Juan Carlos Aizprúa encuentra refugio en los libros, las caminatas con su perro Coco por el Parque Metropolitano de Quito, los viajes por Europa y un reducido grupo de amigos. Hace más de un año integra el club de lectura Letra Ebria, donde redescubrió Cien años de soledad y encontró una frase que resume su filosofía: "El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad".
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Mantiene una relación muy cercana con su hermano Jefhey, su hermana y su sobrina Danna, a quien define como "la hija que nunca voy a tener".
Aunque disfruta de sus sobrinos de corazón, por ahora no desea ser padre.
Detrás del presentador sereno hay un niño que creció en Esmeraldas rodeado de música y afecto. Su padre falleció cuando él tenía apenas dos años, por lo que su madre Marisol Villacís y su abuela Victoria marcaron su infancia.
Creció escuchando salsa y participando en festivales de poesía, hasta que el atentado del 11 de septiembre de 2001 despertó su interés por el periodismo. En 2005 dejó Esmeraldas para estudiar Comunicación en Quito y, seis años después, ingresó a Ecuavisa.
Comenzó como reportero especializado en Economía y fue creciendo hasta conducir Televistazo al Amanecer. En 2014, con apenas 26 años, asumió temporalmente Televistazo Estelar. "El mayor desafío era demostrar que estaba preparado", recuerda. Desde entonces mantiene una disciplina inalterable: revisar cada texto, cada coma y cada palabra antes de salir al aire.
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"Si yo no lo entiendo con claridad, es probable que el público tampoco". De Alfonso Espinosa de los Monteros aprendió la enorme responsabilidad que implica conducir el principal noticiero del país, mientras que de Tania Tinoco heredó una convicción: "Estoy en constante aprendizaje".
La pandemia reforzó su vocación. Durante los primeros meses del COVID-19 estudió epidemiología para comunicar con mayor responsabilidad una crisis inédita. "Descubrí que definitivamente no me había equivocado de profesión".
Ese periodo consolidó un estilo basado en explicar antes de informar y pensar siempre en el televidente. También disfruta las coberturas de última hora porque ponen a prueba su capacidad de reaccionar bajo presión.
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Sin embargo, el periodista guarda una deuda pendiente con sus raíces. Hace cuatro años no regresa a Esmeraldas. La última vez viajó para despedirse de su abuela Victoria y la violencia lo obligó a volver rápidamente a Quito. Hoy extraña el olor de la madera de su casa, el bullicio de sus calles y la playa de Las Palmas. Sueña con regresar sin miedo, porque sabe que el lugar donde nació su historia sigue esperándolo.