En las afueras de Buenos Aires, Villa Epecuén nació en 1921 como un destino turístico de gran fama en la Argentina del siglo XX. Sus aguas termales atraían a miles de visitantes cada temporada y convertían el lugar en un refugio de descanso para las clases acomodadas del país.
Hasta que una catástrofe hundió el balneario y lo dejó en el olvido durante décadas. El paisaje actual de Villa Epecuén conserva una historia de auge, tragedia y un resurgimiento que pocos imaginaron posible.
Un balneario de fama nacional
La laguna que rodea el territorio tiene una salinidad diez veces superior a la del océano. Esa característica dio fama al asentamiento, en los años setenta, la población alcanzaba 1.200 habitantes, había alrededor de 250 comercios y estaban disponibles seis mil camas hoteleras para recibir turistas.
El colapso repentino de 1985
En 1985, una crecida violenta de la laguna y las intensas inundaciones que afectaban a toda la región rompieron el terraplén de cuatro metros que protegía el asentamiento. Las aguas invadieron el lugar y dejaron un panorama desolador.
Dos años más tarde, el nivel del agua alcanzó su punto máximo y mantuvo el lugar completamente sumergido bajo 7 metros de agua.
El resurgimiento después de 25 años
Décadas después, el nivel de la laguna comenzó a bajar de forma lenta y constante. En 2009, algunas zonas volvieron a ser visibles y emergieron de las aguas que las habían cubierto durante más de dos décadas.
Las ruinas del pueblo borrado del mapa son accesibles hoy para quienes deseen recorrer sus calles fantasmales. El sitio se ha transformado en un punto de atracción que despertó fascinación en figuras como el Indio Solari, quien sentía un interés particular por ese paisaje congelado en el tiempo.
Un símbolo de las aguas saladas
En Carhué, cerca de allí, las aguas tienen una concentración de sal cuatro veces mayor que la del mar. Esa particularidad sigue atrayendo visitantes, en enero de 2017, el balneario batió un récord Guinness al reunir a 1.941 personas flotando al mismo tiempo en sus aguas.
El contraste entre las ruinas silenciosas y el balneario activo resume lo que quedó de la región tras la inundación. Quien recorre hoy esas calles encuentra, a pocos minutos, un destino que sigue vivo gracias a las mismas aguas que alguna vez sepultaron a su vecino.













