El instituto de neurociencias en Cuenca donde los tratamientos son hasta 90 por ciento más baratos
La Universidad Católica de Cuenca financia este instituto, donde se tratan condiciones como la depresión resistente, ansiedad, dolor crónico, migrañas o trastornos del neurodesarrollo.
En la Universidad Católica de Cuenca, en una de las salas de su Instituto de Neurociencias, un joven autista volvió a hablar después de cinco años de silencio. Durante una sesión de estimulación cerebral, respondió por primera vez con palabras a una pregunta simple: “estoy bien”. Su abuelo salió llorando del consultorio. “Me dijo que era la primera vez que le escuchaba hablar desde la pandemia”, recuerda Johanna Pozo Neira, gerente del centro.
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Historias como esa son las que terminan explicando el verdadero alcance de un espacio que nació en medio del caos del 2020 y que hoy es uno de los proyectos en salud mental que hay en el austro ecuatoriano. “La universidad decidió apostar por terapias innovadoras a raíz de toda la necesidad de salud mental que dejó la pandemia”, explica Pozo.
Así comenzó el instituto, inspirado en modelos brasileños especializados en neuromodulación no invasiva, una técnica que usa estimulación magnética y eléctrica cerebral para tratar condiciones como depresión resistente, ansiedad, dolor crónico, migrañas o trastornos del neurodesarrollo.
Actualmente el centro atiende alrededor de 400 citas mensuales con un equipo interdisciplinario integrado por psicólogos, neuropsicólogos, médicos e ingenieros biomédicos. Pero el objetivo no es solo clínico. El instituto articula tres ejes: atención, investigación y docencia.
Uno de los aspectos más relevantes del proyecto es el acceso económico. Tratamientos que en otros países pueden costar entre 15 mil y 35 mil dólares, en el instituto llegan a ofrecerse desde 1.500 dólares gracias al financiamiento universitario. “Esto puede llegar a cubrir hasta el 90% del costo comercial de las terapias”, explica. Para ella, pensar la salud mental desde la realidad económica del país era una condición indispensable.
Los casos que pasan por el centro muestran también otra dimensión del trabajo. Una paciente con fibromialgia severa volvió a jugar con su nieto después de 15 años de dolor constante. Otra mujer con trastorno obsesivo compulsivo, que llevaba décadas aislada, recuperó autonomía tras completar su tratamiento. “Son experiencias que hacen que todo valga completamente la pena”, dice.
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El instituto también impulsa proyectos científicos y programas de prevención en colegios. Fue el primero del país en recibir un fondo de la Organización Internacional de Investigación en el Cerebro para actividades de divulgación científica. “La mejor forma de trabajar la salud mental es la prevención”, afirma Pozo.
En tiempos donde hablar de salud mental aún genera resistencia, el Instituto de Neurociencias intenta demostrar que la investigación universitaria también puede convertirse en un servicio tangible para la comunidad: uno capaz de producir conocimiento, formar profesionales y mejorar la vida de las personas.