Detrás de las coronas

Gabriela Pinasco
Detrás de las coronas

Hay algo en lo que coinciden organizadores y críticos de los concursos de belleza: que no deben hacerse con recursos públicos. Pero, ¿la suspensión de los reinados es de verdad un avance en los derechos de las mujeres o es una decisión antojadiza y sin respaldo en políticas públicas, en la que se han encaminado algunos municipios?
 
En 1930 se eligió la primera Miss Ecuador. Era una época en la que, para unos, este certamen reflejaba un paso hacia la modernidad, porque la mujer empezaba a romper el estereotipito romántico de lo femenino: una figura delicada, parisina y casi divina, con un deber en la vida: ser madre, hija y esposa. Eran tiempos en los que la mujer empezaba a ganar espacio en la vida pública. Obviamente los sectores más conservadores renegaban porque “distrae a las mujeres de sus deberes y les quita la tranquilidad del alma”, según un editorial del desaparecido diario El Día del 22 de marzo de ese año.
 
Aquel concurso lo ganó la guayaquileña Sarah Chacón. Las candidatas quiteñas compitieron en clara desventaja ya que solo enviaron sus fotografías al puerto principal, quizá por lo apurado del concurso o por el pudor de las capitalinas que vivían en un ambiente casi conventual. Así lo relata Ana María Goetschel, profesora del departamento de Sociología y Estudios de Género de FLACSO, en un artículo sobre los estereotipos femeninos en los años 30 del siglo anterior.
 
Casi noventa años después, Ecuador debate el futuro de los reinados de belleza, tras el anuncio de suspender el certamen. Otras ciudades e sumaron a la iniciativa: Loja, Latacunga, Cuenca Ibarra y Otavalo. El primer argumento es que estos concursos se realizan con fondos públicos: a Quito le cuesta más de 100 mil dólares la organización del evento.
 
El segundo: contrarrestar los estereotipos ya que “la belleza es subjetiva y no debe ser evaluada ni encasillada”, sentenciaba el comunicado del Municipio de Quito. Varios grupos y organizaciones feministas aplaudieron la medida. Incluso ONU Mujeres extendió una carta de felicitaciones a la hermana del alcalde, Liliana Yunda, presidenta del Patronato San José, institución del Cabildo que organizaba el concurso.
 
Paradójica decisión: mientras a inicios del siglo anterior eran los sectores conservadores los que se oponían a los certámenes de belleza, ahora son los grupos progresistas los que aplauden su eliminación. De todos modos, la Fundación Reina de Quito, entidad privada conformada por las ex reinas, gestiona los trámites para continuar con el certamen anual, para lo cual se encargará de buscar fondos de la empresa privada que desee auspiciarlo.
 
“El trasfondo de la Fundación no es simplemente un concurso de belleza, sino una organización benéfica que ayuda a grupos vulnerables”, dice su directora ejecutiva y también ex soberana de la ciudad, Sofía Arteta. El principal proyecto es el “Centro Terapéutico Aprendiendo a Vivir” que, desde hace 19 años, trabaja con grupos de niños y adolescentes con Síndrome de Down.
 
“El concurso de belleza es solo una noche, el resto del año es ayuda social. Dejaríamos de apoyar a 120 niños con este síndrome, dos de ellos ya se graduaron del colegio, alcanzando una vida plena, normal”, comenta. Aunque cada chica que participa para la elección presenta un proyecto social, ahora la Fundación propone que las habilidades intelectuales y de gestión tendrán más énfasis en el concurso.
 
Discriminadas por “bellas” o “feas”
Organizadores, ex reinas y actuales soberanas de distintas ciudades del país ven como positivo que se retire los fondos públicos para los certámenes, pero aclaran que al eliminarlos se estaría terminando con una manera de ayuda social.
 
“Pero son formas anacrónicas de hacer labor social. Elegir “reinas”, que muchas veces están recién terminando la secundaria o iniciado una carrera universitaria no es suficiente. 
 
Se necesita gente preparada, técnica”, cuestiona Sybel Martínez, activista y vicepresidenta del Consejo de Protección de Derechos del Distrito Metropolitano de Quito.
 
Martínez aplaudió el anunció como una forma de avanzar en los derechos de las mujeres. 
 
En 2018 presentó un estudio sobre los concursos belleza en las parroquias rurales de Quito, en el cual se describe que las jóvenes compiten por un estándar de belleza que termina siendo discriminatorio: blanca, espigada, delgada y otros rasgos occidentales.
 
“Son concursos que reproducen la violencia simbólica porque les estamos diciendo que eso es ser bonita, cuando hay otras formas de ser mujer: negra, indígena”, dice la activista. Además, detectó que muchas familias gastan ingentes recursos en vestidos y maneras de hacer “bellas” a sus hijas para el concurso.
 
