Hace 70 millones de años, Mongolia albergaba un dinosaurio gigante cuya apariencia aterradora ocultaba una realidad inesperada. El Therizinosaurus cheloniformis tenía garras de más de un metro de longitud —las más largas registradas en un animal terrestre—, pero las usaba para alimentarse de plantas, no para cazar.
Darla Zelenitsky, paleontóloga de la Universidad de Calgary, comparó la anatomía del animal con una combinación de características de jirafas, pandas y perezosos. Por eso lo describió como el «Frankenstein de los dinosaurios».
Su aspecto de depredador feroz contrastaba con su dieta exclusivamente herbívora y desafiaba lo que la biología depredadora sugeriría sobre un animal con garras de ese tamaño.
Las garras y su propósito aún debatido
Un estudio publicado en 2023 en Communications Biology analizó la función de estas garras en distintos terizinosaurios. Los investigadores descubrieron que las del Therizinosaurus cheloniformis eran tan largas que no pudieron identificar una función mecánica clara para ellas. El hallazgo dejó abiertas nuevas posibilidades sobre su uso.
Los científicos proponen que estas estructuras podrían haber servido principalmente para intimidar a otros animales o participar en exhibiciones visuales durante el cortejo. Los paleontólogos también contemplan que ayudaran a alcanzar ramas, manipular la vegetación o incluso defenderse, aunque el debate sobre su función principal continúa.
Nuevos descubrimientos sobre los terizinosaurios
El hallazgo de otra especie afín, el Duonychus tsogtbaatari, que vivió hace aproximadamente 90 millones de años, amplió el conocimiento sobre esta familia de dinosaurios. Esta especie se diferenciaba de sus parientes porque tenía solo dos dedos en cada mano, en lugar de los tres que caracterizaban a otros miembros del grupo.
En 2012, un fósil conservaba la cubierta de queratina de una garra de unos 30 centímetros, lo que proporcionó evidencia directa de la estructura real de estas extremidades y reveló la diversidad dentro de esta familia paleontológica.
Estos descubrimientos muestran cómo la evolución produjo criaturas cuya apariencia amenazante contrastaba con su dieta herbívora y cuestionan la idea de qué hacía peligroso a un dinosaurio en el Cretácico.













