El estadounidense Gene Savoy, conocido después como el verdadero Indiana Jones, aseguró en agosto de 1964, en una entrevista con el Diario do Litoral, que había hallado la antigua Vilcabamba, la última capital del imperio Inca. El anuncio llegó después de décadas de búsqueda infructuosa de esa ciudad perdida en la espesura peruana.
Las ruinas estaban escondidas entre musgo y neblina, en la parte alta de un afluente del Amazonas. Savoy dijo que apenas podían creer lo que tenían frente a los ojos cuando finalmente llegaron al lugar.
Una capital que la selva se tragó
Tras la toma de Cuzco por los conquistadores españoles en 1536, el rey Manco guio a su gente hacia las montañas. Según los relatos históricos, miles de personas habrían levantado allí palacios y templos, convirtiendo el sitio en un bastión de resistencia.
En 1572, acorralados por una nueva invasión, los habitantes prendieron fuego a sus propias construcciones y huyeron. La vegetación cubrió lo que quedó y el paradero exacto del asentamiento se perdió durante siglos.
El error que duró décadas
En 1909, el académico Hiram Bingham III recibió el encargo de investigar Choquequirao, un sitio que podía esconder la ciudad desaparecida. Tenía apenas 34 años, era profesor asistente de historia latinoamericana y no contaba con formación en arqueología.
Aun así, encabezó en 1911 una expedición respaldada por la Universidad de Yale, enfrentando mal clima, escasez de alimentos y el riesgo de que los cargadores abandonaran la travesía. Bingham llegó a escribir que nadie más cuestionaba que aquel fuera el sitio buscado: había dado con Machu Picchu, pero se equivocaba.
Es posible que en 1911 haya pasado a pocos metros del lugar que realmente procuraba.
El explorador que siguió las pistas
Cinco décadas después, Savoy, de 37 años, retomó la búsqueda junto al explorador peruano Antonio Santander Cascelli. Los pobladores locales se negaron al principio a guiarlos, atemorizados por una leyenda que advertía de castigos divinos para quien revelara la ubicación del lugar.
Tras insistir, consiguieron que los guiaran hasta las ruinas, repartidas en tres mesetas montañosas. La primera meseta, por sí sola, era cuatro veces más grande que Machu Picchu y tenía un palacio, construcciones de granito y caliza y fuentes de agua.
La pista que delató el lugar
La expedición se interrumpió apenas dos semanas después, cuando los guías empezaron a retirarse por miedo a las supersticiones de la zona. Según Savoy, los guías solían mostrarse amistosos, pero cambiaban de actitud al adentrarse en esa parte de la selva.
Las tejas fueron la clave para distinguir el sitio de cualquier otra ruina inca común. A diferencia de los techos de paja habituales entre los incas, las piezas encontradas combinaban un diseño de influencia española con una coloración y marcas típicamente incas. En 1964, constituían la evidencia tangible más sólida de que se trataba de Vilcabamba.
El descubrimiento atrajo la atención de John Hemming, especialista en cultura inca y director de la Real Sociedad Geográfica de Londres entre 1975 y 1996. Hemming relacionó relatos de testigos oculares sobre Vilcabamba, entre ellos las crónicas del fraile Martín de Murúa, con los detalles hallados en el lugar.
Murúa había documentado que los incas poseían un palacio con distintos niveles cubiertos de tejas, un detalle que coincidía con lo encontrado.













