Largas grietas poco profundas atraviesan la llanura de Nullarbor, en el sur de Australia. Aunque parecen lechos de antiguos ríos, en realidad marcan el colapso lento de cuevas subterráneas. Este descubrimiento ofrece a los geólogos una herramienta para identificar cavernas ocultas en la Tierra y, potencialmente, en Marte.
La meseta de Nullarbor se extiende por más de 200.000 km2 a lo largo de la costa meridional de Australia. Durante más de 14 millones de años ha sido tierra seca, sin glaciares ni arroyos, lo que la convierte en un laboratorio natural para entender cómo se forman estas estructuras geológicas únicas.
Cómo se formaron las Trincheras
Cuando las cuevas profundas se colapsan lentamente, el hundimiento atraviesa las capas superiores hasta alcanzar la superficie, dejando depresiones poco profundas que resultan fáciles de pasar por alto.
Matej Lipar dirigió la investigación como becario de investigación adjunto en la Escuela de Ciencias de la Tierra y Planetarias de la Universidad Curtin, en Perth. Ahora trabaja en el Instituto Geográfico Anton Melik, en Liubliana, Eslovenia.
El equipo examinó cinco trincheras cerca del borde oriental de la llanura. Estas estructuras varían desde algunos kilómetros hasta más de 12 kilómetros de largo y tienen entre 100 y 500 metros de ancho.
La mayoría no supera los 30 pies (9 metros) de profundidad, una dimensión comparable a la altura de un edificio de tres plantas, aunque algunas se extienden casi cinco campos de fútbol.
Diferencias clave con valles fluviales
Los valles de ríos típicos presentan arroyos tributarios y transportan arena y lodo hacia abajo. Las trincheras de Nullarbor, en cambio, comienzan y terminan de forma abrupta, sin canales laterales ni conexión con ningún sistema de drenaje.
Su piso superior contiene arena, mientras que capas más profundas acumulan limo y arcilla, probablemente depositados por lluvias ocasionales en lugar de flujo continuo.
Las fracturas geológicas también quedan descartadas como causa: un movimiento de falla deja un lado del terreno más elevado que el otro, un patrón que estas Trincheras no presentan. Sin embargo, corren aproximadamente paralelas a las fallas regionales, lo que sugiere una conexión estructural más profunda.
Cómo detectaron las cuevas ocultas
El equipo utilizó corriente eléctrica para sondear el subsuelo y midió con qué facilidad atravesaba cada material. La piedra caliza sólida la resistía, mientras que el sedimento y la roca fracturada la conducían.
Bajo cada trinchera encontraron una zona que conducía bien la corriente, más allá del alcance de los instrumentos. La zona se encontraba entre 100 y 230 pies (30 a 70 metros) de profundidad y estaba rodeada de piedra caliza intacta.
Los registros de la Federación Australiana de Espeleología confirmaron que varias trincheras se alineaban con cuevas conocidas del Nullarbor. La evidencia más clara proviene de Clay Dam Cave. En la Trinchera de Koonalda, de unos 66 pies (20 metros) de profundidad, el colapso interior expone capas rocosas que se hunden bajo una capa de suelo arenoso.
La Cueva de Koonalda se extiende bajo tierra más de un kilómetro al norte de la Trinchera de Koonalda.
Implicaciones para la exploración marciana
El descubrimiento permite a los geólogos reconocer depresiones tan sutiles que resultan fáciles de pasar desapercibidas. Los modelos digitales exagerados del terreno revelan estas características con claridad en un paisaje que de otra forma parecería completamente plano.
Este mismo enfoque podría aplicarse a datos de satélite de Marte. Los investigadores han reportado valles secos junto a grietas de colapso en el planeta rojo. Las claves para identificar regiones con cuevas incluyen grietas alineadas en línea recta, grupos de depresiones similares y ausencia de arroyos conectados.
En la Tierra, las cuevas guardan registros de climas antiguos y restos de parientes humanos extintos. En otro planeta, una cueva podría proteger evidencia de vida pasada de la radiación y temperaturas extremas, además de servir como refugio para futuras misiones astronautas. El estudio completo fue publicado en la revista Communications Earth & Environment.













