. El cronista señalaba que los hispanos eran sumamente valientes en la batalla, pero con un gran defecto: si carecían de un enemigo común en contra de quién luchar, terminaban ocupando su tiempo y energía en pelearse apasionadamente entre sí.
Un rasgo histórico que costó dos siglos de resistencia
Esta observación se originó durante la compleja conquista romana de Hispania, un proceso bélico de enorme desgaste militar que se extendió por casi dos siglos, desde el 218 a.C. hasta el 19 a.C. Pueblos célebres por su ferocidad como los celtíberos, los lusitanos al mando de Viriato o los cántabros presentaron una resistencia legendaria a las legiones romanas, inmortalizada en episodios trágicos como el sitio de Numancia.
Sin embargo, la mayor debilidad de estos pueblos no radicó en las tácticas del Imperio romano, sino en la incapacidad estructural de mantener alianzas estables una vez que las amenazas inmediatas desaparecían. Roma logró consolidar su hegemonía sobre el territorio aprovechando precisamente el fraccionamiento político y las pugnas entre tribus rivales.
Un espejo histórico para la sociedad y la política ecuatoriana
Aunque redactada desde la perspectiva de una potencia conquistadora, la icónica cita atribuida a Pompeyo Trogo trasciende la Antigüedad y resuena con fuerza en los análisis sociopolíticos contemporáneos de Ecuador. Diversos sociólogos e historiadores locales señalan que la fragmentación y el desunión cíclica han constituido un freno histórico para el desarrollo de la nación.
Al igual que los pueblos ibéricos de hace dos milenios, la sociedad ecuatoriana ha demostrado una capacidad admirable para unirse ante emergencias nacionales o amenazas externas, como desastres naturales o disputas fronterizas, solo para retornar rápidamente a intensas disputas ideológicas, regionales y políticas.
Analizar este testimonio clásico invita a reflexionar sobre cómo la falta de consenso, la polarización institucional y los apasionamientos internos continúan erosionando la cohesión social en el Ecuador actual. La lección del Imperio romano recuerda que las divisiones internas fragilizan a los pueblos frente a sus verdaderos desafíos.













