La carrera lunar entre Estados Unidos y China se definirá en los próximos dos años: Washington apunta a 2028 y Pekín, a 2030, para colocar astronautas en el polo sur lunar.
Para Jared Isaacman, administrador de la NASA, lo que está en juego va más allá de la exploración espacial: ganar esta carrera le daría a Estados Unidos un peso diplomático capaz de inclinar a su favor futuras decisiones globales sobre tecnología y alianzas de defensa. También considera indispensable la colaboración estrecha entre civiles y militares para que Estados Unidos no se quede atrás.
Isaacman hizo estas declaraciones en un encuentro organizado por la Fuerza Espacial en National Harbor, Maryland, donde enfatizó que los competidores globales observan cada movimiento y calibran sus propias apuestas en función del ganador de este pulso lunar.
Por qué China avanza más rápido
China ya probó con éxito sus cohetes reutilizables y dispone de un sistema basado en dos lanzamientos para enviar a sus taikonautas a la Luna. Además, el gigante asiático mantiene en funcionamiento una red de satélites de vigilancia y comunicaciones en el espacio cislunar, lo que le da una ventaja estratégica en esa región cercana a la Luna.
Esta tecnología ya probada permite a China avanzar con mayor seguridad hacia su objetivo de 2030. Washington enfrenta un margen estrecho, y los inspectores estadounidenses cuestionan si la meta de 2028 es alcanzable, mientras el cronograma chino goza de mayor credibilidad. Isaacman advierte que los chinos incluso podrían adelantarse mientras Estados Unidos llega tarde.
Eso significaría perder no solo la primacía lunar, sino también la confianza de sus aliados en tecnología y defensa.
La batalla por el territorio lunar
El polo sur de la Luna concentra recursos clave y terrenos óptimos para asentamientos a largo plazo, pero el espacio útil es limitado —Isaacman lo describe como un problema de «plazas de aparcamiento»—. Ambas potencias apuntan a los mismos lugares, lo que aumenta la presión para actuar con una velocidad sin precedentes en las misiones espaciales.
El resultado tendrá consecuencias geopolíticas: quien pierda verá cómo sus aliados reevalúan los compromisos de seguridad, las tecnologías adoptadas y las normas que eligen seguir.
La cooperación civil-militar como estrategia
Isaacman propone que la NASA y el Departamento de Defensa unan esfuerzos de forma coordinada para acelerar el desarrollo y asegurar que los taikonautas chinos no sean los primeros en pisar el polo sur.
Isaacman subraya que esta colaboración debe beneficiar tanto las ambiciones civiles como la posición de seguridad nacional estadounidense en el espacio cislunar. Sin transformar la agencia espacial en un apéndice militar como ocurre con su contraparte china, cuyo Ejército Popular de Liberación controla directamente la exploración espacial.
El administrador enfatiza que el éxito se medirá en meses, no en años. Este ritmo acelerado requiere decisiones rápidas y recursos combinados entre institutos civiles y militares. Un modelo que desafía la tradicional separación entre ambas esferas en la política espacial estadounidense pero que considera inevitable para competir efectivamente en este momento crítico.
Sin embargo, la apertura estadounidense sobre armas espaciales marca un punto de quiebre. Este reconocimiento llegó de boca del secretario del Ejército del Aire, Troy Meink, quien confirmó públicamente que la Fuerza Espacial cuenta con armas de control espacial ya desplegadas en órbita, en una intervención previa al discurso de Isaacman. Aunque no reveló detalles sobre qué son o cuándo entraron en servicio.
Se trata, según expertos, de la primera vez que Washington admite públicamente contar con capacidad armamentística en órbita, después de años en los que las potencias rivales investigaron y probaron este tipo de armas sin reconocerlo abiertamente. China y Rusia probablemente responderán primero mediante denuncias diplomáticas contra la militarización espacial estadounidense, para luego exhibir quizá sus propias armas, como ya han hecho antes.
La pregunta ahora es si estos países seguirán el ejemplo estadounidense y serán más transparentes sobre su propia actividad espacial militar. El espacio se convierte así en un nuevo campo de batalla, igual que la superficie terrestre.













