Jeffrey Epstein: de matemático a traficante sexual de menores

Patricia Estupiñán
Epstein logró un criticado acuerdo judicial en Florida. Virtualmente se selló el caso para impedir acusaciones de otras víctimas.

Hizo millones como asesor financiero, donó millones a causas nobles, pero rompió en millones de pedazos las vidas de por lo menos 80 adolescentes. Acusado hoy de haber creado una red de prostitución, puede morir en prisión.

Su historia tiene el guion perfecto para una película de Hollywood. Jeffrey Epstein, 66 años, levantó una fortuna de 1000 millones de dólares en asesoría de inversiones. Se convirtió en filántropo, donando 30 millones a la Universidad de Harvard. Tiene amigos poderosos, entre ellos dos presidentes: Bill Clinton y Donald Trump y un príncipe, Andrés el hijo de la reina Elizabeth. Todo se ha venido abajo, al salir a la luz su lado oscuro: ha sido acusado de manejar una red de prostitución adolescente. Si es condenado puede pasar los próximos 45 años en una prisión federal.

Epstein nació en Brooklyn, destacándose desde joven por su habilidad en matemáticas. Tanto, que obtuvo una beca universitaria para graduarse en esa área académica. No obstante, no se ha hecho público porque dejó la Universidad y no se graduó. A comienzos de los años 90, fue contratado por una escuela privada para enseñar cálculo y física. Fue el inicio de su meteórica carrera en el mundo de las finanzas corporativas. Uno de sus estudiantes a quien ofrecía tutorías era hijo del director ejecutivo de la firma Bern Stearn. Al ver su talento para los números, lo contrató como analista de inversiones. Allí, Epstein desarrolló algunos modelos matemáticos para seleccionar acciones y pronto llegó altos niveles ejecutivos, pero decidió “ser cabeza de ratón y no cola de león”.

Creó su propia firma a fines de los años 80. No aceptaba clientes con fortunas menores a mil millones de dólares. Utilizó el paraíso fiscal de Saint Thomas para disminuir los impuestos de sus clientes y se convirtió en un hombre muy rico, ansioso de figurar socialmente. Creó una fundación con su nombre y lo primero que hizo fue donar 30 millones a la Universidad de Harvard. Donó al arte, a los programas de ayuda a combatir el SIDA en África, la lista es inmensa. En su avión privado viajaron a ese continente Bill Clinton y el ahora infame actor Kevin Spacek.

Sin embargo, detrás del oropel había un hombre de pasiones sórdidas. Le gustaban las adolescentes, a quienes engañaba con su riqueza y llevaba a sus mansiones en Palm Beach, Florida y después de abusar sexualmente, les pagaba dinero e incentivaba a buscar a otras jóvenes. Entre las numerosas víctimas, la menor tenía 14 años. Fue descubierto su esquema en Florida y fue a juicio. Ahí le sirvió su conexión con Harvard, un profesor de leyes de la prestigiosa universidad preparó su defensa. Fue condenado por “solicitar prostitución” en ese Estado, a 18 meses de prisión, una pena infinitamente menor a si hubiese sido condenado por violación o dirigir una red de prostitución como ha ocurrido hoy.

No pasó en la cárcel si no para dormir, pues seis días a la semana podía salir a trabajar por doce horas en su empresa de inversión. A los 13 meses fue dejado en libertad total y sus acusadoras, que recibieron compensación económica por los delitos firmaron acuerdos de confidencialidad, que en la práctica blindaron al sórdido Epstein. Alexander Acosta, entonces fue el fiscal que le ayudó en la firma de los acuerdos. Acosta es hoy ministro de Trabajo de Donald Trump.

Por años y pese a las acusaciones de varias mujeres en Nueva York, por el acuerdo judicial en Florida, Epstein permaneció intocado, sin embargo, gracias al movimiento “#metoo” una de las víctimas, Virginia Guiffre, lo denunció en Nueva York. La policía detuvo a Epstein cuando regresaba de un viaje en Francia, allanó su lujosa residencia donde se encontró fotos de adolescentes desnudas. Los cargos judiciales no se hicieron esperar.

Los documentos de la corte de Florida que habían sido sellados fueron abiertos. Los investigadores consideran que desde finales de los años noventa, por lo menos 80 jóvenes fueron explotadas por él. Joseph Recarey, el detective en el caso en Florida sostuvo que “Epstein operaba una suerte de pirámide sexual”. En su defensa, Epstein sostuvo que pensaba que tenían 18 años. No obstante, una vez que viajó con un reportero de la revista Vanity Fair, acompañado de tres jovencitas, que obviamente no eran sus hijas Epstein sostuvo: “Qué puedo hacer, me encantan las niñas”. En perspectiva, ese reportero dijo: “Debió decir las mujeres”.