Un equipo de investigadores logró prolongar la vida de moscas, gusanos y levaduras al activar directamente una proteína clave que regula el consumo de energía en las células. El hallazgo orienta futuras investigaciones sobre el envejecimiento en mamíferos y sobre cómo mantener el funcionamiento del organismo con el paso del tiempo.
El envejecimiento no depende solo de los años transcurridos, sino también de cómo el organismo conserva su capacidad de trabajo a lo largo de la vida. Por eso, los científicos buscan proteger la salud en edades avanzadas y estudian mecanismos celulares que pueden ralentizar el deterioro.
El sensor energético que actúa como «modo ahorro»
La proteína en cuestión se llama proteína quinasa activada por AMP (AMPK, por sus siglas en inglés). Cuando a las células les falta energía, esta enzima las ayuda a reducir procesos que consumen muchos recursos y redirige su actividad hacia la generación de más combustible.
Helena Cochemé, investigadora del Grupo de Metabolismo Redox en el Laboratorio MRC de Ciencias Médicas, comparó el funcionamiento de esta proteína con el modo de ahorro de energía de los teléfonos móviles. El sistema es especialmente relevante para el envejecimiento porque podría permitir que las células funcionen mejor durante más tiempo si se logra modularlo adecuadamente.
Una prueba más precisa del mecanismo
Aunque se sabía que esta proteína estaba vinculada con la longevidad, los medicamentos tradicionales, como la metformina, activaban el sensor de forma indirecta y alteraban simultáneamente otros procesos metabólicos. En su lugar, los investigadores utilizaron un compuesto denominado 991, que se une directamente al objetivo sin efectos secundarios.
David Carling, del Grupo de Estrés Celular en el mismo laboratorio, explicó que este enfoque directo permitió obtener resultados más limpios y controlados.
Antes de medir cambios en la longevidad, el equipo verificó que el compuesto 991 activaba correctamente el sensor en moscas de la fruta. Después, lo probó en nemátodos y levadura de fisión, aunque la intensidad de la respuesta varió entre especies.
Cambios metabólicos y extensión de la vida
En las moscas, el tratamiento redujo los triglicéridos, una forma de grasa almacenada, sin que los animales comieran menos. Su glucógeno, otra forma de energía almacenada, no cambió significativamente. Los gusanos también mostraron niveles más bajos de grasa tras el tratamiento.
El equipo verificó la composición de las bacterias que consumían, lo que hizo menos probable que cambios en sus microbios alimentarios explicaran el efecto sobre la longevidad. Dosis bajas del compuesto 991 extendieron la vida de moscas hembra, nemátodos y levadura.
La dosis resultó crítica: cantidades mayores del compuesto acortaron la vida en moscas y levadura, demostrando que más medicamento no siempre produce mejores resultados.
Para confirmar que el sensor de energía era responsable de estos efectos, los investigadores repitieron los experimentos en organismos genéticamente modificados que carecían de un componente importante de esta proteína. En esos casos, el compuesto ya no extendió la longevidad, lo que respaldó la conclusión de que AMPK era responsable del efecto en esas especies.
Implicaciones para la investigación futura
Este es el primer estudio que demuestra que dirigirse directamente a este sensor energético con un fármaco puede producir beneficios de longevidad en organismos vivos.
Los investigadores también probaron 991 en ratones machos, aunque no midieron si los roedores vivieron más tiempo. Los ratones recibieron el compuesto dentro de nanopartículas biodegradables durante tres semanas. El equipo examinó las proteínas hepáticas y encontró cambios que coincidían con la activación de AMPK y patrones biológicos vinculados con una vida más larga.
El experimento fue pequeño, con solo tres ratones normales en cada grupo, lo que ofrece una pista temprana pero no prueba de que el tratamiento extienda la vida útil en mamíferos.
Dado que las moscas viven alrededor de tres meses y los gusanos. Tres semanas en el laboratorio. Frente a los aproximadamente tres años de los ratones, los investigadores pueden hacer descubrimientos mucho más rápido en estos modelos antes de avanzar hacia sistemas mamíferos más complejos.













