Un muro de hielo más alto que un edificio de 30 pisos debería desplomarse por su propio peso, según la teoría que domina los modelos climáticos más alarmantes.
Una vez que el frente de un glaciar alcanza esa altura, la pared colapsa y deja expuesta otra aún más alta detrás, que repite el mismo proceso hacia el interior del continente. Esa idea alimenta las proyecciones más extremas sobre el aumento del nivel del mar.
Pero veinte años de mediciones con láser, recogidas por Caroline Needell, del programa conjunto del MIT y la Woods Hole Oceanographic Institution, junto con Catherine Walker, de la misma institución oceanográfica, y Jeremy Bassis, de la University of Michigan, cuentan una historia distinta.
Los frentes gigantes existen y se rompen más rápido de lo que suponen los modelos. Sin embargo, el retroceso se frena por sí solo antes de descontrolarse. Las conclusiones se apoyan en un grupo reducido de glaciares, no en todos los frentes del planeta, y las velocidades medidas corresponden a periodos de meses, no de décadas.
Paredes gigantes, pero poco comunes
El equipo analizó 15,330 observaciones de paredes de hielo repartidas entre la Antártida y Groenlandia. Parte de los datos provino de vuelos de aviones de la NASA sobre los márgenes helados entre 2003 y 2019. El resto provino del satélite ICESat-2 de la agencia espacial, que mide los pulsos láser reflejados en la superficie desde 2018.
La mayoría de esas murallas resulta modesta en altura. En la Antártida, el 95% se queda por debajo de 171 pies (52.2 metros) sobre el agua, y en Groenlandia el límite equivalente sube a 251 pies (76.6 metros). La pared más alta registrada en cada territorio apenas supera los 400 pies (unos 125 metros).
Un hallazgo que sorprendió al equipo
Solo 16 glaciares de todo el relevamiento mostraron frentes por encima de 295 pies (90 metros), una altura cercana al punto en el que, según la teoría, el hielo debería fallar. En entrevista con Earth, Walker indicó que encontrar esos casos fue quizás el resultado más inesperado del estudio, aunque todavía sean raros.
La propia Walker destacó además que, pese a tener climas muy distintos entre sí, la Antártida y Groenlandia comparten una altura promedio casi idéntica en sus murallas de hielo: alrededor de 105 pies (32 metros).
El papel del agua profunda
La altura de cada muralla estuvo ligada sobre todo a tres factores. Los frentes más elevados se asentaban en aguas profundas, donde la presión del mar empuja contra la masa congelada y la sostiene desde abajo.
También quedaban detrás de bloques densos de icebergs y hielo marino acumulados frente al glaciar, y tenían una superficie más lisa, con menos grietas visibles.
Según los autores, esa acumulación de icebergs podría funcionar como un freno natural: una pared alta desprende bloques grandes y esos bloques tienden a encallar en el fondo marino, formando una barrera que retiene lo que queda detrás.
Las grietas frenan el crecimiento
Las fracturas tienen el efecto contrario al de los icebergs. Las murallas más altas no presentaban más grietas, lo que sugiere que el hielo muy fracturado se rompe o se adelgaza antes de alcanzar alturas extremas.
Cuatro glaciares mostraron frentes cercanos a la altura de colapso propuesta por la teoría y retrocedieron durante el período observado: Fleming, Commandant Charcot y Frost, en la Antártida, junto con Tuttulikassaap Sermia, en Groenlandia. El equipo midió la velocidad de retroceso de cada frente en tramos de aproximadamente tres meses.
La fórmula se queda corta
Las paredes más altas también perdían masa con mayor rapidez. Una muralla de unos 330 pies (100 metros) se desprendía a un ritmo más de tres veces superior al que predice la fórmula de colapso usada en las proyecciones más extremas para esa misma altura.
El contraste entre esa velocidad real y el cálculo de los modelos pone en duda el escenario de ruptura descontrolada. Los glaciares estudiados muestran que el proceso avanza con fuerza, pero encuentra frenos propios —agua profunda, icebergs encallados y grietas— antes de desencadenar el colapso en cadena que anticipan las proyecciones más severas.













