Mercurio, el más pequeño de los planetas rocosos del Sistema Solar, se contrae desde hace miles de millones de años a medida que su núcleo se enfría. Un estudio publicado en la revista Geophysical Research Letters estima que el planeta más cercano al Sol habría perdido hasta 23 kilómetros de diámetro a lo largo de su historia.
La nueva cifra supera entre el 10% y el 30% las estimaciones anteriores. Trabajos previos calculaban una reducción de cerca de 11 kilómetros en el radio del astro. La nueva estimación la eleva a alrededor de 11,6 kilómetros.
Escombros que tapan la evidencia
El proceso ocurre porque el interior de este mundo diminuto pierde calor de forma continua y comprime la corteza. Esa presión crea escarpas y crestas, formaciones que revelan el encogimiento del planeta desde la superficie.
Sin embargo, gran parte de esas marcas quedó sepultada por restos de impactos de asteroides ocurridos durante miles de millones de años. Gaku Nishiyama, investigador del Centro Aeroespacial Alemán y autor principal del trabajo, encabezó el análisis que cruzó datos geológicos con mapas recientes de la corteza de Mercurio.
La superficie más rugosa esconde más
El equipo comparó la rugosidad del terreno con la cantidad de escombros acumulados en cada zona. Cuanto más accidentado se ve un sector, menos rastros de contracción logran distinguirse a simple vista, porque los detritos de antiguos impactos sepultaron buena parte del registro geológico original.
Con ese hallazgo, el equipo de Nishiyama concluyó que la reducción real es mayor que la estimada hasta ahora. Gran parte de la evidencia física estuvo cubierta durante milenios por material que impidió medirla con precisión.
Una sonda que ya envió sus primeras fotos
La misión BepiColombo, desarrollada por la Agencia Espacial Europea y Japón y lanzada en octubre de 2018, avanza hacia una órbita estable alrededor del pequeño astro. La nave ya realizó dos de los seis sobrevuelos gravitacionales planeados y difundió sus primeras imágenes en blanco y negro del cuerpo celeste.
Los controladores de la misión prevén cinco maniobras adicionales antes de que la sonda se estabilice en órbita, hacia fines de 2025. Con cada acercamiento, sus instrumentos captan nuevos detalles de un terreno que conserva huellas de una contracción superior a la calculada hasta ahora.











