Una madre nunca debería enterrar a su hijo. Un padre, jamás verse obligado a fingir compostura y temple ante semejante tragedia. Una hermana no tendría que luchar contra la desesperanza para mantenerse en pie. Y, sin embargo, ahí está la familia: ese pegamento invisible, ese resorte que nos sostiene y nos permite seguir adelante, incluso cuando el dolor parece arrebatarnos cualquier propósito.
LEA TAMBIÉN: “Volver a vivir”: así funciona la reconstrucción de areola tras el cáncer de mama
La muerte, con toda su crueldad, termina por guiar la conducta de los vivos. El libre albedrío nos concede la posibilidad de escoger cómo enfrentar su inevitable presencia: vivir bajo el temor constante de perder la vida o convertir la certeza de su final en el combustible que impulse nuestros propósitos, anhelos y metas. Una carrera contra el tiempo en la que, paradójicamente, todos conocemos el desenlace.
La muerte tiene en la salud a su alfil, a su emisario y mensajero perpetuo. Es ese narrador omnisciente que nos recuerda, a veces con sutileza y otras con brutalidad, que nuestro paso por esta tierra es finito y que el camino puede resultar física y psicológicamente doloroso. Por eso, también está en nuestras manos decidir cuánto cuidamos nuestro bienestar físico y mental, mientras buscamos ese propósito que haga que nuestra existencia sea algo más que el simple hecho de seguir respirando.
LEA TAMBIÉN: VIDEO | Ayudó a 60 personas durante el diluvio en Guayaquil: la historia de Daniela que conmueve
Finalmente, está el tono con el que decidimos enfrentar la realidad. Ese prisma a través del cual interpretamos cuanto nos sucede y que, muchas veces, termina definiendo nuestra propia existencia. Podemos escoger la amargura, alimentada por razones que nunca faltarán: deudas, injusticias, pérdidas y decepciones. O podemos emprender la lucha más difícil de todas: aprender a vivir con gratitud, incluso cuando la vida parece empeñada en arrebatárnosla.
Porque quizá la mayor lección que nos deja la muerte no tiene que ver con el final, sino con todo aquello que hacemos antes de alcanzarlo. La felicidad, como suele decirse, no está al final del camino: es el camino mismo.
LEA TAMBIÉN: VIDEO | Retiro de un perro por lluvias en Guayaquil, investigación en Quito y el final feliz de Cumbre
Y acaso vivir consista precisamente en eso: comprender que no escogemos cuánto tiempo tenemos, pero sí qué hacemos con el tiempo que nos queda.