La siesta después del almuerzo es un hábito frecuente en varias culturas y suele asociarse con el bienestar. La evidencia científica indica que sus beneficios dependen de cuánto dura y con qué regularidad se toma.
Dormir entre 20 y 30 minutos mejora el funcionamiento cerebral y puede proteger el corazón. Mientras que las siestas prolongadas durante el día pueden revelar problemas de salud y elevar los riesgos cardiovasculares. Un estudio publicado en 2019 en la revista Heart (BMJ) evaluó a 3.462 adultos suizos sin antecedentes de enfermedades del corazón durante más de cinco años.
Los resultados mostraron que quienes dormían una o dos veces por semana tenían un riesgo 48% menor de sufrir infartos, accidentes cerebrovasculares o insuficiencia cardíaca. Sin embargo, quienes dormían todos los días o durante más de una hora no obtuvieron la misma protección.
Qué sucede en el cuerpo durante una siesta breve
Cuando una persona duerme entre 10 y 30 minutos, el organismo entra en un descanso ligero que favorece la recuperación mental y física. Durante ese periodo, el cerebro reorganiza la información reciente, aumenta la capacidad de concentración y disminuye la fatiga acumulada.
Las investigaciones indican que este tipo de siesta mejora los reflejos, la memoria inmediata y el estado de ánimo sin afectar el sueño nocturno.
Además, una siesta corta reduce los niveles de cortisol, la hormona del estrés, y puede normalizar marcadores inflamatorios que se elevan cuando no se duerme bien por la noche. Estos efectos son especialmente valiosos para quienes no logran completar las horas de descanso recomendadas durante la noche.
Cuándo la siesta puede indicar un problema de salud
Aunque las siestas breves y ocasionales pueden aportar beneficios, la necesidad frecuente de dormir durante el día requiere atención. Las investigaciones indican que las siestas regulares de más de 60 minutos se asocian con un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares y de mortalidad en general, e varios factores explican esta relación:.
- Sueño nocturno insuficiente o de mala calidad, que hace que el cuerpo compense durante el día
- Apnea obstructiva del sueño no diagnosticada, que fragmenta el descanso nocturno y provoca somnolencia.
- Enfermedades crónicas, como diabetes o insuficiencia cardíaca, que causan fatiga y aumentan la necesidad de reposo
- Uso de medicamentos sedantes, que alteran el patrón natural de vigilia y sueño
En estos casos, la siesta prolongada no causa el problema, sino que indica que algo en la salud requiere evaluación profesional.
Cómo aprovechar la siesta de forma saludable
Para incorporar la siesta a la rutina diaria de forma segura, algunos criterios basados en la evidencia ayudan a aprovechar sus beneficios. Lo ideal es limitarla a 20 o 30 minutos, preferir el comienzo de la tarde, entre las 13 y las 15 horas, y evitar dormir después de las 16 horas.
La siesta no debe sustituir el descanso nocturno, sino complementarlo. El equilibrio es la clave: las siestas ocasionales y breves coinciden con las recomendaciones científicas para mantener la salud cardiovascular y el bienestar general.