El Municipio de Loja, que también se sumó a la iniciativa, acompañó el anuncio con un video en el que mujeres de distinta edad, condición social y etnia, aparecen con una corona que luego se la retiran diciendo: “Yo ya soy una reina, no necesito una corona”.
 
“Pero la discriminación está en todas partes. No se puede echar la culpa a un reinado. A mí me han discriminado por haber ganado un concurso de belleza y hasta hace poco me dijeron, en la Asamblea Nacional, que por tener una cara y un cuerpo bonito no puedo opinar de política”, dice Cristina Reyes, ex soberana de Guayaquil (2000) y ahora asambleísta.
 
De esto surge otra crítica: usar los reinados como plataforma política. Son innumerables las misses que han logrado un cargo público. Un caso reciente fue el de Angie Vergara, reina de Quito 2015-2016. En las recientes seccionales 2017 se lanzó como concejal por el partido Democracia SÍ, sin embargo, no ganó.
 
Cristina Reyes dice que no se puede satanizar a todas porque hay personas que se lanzan inmediatamente y otras que sí se preparan. “En mi caso, fui reina de Guayaquil en el 2000 y en el 2007 ingresé a la política. Aunque hubo partidos que me ofrecieron cargos desde el principio. Depende de lo que busca cada persona. En mi caso, servir”.
 
Relata que ingresó al concurso por hacer ayuda social: trabajó con las mujeres en la cárcel y, sobre todo, con los hijos de las presas. “A todas las mujeres nos toca probar nuestras aptitudes porque en cualquier lugar quieren encasillarnos y estigmatizarnos. Pero cada una demostramos lo que somos capaces”.
 
Ella también considera que es un ejemplo a seguir la iniciativa de los municipios que están retirando los fondos para los certámenes. No obstante, considera que las mujeres son libres para organizar y participar en concursos de belleza, ya que van modificando las miradas de la mujer conforme se avanza en derechos: “El hecho de que la actual reina de Guayaquil esté embarazada y el Municipio anuncie que eso no representa un problema, es un avance”.
 
Sofía Arteta, también critica que se quiera echar la culpa de formar estereotipos a los reinados. “Parte de la libertad y derechos de las mujeres es mostrarnos como nosotras queramos. No se puede impedir a una mujer cómo vestirse o si quiere hacerse una cirugía”.
 
Aunque las posturas difieren, los estudios académicos coinciden en que los reinados sí son formas de cómo la sociedad representa a las mujeres. Ana María Goetschel, de Flacso, señala que en el Miss Ecuador de 1930 participaron tanta la aristocracia como las clases medias que iban creciendo y ganando espacio en las ciudades. “También son un escenario de disputa de sociedad, una lucha clasista”, comenta. En ese concurso, Sarah Chacón, representante de las clases medias, le ganó a Blanche Yoder, representante de la aristocracia.
 
En Miss Ecuador de 1995 también hubo un quiebre: ganó la afro ecuatoriana Mónica Chalá, por primera vez una mujer negra. A primera vista se vio como un triunfo de inclusión. Terminaba con la idea de que solo la mujer blanca o mestiza es bonita y puede representar al país. Sin embargo, Chalá no representaba a los pueblos de Esmeraldas o el Chota; era quiteña y se identificaba como citadina.
 
De esta manera se van modificando los cánones de belleza en la sociedad y creando estereotipos de cómo debe ser una mujer. Así lo describe la antropóloga María Moreno, de la Universidad de Kentucky de New Jersey, en un artículo sobre reinados de belleza y la representación de las mujeres. Son realidades que pasan desapercibidas detrás las coronas.
 
 
Eliminación de reinados pero…
Tras los anuncios de retirar los fondos públicos para los reinados, los municipios no han sido claros en identificar los programas o proyectos en los que se invertirán esos recursos. 
 
A Quito, el evento le costó 115 mil dólares el año pasado. Guayaquil gasto 60 mil dólares. El resto de ciudades grandes gasta entre unos 20 y 40 mil dólares, solo en la noche del evento.
 
Esos dineros deberían ser invertidos en programas para la erradicación de la violencia de género, si uno de los argumentos es que terminar con los estereotipos. “Así que eso debe venir acompañado de políticas públicas, sino nos quedamos en el discurso”, dice Sybel Martínez.
 
Ella considera que los más de 100 mil dólares que se ahorraría Quito podrían servir para la creación de Juntas de Protección de Mujeres en la ciudad, donde puedan demandar y recibir ayuda por la vulneración a sus derechos. 
 
Actualmente las mujeres tienen que asistir a las Juntas de la Niñez y Adolescencia, desbordando a los funcionarios con más casos para los que no están preparados. “Eso venimos pidiendo desde hace mucho y no nos prestan oídos”, dice Martínez. “Esa sería una de las maneras de avanzar en derechos de las mujeres”.