Algunas amistades duran toda la vida aunque pasen meses sin hablarse; otras se apagan en cuanto termina la etapa que las unía. La escritora Laura Ferrero organizó esa confusión en un texto publicado en la revista ELLE, donde propone tres categorías para entender cómo cambian los lazos que formamos con otras personas.
Una frase que escuchó en un congreso le sirvió de punto de partida: existen amistades de etapa, intermitentes y permanentes. Esa distinción ayuda a entender por qué algunas conexiones se terminan sin dolor mientras otras resisten años de distancia.
Vínculos que nacen y mueren con el contexto
Compañeros de colegio, de universidad o de un trabajo anterior suelen encajar en la primera categoría descrita por Ferrero. Mientras dura el entorno compartido, la cercanía es intensa, pero el afecto tiende a disolverse cuando cada persona toma un rumbo distinto.
Según la autora, ese desenlace no equivale a un fracaso afectivo ni a una traición. Es, más bien, la consecuencia lógica de vínculos que dependieron siempre de una circunstancia compartida, y que pierden sentido cuando esa circunstancia desaparece.
Amigos que reaparecen sin previo aviso
Hay personas con las que no existe trato frecuente, pero el reencuentro restablece la confianza de inmediato. Ferrero describe este segundo grupo como amistades intermitentes: no exigen mensajes constantes, pero conservan una base emocional que no se deteriora con el tiempo.
Lo llamativo de este tipo de lazo es la rapidez con la que se reactiva, como si los años de silencio no hubieran dejado huella. Esa capacidad de resurgir sin esfuerzo distingue a estas amistades de los vínculos puramente circunstanciales.
Los lazos que resisten el paso del tiempo
La tercera categoría agrupa a quienes permanecen pese a la distancia geográfica y la falta de contacto diario, sin que esos factores debiliten el afecto.
Ferrero recurre a la imagen de los peregrinos del Camino de Santiago para explicar esta idea: algunos acompañan solo un tramo breve. Otros reaparecen más adelante y comparten otro trecho, y unos pocos recorren la ruta entera junto a uno.
Esa comparación quita peso a la culpa que muchos sienten cuando una amistad se diluye sin motivo aparente. Aceptar que cada vínculo tiene su propio recorrido permite valorar sin ansiedad tanto los encuentros breves como los que se sostienen durante décadas.
Por qué estos lazos importan para el bienestar
La calidad de las relaciones que se mantienen en el tiempo predice el bienestar de una persona con más fuerza que el éxito profesional o los logros materiales. Según ha documentado la Gaceta UNAM, esa idea refuerza el planteamiento de Ferrero: no se trata de acumular contactos, sino de cuidar los vínculos que realmente perduran.
La convivencia con personas cercanas activa en el cerebro la liberación de oxitocina, serotonina y dopamina, mientras los niveles de cortisol disminuyen. Ese mecanismo explica, en parte, por qué un reencuentro con un amigo intermitente puede sentirse tan reconfortante como una conversación cotidiana con alguien que nunca se fue.
Distinguir entre amistades de etapa, intermitentes y permanentes no sirve para jerarquizar afectos, sino para liberar la expectativa de que todo vínculo deba durar para siempre. Reconocer en qué categoría encaja cada amistad evita la frustración de exigir presencia constante donde solo hubo un propósito pasajero.













