Dejar un abrigo sobre una silla o papeles sobre la mesada no siempre refleja descuido doméstico. Una investigación realizada en 22 hogares de Nueva Zelanda encontró que ciertos objetos fuera de su lugar cumplen funciones concretas en la rutina diaria de las familias.
El trabajo estuvo a cargo de Jamal Abarashi, docente de la Auckland University of Technology, y cuestiona la creencia de que ordenar todo de manera impecable es siempre la mejor opción. Según su análisis, hay situaciones en las que el desorden facilita la convivencia en lugar de perjudicarla.
Objetos fuera de lugar que cumplen una función
Dejar bolsos sobre la mesa del comedor hasta la hora de cenar fue una de las costumbres observadas en una de las parejas del estudio. Ese espacio se despejaba recién por la noche, cuando llegaba el momento de compartir la comida.
Otro integrante de la investigación optaba por ubicar un objeto en la isla de la cocina para no olvidarlo antes de salir de su casa.
En un tercer hogar, una madre permitía que juguetes y lápices quedaran sobre la mesada mientras existiera lugar suficiente para comer y trabajar junto a su hija.
Cómo el desorden ordena la convivencia
En varias casas, tolerar algunas pertenencias fuera de su sitio funcionaba como un gesto de respeto hacia las costumbres ajenas. Un padre prefería que su hija dejara el abrigo sobre una silla antes que tirado en el piso, y veía ese cambio como un logro dentro de la dinámica familiar.
Otra mujer del estudio aceptaba que su pareja mantuviera algunas cosas a la vista porque entendía que la vivienda pertenecía a ambos. La organización del hogar, según esos testimonios, no debería responder solo a las preferencias de una persona.
El límite entre orden y problema real
La propuesta de Abarashi no plantea dejar de limpiar ni resignarse a cualquier grado de acumulación. Otras investigaciones ya habían vinculado el exceso de objetos amontonados con mayores niveles de estrés y tensiones familiares.
Lo central, según el especialista, pasa por reconocer cuándo ese desorden resuelve una necesidad cotidiana y cuándo empieza a transformarse en un obstáculo. Para eso, identificó tres estrategias que las familias suelen aplicar: guardar los objetos cuando dificultan el uso del espacio. Tolerarlos cuando cumplen una función en la rutina diaria, u ocultarlos trasladándolos a otro sector de la casa.
Esta mirada invita a repensar la relación cotidiana con los espacios compartidos, lejos de las fórmulas únicas que promueven métodos como el de Marie Kondo. La convivencia diaria, más que un ideal de orden perfecto, parece depender de encontrar el equilibrio que funcione para cada hogar.













