Un estudio de 2021 publicado en Ansiedad y Estrés concluyó que quienes nacieron entre 1945 y 1965 enfrentan la frustración con mayor entereza que las generaciones posteriores. Para llegar a esa conclusión, los autores analizaron a 909 personas repartidas en tres grupos generacionales y compararon cómo cada uno lidiaba con los contratiempos.
Para medir esta habilidad, Mónica Teresa González-Ramírez y René Landero-Hernández tomaron en cuenta cuatro aspectos de la vida de los participantes: el plano personal, el social, el laboral y el familiar. Los resultados ubicaron a los Baby Boomers por encima de la Generación X y de los Millennials en la mayoría de esos aspectos, con la excepción del ámbito familiar, donde los tres grupos mostraron un desempeño similar.
Qué significa tolerar la frustración
Esta capacidad no implica ausencia de enojo o decepción cuando algo no ocurre como se esperaba. Significa, en cambio, que una persona puede transitar esas emociones sin actuar de forma impulsiva, sin permitir que el malestar dirija sus decisiones inmediatas.
En contextos laborales, quien posee esta habilidad puede continuar trabajando en un proyecto estancado o asumir un objetivo rechazado sin abandonar el esfuerzo. A nivel personal, facilita la espera cuando un deseo no se satisface al instante. En lo social, permite mantener relaciones incluso después de conflictos o desacuerdos.
El contexto donde crecieron estas generaciones
Quienes nacieron entre 1945 y 1965 vivieron infancias en contextos muy distintos a los actuales. La vida cotidiana exigía esperar para obtener bienes, compartir recursos limitados y adaptarse a cambios sin control personal. Estas condiciones moldearon de manera diferente la forma en que regulaban sus emociones.
Una revisión publicada en Social Development plantea que los niños incorporan formas de regular sus emociones al observar a sus padres, imitar sus conductas y recibir ciertas reacciones cuando ellos mismos expresan lo que sienten.
Crecer teniendo que aguardar turno, repartir lo que había disponible, ajustarse a imprevistos y asumir que no todo llegaba al instante pudo haber favorecido el desarrollo de ciertas capacidades de autorregulación.
Lo que el estudio no puede confirmar
Sin embargo, la investigación disponible no permite afirmar que ese contexto histórico sea la causa directa del hallazgo. Aunque existe una correlación entre la década de nacimiento y la tolerancia a la frustración, la relación causal sigue siendo una hipótesis plausible, no un hecho comprobado científicamente.
Implicaciones para el presente
Una mayor tolerancia a la frustración está asociada con una mejor adaptación al estrés, una mayor satisfacción laboral y una menor rotación de empleados en las organizaciones. Sin embargo, otros factores no evaluados en el estudio original, como el estrés económico, la salud mental y la precarización laboral, también pueden influir en esta capacidad.
Los autores señalan la necesidad de extender la investigación hacia generaciones más jóvenes, como los Centennials, que crecen en contextos aún más digitalizados y acelerados. Comprender cómo estas nuevas condiciones moldean la regulación emocional permitiría diseñar intervenciones más efectivas en educación y desarrollo profesional.













