Shyare Andrade revela cómo los certámenes de belleza transformaron su confianza

Mientras continúa sus estudios de Derecho, Shyare explora oportunidades en televisión, modelaje y actuación, sin descartar nuevos concursos de belleza.

Hay una Shyare Andrade que parece haber nacido para estar sobre un escenario. Camina, mira al frente y se adueña del momento como si las luces hubieran sido encendidas exclusivamente para ella. Pero existe otra que prefiere rodearse de su pequeño grupo de amigos y refugiarse en su familia. Hay fortaleza y ternura, ella sabe cuándo usar esos rasgos de su personalidad. La primera la demostró en la pasarela del Miss Grand, que tuvo lugar el 10 de octubre y del cual quedó como primera finalista. Pero en esta entrevista con Vistazo, Shyare Madelayne Andrade Hidalgo reveló los aspectos más íntimos de su forma de ver la vida.

Tras el encuentro en el aeropuerto José Joaquín de Olmedo, en Guayaquil, y el desfile en su honor en Portoviejo, no cabe duda que el apoyo y la fama están de su lado pero de eso no se deja apantallar. Hablar de los resultados de su participación en el certamen es quedarse en la superficie. A medida que avanza la charla, aparecen recuerdos que permiten entender el camino recorrido, su temple y seguridad.

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Una niña que tenía temor de ser vista

Antes de imaginarse representando a Ecuador, Shyare era una espectadora de los concursos de belleza. Su madre, Rosa Viviana Hidalgo Sosa, tenía la costumbre de sentarse con ella frente al televisor para mirar el Miss Universo. También seguían de cerca America’s Next Top Model, un programa que terminó influyendo incluso en una de las decisiones estéticas más comentadas de su carrera: llevar el cabello corto.

“Soy superfán. Hubo una modelo de la segunda temporada que tenía mi corte. Ella fue una inspiración para decidirme por mi look actual”, recuerda.

El gusto por el mundo de las pasarelas también era una forma de compartir tiempo con su mamá, quien alguna vez había querido ser reina. “Fue un sueño frustrado que ella tuvo y que hoy se está cumpliendo a través de mí”, se sincera.

La infancia de Shyare transcurrió en Jama, Manabí, donde vivió con sus abuelos maternos. A los 11 años se trasladó a Portoviejo, una ciudad en la que su familia pasó por distintos sectores. Sin embargo, el barrio Los Tamarindos conserva un significado particular. Allí estudió en la escuela Gran Colombia, de la que habla con un cariño que no depende de su tamaño ni de su reconocimiento. Fue también el escenario de sus primeros intentos de mostrarse ante un público. No siempre resultó sencillo.

“Yo era muy tímida. No tenía amigos y mis compañeritos consideraban que era rara porque siempre estaba en mi mundo”, cuenta.

Aquella dificultad para socializar continuó durante parte de su adolescencia. Mientras otras compañeras disfrutaban de las actividades escolares, Shyare concentraba buena parte de su atención en las calificaciones. Quería convertirse en abanderada de su colegio, una meta que perdió por apenas un punto.

Su regreso a los reinados ocurrió de una manera inesperada. En segundo de bachillerato, un profesor encargó a los estudiantes representar a distintas provincias del Ecuador mediante sus trajes típicos. A ella le correspondió El Oro. Su mamá le confeccionó el vestuario y pasó dos noches sin dormir para terminarlo. Shyare consiguió el segundo lugar en aquella presentación, pero ese mismo día se organizó la elección de la Criolla Bonita del colegio. Participó sin saber caminar correctamente con zapatos de tacón y ganó. Tenía alrededor de 16 años.

“Ahí dije que necesitaba irme por este mundo porque me gustaba. Sentía que sí era lo mío”, recuerda.

Poco después, en 2021, una amiga le compartió la convocatoria de Reina del Comercio de Portoviejo. Shyare confundió el nombre del concurso con el de Reina de Portoviejo, se inscribió y obtuvo su primera corona a los 17 años. Luego ganaría Nereida del Bicentenario, antes de alcanzar el tercer lugar en Reina de Portoviejo.

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No todos los resultados llegaron acompañados de satisfacción. Sobre este último concurso admite que permitió que las opiniones ajenas condicionaran su participación. “Me dejé llevar por muchas voces externas y no hice caso a lo que verdaderamente yo era. No lo disfruté”, reconoce. Aquella experiencia tenía relación con algo más profundo. Durante años mantuvo una relación difícil con su propia imagen. El acné, los brackets y las inseguridades propias de esa etapa se convirtieron en motivos para cuestionarse constantemente.

“Yo era una chica muy insegura. Tenía mucho pánico de hablar en público, lloraba. No me gustaba mi rostro. Era muy mala conmigo misma, me autosaboteaba”, confiesa.

La elección de participar en certámenes, por contradictorio que parezca, fue su manera de enfrentar esos temores. Quería aprender a hablar ante desconocidos y encontrar razones para aceptarse. “Ahora soy una mujer que se acepta, que abraza su esencia. En ese entonces me faltaba creérmelo. Si yo no creo en mí, nadie más lo va a hacer”, dice convencida mientras se arregla su banda de reina y bebe su café.

Esa nueva manera de verse influyó en su decisión de cortarse el cabello antes de participar en el Concurso cional de Belleza, certamen local que la designó para el Miss Grand. Shyare buscaba alejarse de la imagen tradicional de una reina y demostrar que la seguridad podía tener mayor peso que el largo de una melena. No todos estuvieron de acuerdo. Durante los primeros días, ella misma llegó a preguntarse si había tomado la decisión correcta.

