Lo que antes se mencionaba con orgullo en entrevistas laborales —la capacidad de hacer varias cosas simultáneamente— se convirtió en una práctica que reduce la productividad y genera agotamiento mental. La psicología cognitiva contemporánea cuestiona cada vez más esta habilidad que parecía ser una ventaja profesional.
Cuando alguien cree estar en modo multitasking, en realidad alterna entre tareas a gran velocidad. El cerebro necesita algunos segundos para volver a concentrarse plenamente después de cada cambio. Ese costo cognitivo invisible se acumula cuando el mecanismo se repite cientos de veces al día, según explicó la psicóloga Carla L. Monteverde.
Por qué el cerebro no puede hacer dos cosas a la vez
La paradoja radica en que quienes alternan tareas con frecuencia sienten que ganan tiempo, cuando en realidad fragmentan el recurso más determinante: la atención.
Estudios recientes confirman lo que la neurociencia señala desde hace años: aunque el cerebro procese información sensorial en paralelo. Existe un cuello de botella en la toma de decisiones que impide realizar dos tareas complejas simultáneamente sin que una se vea perjudicada.
El multitasking digital activa el sistema nervioso autónomo de forma particular en adultos mayores, generando respuestas de estrés que afectan el desempeño cognitivo. El resultado observable es que las personas cometen más errores, ejecutan las actividades más lentamente y terminan el día exhaustas, sin la satisfacción de haber completado nada completamente bien.
Esta fatiga mental alimenta un ciclo de ansiedad en el trabajador moderno.
Cuándo la alternancia de tareas deja de ser una fortaleza
No toda alternancia de tareas es perjudicial, y en profesiones específicas —como la medicina de emergencia, la docencia o el cuidado infantil— la capacidad de cambiar rápidamente entre actividades es indispensable. La diferencia radica en que estos profesionales eligen ejecutar esa alternancia según las demandas del entorno, conforme explicó Monteverde.
El problema aparece cuando la alternancia se vuelve involuntaria y se convierte en la única forma disponible de funcionar. Cuando la persona pierde la capacidad de elegir si alterna o no, el costo mental aumenta.
El entorno digital intensifica esta presión: cada vez que se selecciona una actividad, múltiples pantallas muestran decenas de opciones alternativas que también podrían haberse elegido. Esto genera una competencia permanente contra todas las posibilidades visibles.
La inflación de expectativas en el mundo digital
Un fenómeno más profundo explica esta realidad moderna: nunca antes la humanidad tuvo tanta evidencia visible de todas las vidas alternativas que podría estar viviendo. Las redes sociales, aplicaciones de trabajo y plataformas de entretenimiento presentan constantemente opciones paralelas que crean una sensación de escasez de tiempo que, en realidad, es una inflación de expectativas, según Monteverde.
Las personas intentan acomodar en veinticuatro horas la vida de tres personas distintas. Este desajuste entre lo que se desea lograr y el tiempo disponible genera la necesidad percibida de hacer múltiples cosas al mismo tiempo. Aunque la evidencia científica demuestre que esta estrategia produce exactamente el resultado opuesto al buscado: menor productividad y mayor agotamiento.













