Bameno, un rincón mágico del Yasuní

Para conocer Bameno tuvieron que suceder varias cosas, y cuando todas convergieron, sin duda puse un pie en lo que hasta el día de hoy digo que es mi lugar favorito en el mundo.
Manuel Avilés
Era mágico: niños cargando monos, el olor de la leña mientras se cocina, los ancianos con sus largas orejas o el envolvente sonido de la selva virgen.

Cuando llegué al Coca pregunté dónde podía encontrar a los waoranis, y el lugar más cercano y quizás al que más fácil acceso tenía era Tigüino, una pequeña comunidad al final de la “Vía al Auca”. Un camino que tomaba cerca de cinco horas en bus para llegar a una estación petrolera que colindaba con esta comunidad waorani.Era un camino de tierra que en época de lluvias se convertía en una trampa de lodo.

Un poco antes de llegar al destino final, el bus paró en un puente donde había una tienda. Me bajé a comprar unas galletas cuando vi arrimado al puente a Karoe, un waorani de aproximadamente 40 años, con su cabello largo y un rudo rostro. Sin dudarlo lo fotografié, me acerqué a conversar, pero no hablaba español. Fue imposible no recordar una ocasión cuando tenía 11 años y vi una postal en el aeropuerto de Quito de unos waoranis prendiendo una fogata en la selva, fue de esos momentos que para los que amamos la aventura y la selva desde niños, deseamos vivir algún día.

Un grupo de niños juega en una canoa sobre el río Cononaco al pie de la comunidad de Bameno.

Karoe era el primer wao que veía, enseguida se acercó otro. Su apellido era Cahuiya y hablaba algo de español. Me invitó a su casa en Ñoneno, a una hora en canoa por el río Shiripuno, justo el que cruzaba abajo del puente en el que estábamos. No tenía ropa para quedarme, había salido a las cinco de la mañana para regresar ese mismo día de la tarea de fotografiar los niños wao. Pero son de esas decisiones que debes tomar en segundos y que nunca me arrepentiré. Compré lo básico para pasar un día y me embarqué en una canoa waorani por la selva a un lugar desconocido con mis nuevos amigos.

Y así pasaron los días, lo digo en plural porque me quedé tres. Desde esa ocasión quedé hipnotizado con su cultura, hospitalidad y ese mágico entorno que los rodea. Pero hubo algo que marcó un antes y un después en toda mi historia con el mundo wao: mientras estaba sentado en la orilla del río conversando con Bopo, una wao del cacerío, pasó una lancha; llovía levemente y recuerdo que me llamó la atención que venía cargado de tanques de combustible, unos waoranis y unos extranjeros. “¿A dónde van?” Fue mi pregunta. Ella me dijo: “A Sandoval”. “¿Y dónde es eso?”, “Una comunidad lejana, a dos días en canoa”. Si ya a tan solo una hora de la carretera había visto a los wao cazar monos, preparar curare (veneno para usar en cerbatanas) a las mujeres cosechar en la chacra y estaba maravillado, no me imaginaba cómo sería la experiencia de dos días más alejado de Ñoneno. Sandoval era como se conocía a Bameno en esa época. La lancha se alejaba y decidí apuntarlo en mi “bucket list” como un destino por conocer.

Manuel con Kemperi y Meñemo, en su primera visita a Bameno.

Esa Navidad regresé a Ñoneno: quería pasar una Nochebuena en alguna comunidad en la selva, y había encontrado un sitio ideal para empezar una actividad que llevo haciendo desde aquella ocasión en diciembre de 2003.

¿QUIERES CONOCER BAMENO?

Bameno era tan alejada que organizar una visita era muy complicado por los costos y la logística. Un día Diego, un amigo que trabajaba en el Ministerio de Turismo de Orellana, me dijo: “Van a entrar a filmar en Bameno la próxima semana. ¿Quieres unirte?”. Agarré mi mochila de cámaras y otra con ropa y carpa y me embarqué. Ellos se iban a quedar un solo día, pero yo iba al menos por cinco. Viajé directo de Guayaquil al Coca. Recorrimos la “Vía al Auca” hasta llegar al mismo puente, en el que 10 años atrás, por bajarme a comprar galletas, viví una experiencia inigualable.

Wangui, una mujer waorani, juega con su nieto dentro de una cabaña wao.

Normalmente este viaje se lo hace en dos días, pero por el apremio, salimos de madrugada y navegamos 16 horas de corrido. Recuerdo que esa vez nos acompañó Kemperi, el chamán de Bameno. Pasamos por Ñoneno, pero en esta ocasión el poblado ya estaba abandonado. Los waoranis solían ser nómadas y cuando escasea la pesca o la tierra está desgastada, se mueven de lugar.

Al pasar el poblado fantasma ya todo era terreno desconocido para mí. La selva era más pura, prístina e inmaculada en el trayecto. Ya a pocas horas del puente se ven papagayos y tucanes volando al ras de las copas de los árboles; las tortugas charapas toman sol en los troncos de los árboles caídos sobre el río, los monos gritan mientras van de rama en rama y hasta una juvenil anaconda es parte de los animales que nos reciben en el Yasuní.

Cecilia, una visitante de Bameno, conversa con Mencay mientras cocinan a la brasa un bagre recién pescado.