“Quería mostrar que a una reina no la define un look clásico, sino actitud, que la seguridad hable más que cómo se vea físicamente”, explica. El resultado terminó por convencerla. Hoy disfruta de esa imagen y reconoce que su presencia sobre el escenario le permite expresar una personalidad que no siempre muestra en su vida cotidiana. “En el escenario soy otra persona. Ese momento es mío y de nadie más. En ese instante la protagonista de la historia soy yo”. Fuera de las pasarelas, sin embargo, sigue siendo una joven que disfruta de la tranquilidad, que procura ayudar a quienes la rodean y que conserva una sensibilidad que no pretende disimular.

Su mamá, su mejor preparadora

Si existe una persona capaz de devolver a Shyare a la realidad después de cualquier triunfo, esa es Rosa Viviana. Su madre ha estado presente desde los primeros concursos escolares y ha acompañado cada etapa de su preparación. Pero la reina reconoce que su manera de demostrar amor dista de los elogios permanentes. “Yo tengo a mi ‘hater’ (crítica) en casa”, dice al describirla.

Su madre nunca le asegura que ganará un concurso. Prefiere prepararla para afrontar cualquier resultado. Esa exigencia también alcanza su apariencia física, pues Shyare reconoce que le ha llegado a decirle que está gorda, pese a que ella considera estar en buena condición. Aunque esos comentarios le han provocado lágrimas y discusiones, la joven los interpreta como parte de la disciplina con la que su madre entiende el mundo de los certámenes de belleza.

“Mi mamá me prepara para la vida, porque dice que en este mundo uno está abierto a cualquier tipo de comentarios rios. Tienes que ser fuerte mental y emocionalmente”, explica.

La dureza de Rosa contrasta con los mensajes que le enviaba durante la concentración en Tailandia. Cada actividad venía acompañada de palabras de aliento, bendiciones y recordatorios de lo mucho que había trabajado para llegar hasta allí. Para ella, su hija posee la capacidad de levantarse y transformarse después de los momentos difíciles. “Siempre hay mucho cariño, pero ahora no me ha dicho las observaciones sobre qué mejorar. Durante la concentración siempre estaba su mensaje enorme, sus buenas vibras. Ella me dice que cuando salgo al escenario soy como un ave fénix”.

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Esa relación comenzó a construirse durante una infancia en la que no siempre pudieron vivir juntas. Mientras Shyare crecía con sus abuelos en Jama, Rosa trabajaba en Quito y Guayaquil. También emprendía con la preparación y venta de postres y bocaditos. La distancia, asegura la reina, nunca significó desinterés. Su madre estaba pendiente de los útiles escolares, de lo que necesitaba y de cualquier asunto relacionado con su bienestar. Por eso, al hablar de ella, la describe como su mejor amiga.

La figura de su abuela ocupa otro lugar en sus recuerdos. Fue quien le transmitió la importancia de la fe y la oración. Durante el Miss Grand International, Shyare pidió a sus seguidores que encendieran una vela y rezaran por ella, especialmente antes de las entrevistas con el jurado. Esa necesidad de conservar vínculos también explica por qué su círculo de amistades continúa siendo reducido, pese a la popularidad que ha alcanzado.

“Mi círculo social es de dos o tres personas. Yo prefiero calidad antes que cantidad”, dice.

Conoce la diferencia entre quienes celebran un triunfo y quienes permanecen durante las dificultades. Sus amigos más cercanos son personas que la han visto dudar, llorar y comenzar nuevamente. Para Shyare, la lealtad y la honestidad son condiciones que no está dispuesta a negociar. Cuando estas se rompen, asegura que siempre pone límites. “Ya no vuelve a ser lo mismo. Hay ciertas cosas personales que prefiero quedármelas para mí”.

En Tailandia, Shyare aprendió a desenvolverse en un entorno distinto al que conocía. Era su primera experiencia internacional de esa magnitud y, aunque destaca el respeto y la amabilidad de los tailandeses, reconoce que extrañó las costumbres de su país. Particularmente la comida, pues los sabores picantes fueron uno de sus mayores desafíos. Durante la concentración también descubrió cuánto podía exigirse. Cada jornada implicaba preparación, convivencia y actividades que requerían mantener la concentración.

Al comparar esta experiencia con los concursos de su ciudad, reconoce que las diferencias eran considerables. “Yo decía: ¿qué es lo que me va a hacer diferente?, ¿qué es lo que me va a hacer destacar? Todos los años llegan chicas maravillosas, con una esencia única y una preparación increíble. Debo ser fiel a mi personalidad”, recalca.

Tras convertirse en primera finalista, Shyare se prepara para regresar a Tailandia y asumir nuevos compromisos con la organización, mientras continúa sus estudios de Derecho y analiza propuestas profesionales que prefiere mantener en reserva. Entre sus intereses están la televisión, el modelaje y la actuación, una faceta que descubrió casi por accidente al participar en novelas web para Facebook, con historias similares a las de La rosa de Guadalupe. "Yo no sabía que era buena en la actuación. Ahí conocí esa faceta mía que ni sabía que existía", cuenta. Hoy abraza esas posibilidades y dice juguetona: "Yo me digo: soy como Barbie. Yo puedo hacer lo que quiero hacer".

Tampoco considera que su historia con los certámenes haya llegado a su final. Aunque acaba de obtener el título más importante de su trayectoria, aún conserva objetivos que no ha cumplido.

"Todavía no he llegado a mi meta final. Voy a seguir", dice la joven de 23 años.