Con la llegada de septiembre, buena parte de la población retoma sus obligaciones laborales tras el parón veraniego, y no son pocos quienes se preguntan, casi sin atreverse a decirlo en voz alta, por qué esa vuelta resulta tan difícil de encajar.
El cansancio típico de los primeros días de vuelta no siempre explica todo lo que se siente: en algunos casos, la angustia que aparece apunta a un origen que va más allá de necesitar dormir o desconectar un poco más. Por eso, no conviene fiarse de las primeras impresiones que deja este malestar de comienzos de septiembre.
Detrás de ese cansancio aparente puede haber, en realidad, un rechazo de fondo hacia la vida que se lleva el resto del año, cuando lo que se anhela y lo que se vive día a día se distancian cada vez más.
Cuando el cuerpo dice lo que la mente teme admitir
Como ejemplo, la psicóloga Claudia Hernández relata la situación de un paciente al que la vuelta al trabajo le provoca una angustia intensa, con opresión en el pecho y ansiedad, como si el cuerpo se resistiera a asumir de nuevo la rutina que marcará su día a día hasta las próximas vacaciones, en diciembre.
La preocupación comienza incluso antes de regresar: cuenta los días restantes, y esa anticipación genera estrés y frustración que termina afectando a toda la familia.
Esa angustia puede llevar a cuestionarse decisiones profesionales importantes, algunas personas comienzan a buscar otras ofertas de trabajo y a preguntarse si realmente quieren continuar donde están. Pero esa búsqueda no siempre refleja una insatisfacción temporal, e a veces puede reflejar que algo fundamental no encaja en la vida que se está viviendo.
Según Hernández, hay una gran diferencia entre estar cansada y estar en el sitio equivocado. El descanso puede ayudar a distinguir entre ambas situaciones, e el cansancio puede reducirse al recuperar el descanso y reorganizar los horarios.
La insatisfacción, en cambio, persiste incluso después de haber disfrutado de varios días libres, porque el problema no está en la falta de descanso, sino en lo que se reanuda después.
Las señales que revelan un malestar más profundo
Ciertos comportamientos pueden indicar que se trata de algo más que un bajón pasajero. Mirar ofertas de trabajo que nunca se van a aceptar, contar los días para el próximo festivo y pensar «¿de verdad esta es mi vida?» quizá no sean señales de agotamiento. Quizá indiquen que algo fundamental no encaja en la vida que se está construyendo.
No se trata de una enfermedad, sino de un proceso de adaptación al que suele denominarse síndrome postvacacional, cuyos síntomas tienden a remitir a medida que la persona vuelve a acostumbrarse a su rutina. Sin embargo, cuando el malestar persiste más allá de ese período, se intensifica o interfiere con la capacidad de llevar una vida cotidiana normal, merece atención seria.
Los datos de distintas regiones muestran que las bajas laborales por burnout en Brasil crecieron un 136% entre 2019 y 2023, al pasar de 178 a 421 casos. A nivel global, se estima que el 40% de las personas económicamente activas sufren burnout.
Cuando las vacaciones dejan de ser solución
El problema que persiste durante el resto del año no encuentra solución en las vacaciones. Conforme informó Hernández al El Confidencial, cuando las vacaciones son un respiro de aquello que se aguanta durante todo el año. El cuerpo no pide más descanso, sino que se mire la propia vida de frente.
Un respiro es temporal, la vida, en cambio, es lo que ocurre entre los respiros. Si el malestar se intensifica, persiste cuando debería haber desaparecido o interfiere con la capacidad de llevar una vida cotidiana normal, es necesario buscar acompañamiento profesional.
Un psicólogo o psiquiatra puede identificar si se trata de una dificultad pasajera o de una situación que requiere cambios significativos en la vida laboral y personal.
La clave está en escuchar lo que el cuerpo comunica a través del malestar. A veces ese mensaje no es «descansa más». A veces es «examina qué está haciendo por ti la vida que estás viviendo».













