Una travesía de pesca planeada para apenas dos días se convirtió en una de las historias de supervivencia más extraordinarias jamás registradas en el océano.
José Salvador Alvarenga pasó 438 días a la deriva en el Océano Pacífico después de que el motor de su pequeña embarcación fallara en noviembre de 2012, llevándolo junto a su compañero Ezequiel Córdoba hacia aguas desconocidas.
Durante más de un año en el océano, Alvarenga recorrió aproximadamente 10,7 mil kilómetros hasta ser rescatado vivo en 2014 en las Islas Marshall. Sin embargo, más de una década después de su regreso, poco se conoce sobre su vida actual o su paradero.
Métodos de supervivencia en el mar
Sin suministros adecuados ni estructura para una travesía oceánica, los dos pescadores que zarparon de Costa Azul, en México, tuvieron que recurrir a métodos desesperados. Alvarenga llegó a consumir las propias uñas y contempló la idea de comerse el dedo meñique cuando la desesperación alcanzó su punto máximo, según relató al periodista Jonathan Franklin, autor del libro «438 Días». Capturaba también aguas-vivas con las manos en sus intentos por alimentarse.
Para obtener líquidos, bebieron su propia orina y lamieron el interior del barco buscando gotas de agua. Cuando encontraban basura flotante, la inspeccionaban minuciosamente en busca de cualquier cosa aprovechable, hasta el punto de compartir un pedazo de chicle ya masticado.
Con el tiempo, Alvarenga logró capturar peces, tortugas y aves, bebiendo su sangre como fuente de nutrientes, e intentaba alimentarse también de medusas atrapadas con las manos.
Tragedia en el océano y rescate
Ezequiel no soportó las condiciones extremas del océano y murió durante la travesía.
Alvarenga permaneció con el cuerpo de su compañero en el barco durante algún tiempo antes de lanzarlo al mar, enfrentando a partir de ese momento los siguientes meses en completa soledad, experimentando períodos de desesperación profunda, alucinaciones y pensamientos suicidas, según Tom Armbruster, entonces embajador de los Estados Unidos en las Islas Marshall.
Cuando fue encontrado, la apariencia física de Alvarenga sorprendió a muchos. A pesar de estar debilitado, no presentaba la delgadez extrema que cabría esperar después de más de un año a la deriva. Su cuerpo estaba hinchado por retención de líquidos, y presentaba parásitos asociados al consumo de animales crudos.
La adaptación a la vida en tierra demostró ser igualmente difícil: experimentaba pesadillas, evitaba acercarse al agua y requería constantemente compañía, aunque prefería no hablar.
Acusaciones y vida después del rescate
Años después del rescate, la familia de Ezequiel Córdoba demandó a Alvarenga por un millón de dólares acusándolo de canibalismo. Alvarenga rechazó categóricamente la acusación y mantuvo que lanzó el cuerpo de su compañero al océano como relató públicamente.
La demanda fue retirada después de que especialistas no encontraran indicios de delito y tras someterse a una prueba de detector de mentiras que confirmó su versión de los hechos.
Después de la enorme exposición mediática generada por el rescate y las controversias posteriores, Alvarenga se alejó de los reflectores públicos. Su paradero actual no es conocido públicamente. Armbruster afirmó no saber qué sucedió con el pescador y apenas especuló que podría estar viviendo en El Salvador o trabajando nuevamente en México junto a su familia. Lo describió como uno de los mayores sobrevivientes del mundo, destacando su ingenio extraordinario y su carácter inmensurable.













