Cuando el trabajo o la escuela obligan a desayunar al mediodía y cenar pasada la medianoche entre semana, pero los horarios cambian por completo durante el fin de semana, el cuerpo sufre. Los investigadores franceses denominan este fenómeno «jet lag alimentario» y demostraron que afecta especialmente al corazón de los hombres.
Un cambio de apenas una hora en los tiempos de comida aumentó en 14% el riesgo de enfermedad cardiovascular y en 21% el de enfermedad coronaria en la población masculina. Según el estudio publicado en Communications Medicine, el análisis siguió durante 14 años, entre 2009 y 2023, los patrones de alimentación de más de 100 mil participantes.
Cómo se desarrolló la investigación
Los científicos registraron la hora de la primera y última comida de los voluntarios en días laborales y de descanso. Luego los clasificaron en tres grupos: quienes comían más temprano los fines de semana, quienes mantenían horarios similares durante toda la semana y quienes comían más tarde en fin de semana.
Los participantes con cambios pronunciados en sus horarios de comida mostraron un riesgo cardiovascular superior al del grupo con patrones regulares, sin importar la calidad nutricional de lo que consumían. Este efecto, sin embargo, apareció solo en los hombres.
Por qué el riesgo apareció solo en los hombres
Las mujeres en el estudio no presentaron el mismo riesgo cardiovascular frente a las variaciones de horario. Una razón probable es que los hombres tienen un riesgo de base más alto de sufrir enfermedades del corazón.
Además, las mujeres tienden a mantener rutinas matinales más consistentes, una diferencia ligada a factores anatómicos, fisiológicos y hormonales que podría influir en cómo el organismo responde a los cambios en los horarios de alimentación.
El mecanismo detrás del daño cardiovascular
El cuerpo funciona según ritmos circadianos internos, ciclos de 24 horas que regulan su funcionamiento. Aunque la luz es el sincronizador principal, los patrones de comida también actúan como reguladores de los relojes periféricos, como los del hígado y del corazón.
Cuando los tiempos de alimentación se alinean con estos ritmos internos, la salud metabólica se beneficia. La irregularidad desorganiza el equilibrio interno.
El «jet lag alimentario» interrumpe estos mecanismos de sincronización, lo que eleva el riesgo de eventos cardiovasculares. Si futuros estudios de gran escala confirman estos hallazgos, establecer horarios regulares para las comidas podría convertirse en una estrategia para prevenir enfermedades crónicas y reducir la carga sobre los sistemas de salud pública.













