Pobreza extrema, el postcovid del que nadie habla

Hernán Higuera
DESERCIÓN ESCOLAR. No se sabe dónde están ni qué hacen 150 mil alumnos que matriculados no asisten a sus clases.

En el barrio San Jorge Alto, en Esmeraldas, vive Víctor. A sus 12 años, en lugar de cursar el décimo ciclo de educación básica como debería, recorre las polvorientas calles de su barrio empujando una carretilla, en la que monta a su mascota, cuyo nombre parece puesto en homenaje a su realidad “fea”.

La cachorra lo acompaña a recoger cartón y botellas de plástico para venderlos y ahorrar y, algún día, comprarse un celular y retomar sus estudios. Junto a su familia, vive en una casa construida con latas de zinc y madera. El agua que llega en tanqueros es descrita como “agua del río que llega con escamas de pescado y basura” por su madre Leonela Solano, quien padece de cálculos renales e infección en los huesos.

EN ESMERALDAS, Víctor recoge basura para poder estudiar. La pandemia lo dejó sin escuela y su futuro está marcado por múltiples carencias.

El piso de su casa es de tierra, no hay alcantarillado. La luz se toma con viejos cables que se enganchan a la red pública. Así subsisten. En el espacio que funciona como sala, Víctor, que sueña con ser militar, acomoda los cartones recogidos durante el día, y en la parte posterior de la casa acumula el plástico y los metales que aspira vender.

Aún no le alcanza para su celular. Él tiene una delgada contextura y una talla pequeña para su edad, evidencia de su desnutrición, otra secuela de la pobreza extrema.

“Aunque sea un arroz con huevo no falta”, enfatiza su madre. Cuenta que raciona las comidas para sus tres hijos y esposo. Tras la pandemia y al igual que Víctor, más de tres millones de niñas, niños y adolescentes ecuatorianos no solo perdieron un lugar donde vivir, sino también el acceso a la educación, a su estabilidad emocional y a alimentarse adecuadamente.

DESAFÍO ADICIONAL

La Organización Mundial de la Salud (OMS) asegura que tanto los gobiernos como el personal médico deben, ahora, prepararse para enfrentar las secuelas del virus SARS-CoV-2.

Se habla del pos-COVID como un proceso largo, en el que quienes padecieron la enfermedad deben batallar día a día para tratar sus síntomas con paciencia, con el objetivo de llegar a tener la vida de antes o, al menos acercarse bastante a lo que era.

Pero, existe otro pos-COVID que no ha sido tomado en cuenta: la crisis económica, producto de los confinamientos que trajo consigo desempleo y pobreza.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) encendió las alertas. Hace cuatro meses realizó un estudio, en el que se determinó que seis de cada 10 niños viven en condiciones de pobreza extrema y cuatro de cada 10 afirmaron estar emocionalmente afectados por el encierro y la ansiedad.

La pobreza infantil agravada con la pandemia engrosó las cifras de deserción. Según Unicef, antes de la llegada de la COVID-19 había 268 mil niñas, niños y adolescentes fuera del sistema educativo. Hoy la ministra de Educación, María Brown, afirma que la deserción escolar pudo haber subido esa cifra en 150 mil alumnos.

HAMBRE: Adriana no logra alimentar a sus hijos. Sus ingresos apenas alcanzan para responder al buen rendimiento académico que ellos le demuestran.

De su lado Fernanda Porras, oficial de Educación ante Unicef advierte que lo más grave es que no se sabe dónde están, ni qué actividad realizan. Dos de cada 10 niñas, niños y adolescentes tienen acceso a la tecnología y seis de cada 10 dijeron que aprendieron menos durante la pandemia, precisa la investigación de Unicef.

Esto se ratifica con cifras del Banco Mundial que determinan que el cierre de los centros educativos en América Latina y el Caribe representó, en los estudiantes de 15 años, un retraso de tres años en Lectura, Matemáticas y Ciencias frente a los estudiantes de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, formada en su mayoría por países de Europa y América del Norte).

Se estima que las niñas, niños y adolescentes que son parte de esta realidad en el Ecuador están migrando, junto a sus padres, hacia las grandes ciudades en busca de mejores condiciones, o están trabajando en el campo para generar recursos económicos o simplemente para ocupar su tiempo.

Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), hasta junio de 2021, de los 17 millones de ecuatorianos, el 32 por ciento son pobres y un 15 por ciento son pobres extremos. Pobre en Ecuador es la familia que subsiste con 2,80 dólares diarios y es extremadamente pobre cuando solventa sus necesidades básicas con 1,50 dólares diarios.

EL POS-COVID DE LA MISERIA

También en Esmeraldas, en el barrio 28 de Julio, en una pequeña casa, de una sola planta conviven dos familias, son en total siete personas, cuatro de ellas son estudiantes y menores de edad.

Marexy, tiene 17 años, por su buen aprovechamiento académico es escolta del pabellón provincial, lo ha logrado educándose en línea, pese a la pobreza en la que vive. En su casa hay un solo celular y lo comparte con sus tres hermanos que también estudian.

SUEÑOS TRUNCADOS: Marexy y Jorge temen no cumplir sus sueños de ser policías. Bianka quiere ser enfermera.

