La resiliencia no consiste en mantener una actitud positiva constante ni en recuperarse rápido de una adversidad. Según investigadores en psicología, implica seguir funcionando en medio del dolor: desmoronarse una noche y levantarse a la mañana siguiente para afrontar el día.
Cuando una persona recibe una noticia devastadora, llora, duerme mal y amanece triste, pero aun así prepara el desayuno porque el día comienza, está demostrando resiliencia. Este escenario cotidiano, que no parece heroico, refleja mejor la realidad psicológica que la versión idealizada de la recuperación que la mayoría imagina.
Cómo nació la idea equivocada sobre resiliencia
La creencia de que las personas resilientes permanecen siempre positivas tiene raíces científicas reales. La psicóloga Barbara Fredrickson, de la Universidad de Carolina del Norte, descubrió que las emociones positivas favorecen la recuperación ante experiencias estresantes. Sin embargo, la cultura popular distorsionó ese hallazgo.
La ciencia mostró que las emociones positivas pueden ayudar en el proceso de recuperación. La sociedad, en cambio, interpretó ese hallazgo como una exigencia de que las personas resilientes jamás sintieran dolor ni tristeza.
Esta confusión llevó a desestimar el sufrimiento legítimo como signo de debilidad, aunque en las personas que se adaptan a las adversidades puede coexistir con la capacidad de seguir funcionando.
Múltiples caminos hacia la vida funcional
No existe una única trayectoria correcta después de una pérdida o trauma. Algunos se estabilizan rápidamente, otros requieren meses, y algunos empeoran antes de mejorar. Todos estos caminos pueden conducir a una vida plena y funcional sin exigir una sonrisa permanente en el rostro.
Por ejemplo, tras el fin de una relación, alguien pasa la noche en el sofá sin poder moverse. Al día siguiente, viste a su hijo, prepara su almuerzo y lo lleva a la escuela, aunque tiene los ojos hinchados.
Otro ejemplo: un padre recibe un diagnóstico difícil y su hijo adulto se desmorona en la ducha. Llora profundamente, se seca y luego marca la cita médica que llevaba posponiendo. Ninguno de estos casos representa una recuperación instantánea ni positividad constante. Ambos demuestran cómo el dolor y la funcionalidad pueden coexistir.
La flexibilidad expresiva como clave real
George Bonanno, psicólogo clínico de la Universidad de Columbia, señala que no existe una única forma saludable de enfrentar las dificultades. Lo determinante es la flexibilidad expresiva: la capacidad de identificar qué exige cada momento y cambiar de estrategia cuando la actual deja de funcionar.
En sus investigaciones, Bonanno descubrió que las personas con duelo prolongado no eran las que más lloraban, sino las que tenían menor flexibilidad para adaptarse. Acuñó el término «coping ugly» (lidiar de forma poco elegante) para describir el uso de una estrategia imperfecta pero efectiva para atravesar el día.
Esto incluye ver televisión durante seis horas después de un funeral, ejercitarse hasta el agotamiento mental o comer cereal durante tres noches porque cocinar parece imposible.
La mayoría de las personas que recurren a estas tácticas raramente se reconocen como resilientes. Recuerdan solo la noche en que lloraron sin consuelo o la mañana en que no pudieron levantarse, interpretándolo como debilidad.
Sin embargo, la investigación de Bonanno, que ha seguido a personas durante meses, revela que aproximadamente dos tercios de quienes enfrentan un evento potencialmente traumático muestran una trayectoria estable de funcionamiento saludable. Sufren en privado, pero continúan funcionando.













