Cerca de la ciudad de Alto Hospicio, en Chile, se acumulan 60 mil toneladas de prendas descartadas por consumidores europeos, un volumen tan grande que resulta visible desde satélites espaciales. La campaña Atacama RE-commerce intenta dar salida a ese material cobrando apenas el costo del envío.
Mientras esa acumulación textil permanece semienterrada bajo la arena. Un fenómeno completamente distinto transformó otra parte de la misma región árida: las lluvias atípicas asociadas a El Niño despertaron cientos de especies vegetales dormidas. La combinación deja una imagen contradictoria de un mismo paisaje, castigado por la basura y renovado por el agua al mismo tiempo.

Cómo llegó tanta ropa hasta ahí
La explicación más aceptada indica que países europeos envían al continente sudamericano prendas que ya no circulan en sus mercados internos, con la intención de revenderlas como artículos de segunda mano. Buena parte de esa mercancía sí encuentra comprador, pero el volumen que ingresa por contenedores supera la capacidad de absorción del comercio local.
Ante ese excedente, varias empresas de logística optan por apilar las piezas sobrantes en la zona seca, donde la falta de humedad ayuda a conservar los tejidos durante años. La presencia de esa ropa en el lugar se convierte en un riesgo para la biodiversidad local.
Marcas reconocidas entre los desechos
Investigaciones de la ONG Ekō junto al colectivo chileno Desierto Vestido identificaron etiquetas de Zara, H&M, Adidas, Nike, Levi’s, Tommy Hilfiger y Hugo Boss entre las prendas abandonadas. Las piezas de marcas más conocidas suelen conseguir un segundo dueño con más facilidad, mientras que otras quedan varadas de forma indefinida.
De acuerdo con la ONU, la Unión Europea encabezó en 2024 las exportaciones mundiales de ropa desechada, con el 30% del total. Le siguieron el Reino Unido, con el 16%, y Estados Unidos, con el 15%.
Ese patrón de consumo, marcado por el recambio constante de temporada, explica en buena parte el flujo permanente de textiles hacia los puertos sudamericanos.
La lluvia que despertó semillas dormidas
A cientos de kilómetros de esa montaña textil, precipitaciones fuera de lo común activaron un proceso natural que suele pasar años en estado latente. En algunos sectores el agua superó los 180 milímetros, una cifra excepcional para una zona donde las lluvias casi nunca dejan rastro.
Bajo la superficie arenosa esperaban semillas y bulbos de unas 200 especies vegetales, listas para germinar apenas encontraran humedad suficiente. La Corporación Nacional Forestal de Chile proyecta que la floración llegue a su punto máximo en octubre, con una cobertura estimada de 15 mil hectáreas pintadas de violeta y blanco por flores como los «suspiros» y las «patas de guanaco».
Un fenómeno con saldo trágico
El mismo temporal que impulsó la floración también dejó pérdidas humanas y materiales en el norte chileno. Las precipitaciones registradas en julio causaron al menos 13 muertes y destruyeron o dañaron alrededor de 4 mil viviendas.
Frente a la llegada de visitantes atraídos por el espectáculo natural, las autoridades regionales habilitaron puntos de observación para 2026 y fijaron pautas de cuidado del entorno.
Entre las recomendaciones figuran transitar solo por senderos marcados, evitar pisar las plantas y no recolectar flores ni semillas. Las reglas buscan proteger un ecosistema que despierta sobre el mismo terreno donde también se esconde una montaña de ropa descartada.













