Un asteroide con capacidad destructiva equivalente a 22 bombas nucleares tiene ya una fecha marcada para un posible choque con nuestro planeta: el 24 de septiembre de 2182. Bennu, como se llama el objeto, figura entre los cuerpos celestes más vigilados por la agencia espacial estadounidense. Cada seis años, su órbita lo acerca un poco más al entorno terrestre.
Aun así, la probabilidad de colisión ese año específico es de apenas 1 en 2.700, mientras que el riesgo acumulado hasta el 2300 baja a 1 en 1.750.
Una misión pensada para desviarlo
La Nasa lanzó en 2016 una sonda con destino a Bennu, buscando reunir información clave sobre su composición y su trayectoria futura. La nave, bautizada Osiris-Rex, alcanzó el asteroide en 2018 y permaneció allí recolectando muestras.
El regreso a nuestro planeta se concretó en 2023, con material recogido entre enero de 2019 y octubre de 2020.
Qué revelan las muestras recolectadas
Los fragmentos traídos por la sonda siguen bajo análisis con el objetivo de diseñar una estrategia capaz de alejar a Bennu de su curso actual. Entender de qué está hecho el asteroide resulta clave antes de pensar en cualquier maniobra de intercepción.
Impactos que ya dejaron huella
La historia geológica de nuestro planeta guarda registros de choques con asteroides en distintas etapas. Varios de esos episodios dejaron cráteres visibles en diferentes regiones del mundo, incluida América del Sur.
Ese antecedente explica por qué monitorear objetos como Bennu se volvió una prioridad para la agencia espacial: anticipar la trayectoria de un cuerpo de este tamaño abre la posibilidad de actuar antes de que el riesgo se vuelva inminente.













