Cuando los antiguos egipcios levantaban las pirámides, entre los años 2686 y 2181 A.C., un pino ya crecía lentamente en las montañas de California. Ese ejemplar de pino bristlecone tiene hoy más de 4.800 años y sigue en pie. Fue bautizado como Matusalén, en honor al patriarca bíblico que, según la tradición, vivió 969 años.
El nombre quedó ligado a esta conífera, capaz de resistir donde casi ninguna otra planta sobrevive.
Un secreto guardado por décadas
La ubicación exacta del pino se mantuvo oculta durante mucho tiempo. En 2021, después de que se difundieran unas fotografías, el Servicio Forestal estadounidense confirmó que el ejemplar crece en las Montañas Blancas de California. El organismo reveló el dato para protegerlo de posibles actos de vandalismo.
La búsqueda que cambió la historia
Durante años se creyó que las secuoyas gigantes eran las plantas más viejas del planeta, porque su tamaño enorme parecía indicar siglos de crecimiento. Esa idea se derrumbó en 1953, cuando un investigador climático de la Universidad de Arizona llamado Edmund Schulman (1908-1958) viajó hasta la Floresta Nacional de Inyo.
Schulman buscaba árboles primitivos que le sirvieran para reconstruir las sequías antiguas de Estados Unidos. En esa expedición encontró los primeros pinos bristlecone con más de 4 mil años de edad, entre ellos el propio Matusalén. El hallazgo abrió una nueva línea de estudio sobre la edad real de la vegetación.
Cómo se calcula la edad de un tronco
Para fechar un árbol, los científicos extraen una muestra cilíndrica del tronco y cuentan los anillos de crecimiento uno por uno. Cada anillo equivale a un año de vida, y su espesor puede indicar cuánta lluvia cayó en esa temporada, qué tan frío fue el clima o si hubo alguna erupción volcánica cerca.
El secreto de una vida tan larga
La ciencia todavía no tiene una explicación completa sobre por qué estos pinos aguantan tanto tiempo, aunque hay pistas firmes. Crecen apenas 2,5 centímetros cada 100 años, un ritmo tan lento que produce una madera densa y muy resistente a insectos y a la pudrición.
El entorno de las Montañas Blancas refuerza esa resistencia natural. El aire de la Floresta Nacional de Inyo es seco y el clima se mantiene frío. Además, el suelo rocoso de dolomita deja poco espacio para otras plantas, animales o plagas.
Amenazas que ponen en riesgo a los sobrevivientes
Ni siquiera la resistencia acumulada durante milenios protege a estos pinos de todos los peligros. La peor sequía registrada en el oeste de Estados Unidos en más de 1.200 años mató a varios ejemplares que crecían cerca de Matusalén.
La sequía muestra que la longevidad extrema no vuelve a estos árboles inmunes a los cambios en las condiciones del planeta. Matusalén sigue de pie, pero varios árboles de las Montañas Blancas no resistieron el mismo golpe.











