Desde hace décadas, maestros y padres repiten una frase atribuida a Albert Einstein sobre la importancia de los cuentos de hadas en la infancia. No existe un documento que confirme palabra por palabra que el físico la haya pronunciado, pero la idea se instaló con fuerza en el discurso educativo.
La frase, atribuida popularmente al científico, sostiene que leer relatos fantásticos a los niños los vuelve inteligentes y que leerles todavía más los vuelve aún más inteligentes. Diversos testimonios indirectos de la época sostienen esa declaración, aunque no existe una fuente primaria que ratifique cada palabra.
La frase circula en libros de crianza y charlas sobre educación como una defensa de algo tan sencillo como contar historias antes de dormir.
Un genio que no destacaba en la escuela
Einstein nació en Ulm en 1879 y, según registros citados por la BBC, tuvo dificultades de aprendizaje durante su infancia. Esa condición, lejos de limitarlo, pudo haber moldeado una forma distinta de procesar el mundo, menos atada a la memorización y más abierta a preguntas sin respuesta inmediata.
Años más tarde, mientras trabajaba en una oficina de patentes en Berna, maduró las ideas que en 1905 darían forma a la teoría de la relatividad especial. En 1921 recibió el Nobel de Física por el efecto fotoeléctrico, no por sus trabajos sobre relatividad.
Por qué defendía la fantasía sobre los datos
La educación actual llena la infancia de aplicaciones, ejercicios de lógica y pantallas que prometen resultados rápidos. Frente a ese modelo, la idea que se le atribuye a Einstein propone otra cosa: un adulto leyendo en voz alta historias llenas de criaturas imposibles.
Esa defensa de lo fantástico no busca entretener sin más: apunta a construir herramientas simbólicas que después sirven para resolver problemas reales. Imaginar mundos alternativos entrena, sin que el niño lo note, la misma flexibilidad mental que luego necesitará ante preguntas sin respuesta obvia.
La imaginación por encima del conocimiento
Esta manera de pensar coincide con lo que Einstein afirmó al periódico The Saturday Evening Post el 26 de octubre de 1929: la imaginación es más importante que el conocimiento, porque el conocimiento es limitado mientras que la imaginación abarca el mundo.
Esa diferencia entre acumular datos y poder imaginar más allá de ellos explica el valor que le daba a los cuentos de hadas. En lugar de llenar la cabeza de un niño con información técnica, prefería nutrirla con relatos capaces de despertar hipótesis propias.
Personajes que enseñan sin parecer una lección
Los cuentos clásicos presentan figuras presentes en culturas muy distintas: el sabio ermitaño, la princesa que necesita ser rescatada, la madrastra cruel y el joven héroe tan valiente como ingenuo. Esas figuras representan formas de pensar que atraviesan la experiencia humana.
Al escuchar esas historias, los niños se imaginan a sí mismos en situaciones límite y ensayan, sin ningún riesgo real, cómo actuarían frente a una decisión difícil. Ese ejercicio, repetido relato tras relato, termina dejando una huella tan profunda como cualquier lección aprendida en un salón de clases.













