Veinticinco pigargos europeos llegaron a Asturias desde Noruega en 2021 como parte de un plan para devolver a España una especie desaparecida del territorio. El objetivo era recuperar la biodiversidad en el norte del país mediante la liberación controlada de ejemplares. Hoy, 17 de esas aves siguen vivas, 12 ya formaron pareja y tienen crías en libertad.
El plan cumplió su objetivo inicial, pero también abrió un debate inesperado sobre los efectos de devolver un gran depredador.
Un cazador que altera el equilibrio local
El ave no se limita a alimentarse de carroña: captura peces, aves y pequeños mamíferos según las presas disponibles en su territorio. Esa capacidad de adaptación, una ventaja para la especie en otro contexto, se convirtió en un factor de presión sobre poblaciones ya vulnerables.
La polémica se centró en el salmón atlántico de los ríos asturianos y cántabros. Cuando estos peces remontan los ríos para reproducirse, las águilas encuentran presas fáciles, pueden concentrarse y cazarlos en grupo.
La polémica entre conservación y evidencia
Algunas organizaciones cuestionan si era necesario reintroducir esta especie en la zona, porque no hay pruebas firmes de que allí hubiera existido antes una población estable. Otros grupos de conservación defienden el proyecto y destacan el papel de la rapaz como carroñera y su función como indicador de la salud de los humedales.
El salmón ya arrastraba problemas antes de que llegaran las primeras águilas noruegas: aguas más cálidas, cambios en el caudal de los ríos, enfermedades, sobrepesca y hábitats degradados por décadas de intervención humana. La presencia del ave no explica por sí sola el declive del pez, pero sí suma una presión adicional sobre una especie que ya venía debilitada.
El caso asturiano muestra que devolver un depredador a su hábitat original puede tener consecuencias que van más allá del objetivo inicial de recuperar biodiversidad.













