El iceberg A-23A, desprendido de la Antártida hace casi 40 años, exhibe extensas zonas azules en su superficie mientras avanza por el Atlántico Sur.
Las imágenes capturadas por satélites de la NASA en diciembre de 2025 revelan un bloque de hielo profundamente debilitado después de su largo recorrido desde 1986, cuando se separó de la plataforma Filchner con una extensión equivalente a más de seis veces el tamaño de Madrid.
El cambio visible responde a un proceso de fragmentación acelerada: el agua de deshielo se acumula dentro de las grietas del hielo, ejerciendo presión sobre las fracturas internas y comprometiendo la estabilidad de un glaciar ya deteriorado.
Los científicos estudian estas transformaciones como indicadores del impacto del calentamiento oceánico en bloques de hielo antiguos que navegan hacia regiones cada vez más cálidas.
Cómo el agua abre las grietas del hielo
El mecanismo de fragmentación del A-23A combina dos procesos distintos. El primero, visible en las imágenes actuales, consiste en la penetración de agua de deshielo en las grietas existentes, cuyo peso amplía las fracturas internas. Este efecto de cuña hídrica debilita la estructura del bloque desde adentro, facilitando desprendimientos posteriores.
El segundo proceso tiene raíces mucho más antiguas, las bandas azules y blancas que atraviesan el iceberg no son consecuencia exclusiva del deshielo reciente. Sino que reflejan estrías formadas hace cientos de años, cuando aquel hielo aún integraba un glaciar que se movía sobre el lecho rocoso antártico.
Esas irregularidades históricas dejaron crestas y depresiones que hoy canalizan el recorrido del agua de fusión, permitiendo que los científicos observen desde el espacio huellas geológicas de épocas anteriores incluso al desprendimiento del bloque.
Un viaje de 40 años hacia aguas más cálidas
El A-23A inició su travesía en 1986 con una superficie cercana a los 4.000 kilómetros cuadrados, un tamaño que lo colocaba entre los bloques de hielo más grandes registrados en la región. Durante más de tres décadas permaneció encallado en aguas poco profundas del mar de Weddell, sin cambios significativos en su posición ni en su integridad estructural.
La movilidad del iceberg se recuperó en 2020, iniciando una trayectoria gradual hacia regiones oceánicas más templadas. Este desplazamiento expuso el bloque a temperaturas del agua cada vez mayores, acelerando los procesos de fusión y fragmentación.
Las imágenes del 26 de diciembre de 2025 documentaron el Estado más crítico observado hasta entonces: grandes acumulaciones de agua de deshielo azul cubrían extensas zonas de su superficie, indicando un nivel avanzado de deterioro.
Señales de colapso inminente
Los investigadores identificaron en las imágenes satelitales evidencia de un blowout, una zona blanca junto al iceberg que podría corresponder a un reventón provocado por la acumulación de presión hídrica. Este fenómeno ocurre cuando el agua acumulada en la parte superior del bloque genera suficiente presión para atravesar el hielo, creando un orificio de escape súbito y violento.
Una fina franja blanca visible alrededor del perímetro del A-23A parece contener temporalmente parte del agua que se va desprendiendo, aunque esta barrera protectora se reduce conforme la fragmentación avanza. Los expertos subrayan que cada nueva imagen satelital registra cambios respecto a la anterior, confirmando que el bloque continúa en un Estado de desintegración progresiva.













