Admitir que se pasa mucho tiempo sin compañía todavía genera vergüenza, sobre todo entre los más jóvenes. Muchos lo viven como un fracaso social antes que como una circunstancia pasajera de la vida.
El psiquiatra Jesús de la Gándara plantea un cambio de mirada frente a ese malestar: en vez de luchar por eliminar esos momentos de aislamiento, propone aprender a convivir con ellos. En una conversación en el pódcast Tengo un plan, desarrolló esta idea sobre el bienestar emocional y los vínculos personales.
De la Gándara distingue entre la ausencia física de compañía y el sufrimiento real que puede acompañarla, y usa el término «solitud» para nombrar la primera: alguien rodeado de silencio, pero en paz consigo mismo, sin angustia de fondo.
El miedo social a quedarse sin compañía
El malestar surge cuando esa falta de compañía se lee como algo vergonzoso. Los jóvenes cargan con una presión particular: admitir que no tienen amigos, que siguen sin pareja o que carecen de un círculo cercano despierta culpa y temor al juicio ajeno.
Esa presión empuja a buscar una salida inmediata, como si fuera una urgencia. El psiquiatra propone otra vía: convertir esos ratos sin nadie alrededor en tiempo útil, sin resignarse al aislamiento ni renunciar a las relaciones humanas.
Leer, escribir, moverse, arrancar un proyecto nuevo o cultivar un interés propio pueden transformar esas horas en algo que produce ideas, en lugar de solo malestar.
Una compañía que no depende de estar rodeado
Tener gente cerca no asegura sentirse acompañado, igual que la ausencia de personas próximas no condena de forma automática al aislamiento emocional. El especialista distingue tres piezas que sostienen un acompañamiento verdadero: conversar, convivir y compenetrarse.
Conversar implica un intercambio genuino de ideas y experiencias con otra persona. Convivir aparece en gestos cotidianos, como compartir un desayuno, una comida o la cocina con alguien cercano. La compenetración llega más lejos: dos personas permanecen calladas y aun así siguen sintiéndose unidas, un vínculo que exige tiempo y cuidado para construirse.
Aprender desde la infancia a estar bien solo
Adquirir temprano la habilidad de aprovechar esos ratos sin compañía reduce buena parte del sufrimiento que puede llegar después. Un adolescente que ya domina esa capacidad evita que el aislamiento se convierta únicamente en fuente de angustia.
Cuando ese tiempo pierde sentido y empieza el malestar, la necesidad de compañía cambia de naturaleza: pasa de ser una elección a convertirse en una urgencia. Para el especialista, aprender a estar bien con uno mismo es una de las tareas más importantes que una persona puede cultivar a lo largo de la vida.
Lo que dicen las redes sociales sobre el aislamiento
Un estudio realizado en España encontró que la intensidad y la frecuencia con que se usan las redes sociales no tienen un efecto relevante sobre el aislamiento no deseado. Según datos publicados por soledades.es, lo que sí marca diferencia, según ese mismo trabajo, es la calidad de las relaciones presenciales con amigos.
Una investigación con adolescentes, recogida en preprints.scielo.org, halló una correlación baja entre la percepción de estar aislado y el uso excesivo de redes. El dato desmonta la idea de que basta con reducir el tiempo frente a la pantalla para sentirse mejor acompañado.
Un problema que no se resuelve solo desde fuera
De la Gándara ha señalado, que el aislamiento no deseado solo puede combatirse desde la propia persona y que los esfuerzos institucionales resultan a veces insuficientes frente a ese trabajo interno.
Esa idea conecta con el planteamiento central de su reflexión: antes de buscar remedios externos, conviene enseñar a cada uno a habitar sus propios silencios. Aprender a estar bien consigo mismo termina siendo, según su mirada, la base sobre la que se sostienen todas las demás relaciones.