Se turnan y hacen lo que pueden. En la mañana lo usa Marexy y en las tardes Bianka, Jorge y Saedy, quienes se juntan en el estrecho comedor para ir abriendo las tareas que envían sus profesores.

Marexy es la mayor, está por graduarse y quiere ser policía. “Me gusta el uniforme y la labor que hacen por la sociedad”, dice con un tono dudoso. Está consciente que las limitaciones económicas le pueden truncar su sueño.

La madre de los pequeños, Adriana Reascos, vende bidones de agua y con eso ha logrado pagar las recargas del celular para que los chicos no abandonen sus estudios. Hay días en que logra vender hasta cinco dólares y otros nada.

Como el estudio es primero, la falta de recursos le ha hecho sacrificar su alimentación. “En mi casa cuando no tenemos, mi mamá hace una sola comida al día. El desayuno también es nuestro almuerzo”, cuenta Marexy.

LA POBREZA INFANTIL no es un problema nuevo. Tras la crisis de la pandemia, la salud mental y física de los menores de edad están afectadas

Adriana lo confirma. “Como duermen tarde, yo no los levanto y como no tengo, hago una sola comida. Procuro hacerles solo el almuerzo, aunque eso nos lleve a un desorden alimenticio y problemas de gastritis como ya sufrió mi pequeña”.

Asegura que la pobreza le impulsa y aunque contiene las lágrimas dice que hará lo que sea necesario para que sus hijos sigan estudiando.

Esa situación ocasiona otro problema: la desnutrición crónica infantil. Unicef mira con preocupación cómo el Ecuador poco o nada ha hecho por combatir este problema que pone en riesgo a toda una generación. El último dato de desnutrición crónica infantil es de 2018. Entonces, el 23 por ciento de los menores de cinco años sufrían de desnutrición, así como el 27 por ciento de los menores de dos años.

La proyección de Unicef tras la pandemia es que esa cifra actualmente estaría sobre el 30 por ciento y que en las zonas rurales se acercaría a uno de cada dos bebés.

Joaquín González, exrepresentante de Unicef en Ecuador, advierte la gravedad de esta crisis: “Se han olvidado de los niños; es una pérdida de inversión, porque lo que se lleva la corrupción no se lo está invirtiendo en salud y niñez. Entonces se les está robando a los niños y se está hipotecando el futuro del Ecuador. Hablamos de niños que van a tener dificultades en su escolaridad y el día de mañana van a tener más enfermedades no contagiosas crónicas, es una pérdida de desarrollo y productividad”.

A todo esto, se suman problemas como abuso sexual a menores y violencia intrafamiliar. Ha sido una época en la que niñas, niños y adolescentes han estado más expuestos y vulnerables.

Por violencia, Ana Quilumba, quien vive en la parroquia Angochagua (Imbabura), hace un año decidió separarse de su esposo. Vive en una casa de plástico con sus mellizos Dilan y Eymi, de dos años.

Los pequeños, a simple vista, reflejan peso y talla bajos para su edad. Ana borda mascarillas y alcanza a fabricar tres diarias, lo que le significa dólar y medio de ingresos. Puede comprar panela, arroz y hacer una sopa que dura dos o tres días.

ANGOCHAGUA, IMBABURA: Ana Quilumba sobrevive bajo un techo de plástico. Ella y los pequeños de dos años no tienen acceso a la salud ni alimentación. El hospital más cercano está a 20 kilómetros.

De hecho, su mayor preocupación es que no le alcance la comida. Los mellizos lloran de hambre. Dilan se distrae con el único juguete que tiene, mientras su hermana Eymi no lo puede hacer porque su parálisis cerebral la tiene postrada en cama.

Ana no tiene dinero para ir al hospital más cercano que está a 20 kilómetros, en Ibarra. “No estoy en un buen estado, pero en esta casa de plástico tengo un lugar donde esconderme con mis dos pequeñitos”, afirma.

RESPUESTAS

El Gobierno a través de la Secretaría Técnica Ecuador Crece Sin Desnutrición Infantil ha anunciado el inicio del combate a este problema. ¿Cómo lo harán? Brigadas visitarán las zonas más afectadas por la pandemia, en base a una lista de 90 cantones previamente priorizados.

El objetivo, según Erwin Ronquillo, secretario técnico del Plan Toda Una Vida, será identificar a madres gestantes y niños nacidos durante la pandemia y menores de hasta cinco años que no han acudido a centros de salud por distintas causas.

La meta es reducir en seis puntos el índice de Desnutrición Crónica Infantil hasta 2025 y convertir en política pública esta causa para que perdure.

Una parte del Plan incluiría a partir de diciembre la entrega de un ticket, adicional al bono de la pobreza, para que sea canjeado por víveres en cualquier tienda de barrio.

En la proforma presupuestaria 2022, se han asignado 72 millones de dólares para estas estrategias, que entre otras cosas, plantean la creación de un Consejo Consultivo integrado por el sector público y privado buscando que la sociedad civil se empodere de la problemática.

El Gobierno intentará crear un fondo de sostenibilidad del Plan contra la desnutrición infantil, e incluso no descarta que la venta de algunos activos del Estado y el canje de deuda sirvan también para asegurar la lucha contra este mal.

Sacar de la pobreza a los más de tres millones de niños que engrosan estas escalofriantes estadísticas, tomaría alrededor de 11 años según Unicef, eso si empezamos a trabajar ahora.