Al día siguiente, al abrir mi carpa, vi a un grupo de niños esperando que alguien salga. Niños y un puñado de las ancianas del pueblo, todos llenos de curiosidad por ver a los visitantes, de esas mujeres solo sobrevive Meñemo, la esposa de Kemperi. Era como estar en Disneylandia para cualquier fotógrafo que ame documentar rostros, costumbres y selva.

Era mágico: niños cargando monos, el olor de la leña mientras se cocina, los ancianos con sus largas orejas o el envolvente sonido de la selva virgen. El verde que predomina. Y si miras con detenimiento, cada árbol tiene sus propios habitantes, insectos, orquídeas, bromelias, aves... Todo pedía ser retratado.

Miñiwa, uno de los últimos guerreros waorani, sostiene una bodoquera con la que suele cazar, se calcula que tiene alrededor de 70 años.

MI LUGAR FAVORITO EN EL MUNDO

Desde aquella ocasión he regresado más de 10 veces a Bameno. Cuando hablo de la comunidad y la selva lo hago con tanta emoción, que a casi todos mis viajes se han sumado amigos. Basta con ver unas fotos y un par de videos para quedar encantado.

Aunque el Yasuní no necesita de mucha presentación, conocer a los waoranis de Bameno es lo que hace que una visita a este lugar sea fantástica, casi que un amalgamamiento entre selva y su gente, es difícil decidir qué te puede llegar a gustar más: sus originarios bosques o la convivencia con Miñiwa, Kemperi, Mencay y Meñemo. Sin duda es un empate.

Los waoranis hacen vivir al que los visita una experiencia que difícilmente se puede vivir en algún otro destino del país. Debo mencionar que los bamenos, a diferencia de otras comunidades wao, apostaron al turismo antes que generar ingresos por madera o trabajar en petroleras, el suyo es un turismo sustentable y responsable con la naturaleza. Y lo puedes comprobar al visitarlos, ya sea caminando por su selva virgen, que empieza detrás de sus cabañas; o cuando las mujeres te envuelven con sus cantos mientras tejen collares con semillas; o viéndolos fabricar sus herramientas con lo que la selva les proveé.

Una noche despejada en la mitad de la selva, deja ver a plenitud la Vía Láctea sobre una típica cabaña waorani.

Pero la experiencia no se queda ahí: si quieres disfrutar de sus costumbres milenarias, una ida a acampar por la noche a una de las playas que se forman sobre el río Cononaco es una de las mejores experiencias que puedes vivir.

Ya en Bameno, y de hecho varias horas antes de llegar, el río Shiripuno se unió al río Tigüino y dieron origen al río Cononaco. Y es sobre este donde por un par de horas se navega para una mágica noche, no sin antes hacer dos paradas obligatorias. La primera frente a un ceibo gigantesco, de hecho es tan grande y antiguo que cuando los españoles llegaron a América este árbol ya estaba plantado. Toma unos 10 minutos de caminata.

La siguiente parada es ir al lamedero de papagayos; aunque la caminata es más larga, el premio vale la pena. Una hora por un camino plano los llevará a un pequeño mirador desde donde se observan decenas de estas aves color rojo escarlata, bajando lentamente a lamer el lodo rico en minerales que les ayuda en la digestión de las frutas y semillas de las que se alimentan, esta visita debe darse en absoluto silencio para no espantar a las aves.

Yasuní se considera uno de los lugares más biodiversos del mundo.

Luego de este espectáculo, una hora más en canoa nos lleva a una playa cerca de una tranquila laguna. Aquí se arma el campamento. Luis y Mencay, una pareja de esposos wao que usualmente dirigen los paseos, se encargan junto a sus pequeñas hijas y todos los visitantes, de armar las carpas, mientras Mayra, otra mujer de Bameno, prende el fuego para encender las brasas. Enseguida hay que salir a pescar la cena que se cocinará sobre las mismas, las deliciosas motas, como se conoce a un bagre que abunda allí.

Se esconde el sol y los protagonistas son distintos. El estruendoso sonido de la selva le da paso a las cigarras, ranas y demás insectos que reclaman su turno y con un poco de suerte, el cielo se llenará de estrellas. Percibir todo esto sentado en la orilla del río mientras cenamos la pesca del día con la yuca recién cosechada es invaluable.

Tras un corto descanso, la actividad preferida de la noche es salir a caimanear. Sí, salir a buscar caimanes. Esto se hace con linternas que permiten ver sus ojos rojos a lo lejos. Al acercarse con la canoa, podemos disfrutar de sus siluetas, antes de que se empiecen a alejar lentamente o mientras se sumergen en las turbias aguas.

Al día siguiente, y después de un ligero desayuno, empieza una corta caminata hacia la laguna. Aquí verán pavas, diferentes aves y, con algo de suerte, nutrias gigantes o la tan escurridiza anaconda. Al regreso, un último chapuzón en el río es más que merecido y sobre todo si lo hacen lanzándose desde alguna de las ramas que cuelgan cerca de la orilla.

Así se vive una intensa, pero sinigual experiencia en medio de uno de los lugares con mayor biodiversidad del mundo.

De regreso en Bameno, toca armar maletas y esperar a que la avioneta te recoja. Mientras se espera sentado en la pista, rodeado siempre de curiosos niños, lo vivido en este mágico lugar hace que todo haya valido la pena, bajarse 20 años atrás en aquella tienda en el puente sobre el río Shiripuno a comprar galletas, sin siquiera imaginar que estaba por conocer mi lugar favorito del mundo.