Siete académicos de la Harvard Business School prestan su imagen y su voz a réplicas digitales que ya conversan con emprendedores por videollamada, aunque no hay nadie del otro lado de la pantalla. Un sistema basado en IA escucha el proyecto, hace preguntas y evalúa cada respuesta en tiempo real.
La herramienta forma parte de HBS Foundry, una plataforma que permite a quienes buscan desarrollar un negocio propio practicar presentaciones y enfrentar situaciones típicas del mundo empresarial sin depender de la agenda de un docente. Los avatares representan siete especialidades distintas y pueden sostener un diálogo completo sin que el profesor real esté conectado.
De qué manera se construyen los avatares
La tecnología detrás de estas réplicas proviene de HeyGen, una compañía dedicada a crear personajes digitales con inteligencia artificial. Grabaciones reales de cada profesor, junto con material sobre su trayectoria y su área de especialización, alimentan un sistema capaz de responder con el estilo y los conocimientos de cada uno.
La plataforma también permite simular una reunión de directorio. Al finalizar cada ejercicio, quien participó recibe comentarios concretos para corregir errores antes de la presentación real ante inversores.
Qué incluye el programa de capacitación
Un curso de ocho semanas reúne a estos profesores virtuales y está orientado sobre todo a quienes están por lanzar o hacer crecer un emprendimiento propio. El precio de inscripción es de 699 dólares e incluye, además de las herramientas con inteligencia artificial, ejercicios individuales y encuentros en vivo junto a especialistas.
A lo largo del curso, se define el proyecto, se estudia el mercado posible, se identifica a la competencia y se prepara el material para buscar financiamiento. En esos ensayos —responder preguntas difíciles, defender una propuesta, tomar decisiones bajo presión— es donde más interviene la inteligencia artificial.
Las dudas que genera imitar a un profesor
Que un avatar tenga la cara y la voz de alguien reconocido no garantiza que sus respuestas sean siempre correctas. Detrás de esa apariencia familiar hay un sistema automatizado que puede equivocarse, repetir datos viejos o sostener ideas que el académico original jamás firmaría.
Ese riesgo obliga a las universidades a pensar en controles concretos sobre lo que dicen estas copias digitales de sus docentes. En Harvard, cada profesor puede revisar el comportamiento de su propio avatar y ajustar sus respuestas cuando siente que no reflejan bien su pensamiento.













