Pensar, organizarse en grupos y transmitir conocimiento entre generaciones no son rasgos exclusivos de nuestra especie. Mucho antes de que los humanos desarrollaran esas capacidades, otro animal ya las dominaba: la orca, un cetáceo que puede superar los 5.000 kilos de peso.
Esa es la tesis que defiende Fernando López-Mirones, biólogo y documentalista, en una conversación con el pódcast Roca Project. Según López-Mirones, estos animales marinos habrían alcanzado un nivel de inteligencia comparable al nuestro unos 100.000 años antes de que los humanos desarrollaran ese nivel.
El especialista reconoce que buena parte de sus afirmaciones pertenecen al campo de la hipótesis, aunque las respalda con décadas de observación sobre el comportamiento de estos cetáceos en libertad.
Culturas marinas con miles de años
López-Mirones defendió la hipótesis de que las orcas habrían tenido idiomas propios, tradiciones complejas y una organización social estructurada desde hace milenios. Según el investigador, esa cultura ancestral explicaría las conductas que aún intrigan a quienes estudian a estos animales, en especial el llamado «pacto de la orilla».
La evidencia científica actual respalda al menos una parte del planteamiento: distintas poblaciones de orcas desarrollan técnicas de caza y dietas propias, transmitidas socialmente dentro de cada grupo. Un ejemplar que descubre una forma nueva de conseguir comida puede convertirse en referencia para el resto de su manada, que observa, imita y adopta el comportamiento como propio.
Especialistas en cazar tiburones
El ataque selectivo a tiburones blancos ilustra bien esa capacidad de aprendizaje colectivo. Algunas poblaciones han perfeccionado técnicas para enfrentar a estos grandes depredadores y aprovechar únicamente ciertos órganos, como el hígado, en una muestra clara de especialización alimentaria.
Ese tipo de estrategia no surge solo del instinto: se aprende, se perfecciona y se transmite de generación en generación dentro de cada grupo. Son estas conductas las que llevan a López-Mirones a preguntarse por qué un depredador de ese tamaño casi nunca ataca a un ser humano en libertad.
Una posible alianza con el atún como protagonista
La respuesta que propone el biólogo se llama «pacto de la orilla»: una cooperación histórica entre ambas especies vinculada a la pesca del atún. El estrecho de Gibraltar, por donde migran estos peces desde hace siglos, habría sido el escenario de ese acuerdo tácito.
Las redes instaladas por los humanos para atrapar atunes también habrían sido aprovechadas por las orcas, en una dinámica que el especialista describe como una simbiosis absoluta entre especies. Ambas partes obtenían beneficios de la misma faena, y esa relación pudo sostenerse durante generaciones.
Gestos que recuerdan aquel vínculo
Un episodio relatado durante la entrevista refuerza esa idea: una orca se acercó a una embarcación llevando consigo parte de un atún, en un gesto que López-Mirones compara con el de un perro o un gato que comparte su presa con los humanos.
Según López-Mirones, conductas como esta podrían ser un eco de aquel antiguo pacto entre las dos especies. El biólogo sugiere que la memoria de esa cooperación podría seguir presente en el comportamiento actual de estos animales marinos.













