La inactividad prolongada se ha convertido en una amenaza silenciosa para la salud integral del cerebro. Permanecer muchas horas sentado reduce el flujo sanguíneo hacia el encéfalo, ralentiza la actividad neuronal y compromete directamente la capacidad de memoria y de procesamiento mental. Este deterioro progresivo genera una mente más lenta, menos creativa y con riesgo elevado de deterioro cognitivo prematuro.
Sin embargo, existe una buena noticia: el cerebro posee plasticidad cerebral, una característica fundamental que le permite crear nuevas conexiones neuronales con cada experiencia, aprendizaje y decisión. Mantener la mente activa no depende exclusivamente de factores genéticos ni de la edad, sino de la constancia con que se la ejercite a lo largo del tiempo.
La pasividad frente a la pantalla afecta el pensamiento crítico
Manuel Sans Segarra, médico cirujano e investigador que dedicó años a estudiar cómo la relación entre cuerpo, mente y lo que denomina supraconsciencia condiciona la salud global, advierte contra una costumbre particular: sentarse frente al televisor. Conforme informó al El Confidencial, esta pasividad no solo consume tiempo valioso, sino que adormece las capacidades cognitivas.
Esa pasividad no solo consume tiempo valioso, sino que adormece las capacidades cognitivas e impide que la memoria se entrene de forma constante.
La memoria requiere ser ejercitada continuamente, como cualquier otra función mental. Sans Segarra explicó que la memoria se trabaja como cualquier otra actividad anímica, y que sin su ejercicio regular comienza un proceso de deterioro que afecta la retención y recuperación de información.
La memoria requiere ser ejercitada continuamente, como cualquier otra función mental: cada vez que se abandona su ejercicio regular, comienza un proceso de deterioro que afecta la retención y recuperación de información.
Tres pilares para preservar la capacidad cerebral
Para desarrollar plenamente la neuroplasticidad y la neurogénesis, Sans Segarra identifica tres componentes esenciales. El primero es una vida sana basada en alimentación equilibrada tanto en calidad como en cantidad, acompañada de ejercicio físico constante y repetido, elegido según preferencias personales.
El segundo pilar es la actividad intelectual: leer, estudiar, memorizar, tocar un instrumento musical, viajar, variar las rutinas cotidianas y participar en juegos que estimulen la mente de manera regular. El tercero es la relación social, que genera un intercambio energético fundamental para el bienestar mental y neurológico.
Estos tres elementos actúan de forma sinérgica para mantener el cerebro en estado de alerta permanente.
Cómo el cuerpo compensa el envejecimiento cerebral
Con el paso de los años, el organismo experimenta una pérdida natural de neuronas por disminución del flujo sanguíneo cerebral y entra en un proceso natural de atrofia. No obstante, mediante la práctica constante de estos tres pilares se activan mecanismos de neuroplasticidad y neurogénesis que crean nuevas conexiones y generan nuevas neuronas para compensar esas pérdidas.
Adoptar una vida activa en sus tres dimensiones —corporal, mental y social— permite desarrollar todas las aptitudes neurológicas mediante nuevas conexiones y células cerebrales que contrarrestan el envejecimiento. De esta manera, el deterioro natural no es inevitable: puede ser modificado y hasta revertido parcialmente a través de decisiones conscientes y sostenidas en el tiempo.













