El 26 de septiembre de 1991, un grupo de ocho voluntarios cruzó las puertas de una estructura gigante de vidrio en el desierto de Arizona y quedó aislado del mundo exterior durante dos años.
El recinto bautizado Biosphere 2, combinaba selva tropical, desierto, un océano artificial y zonas de cultivo dentro de un sistema cerrado de poco más de tres acres que buscaba imitar las condiciones necesarias para colonizar otro planeta.
La estructura se construyó entre 1987 y 1991 con un objetivo que iba más allá de un simple ensayo espacial: el proyecto también tenía una motivación ambiental, ligada a entender cómo funcionan los ecosistemas cerrados de la Tierra.
Un ciclo que debía cerrarse solo
Cuatro hombres y cuatro mujeres debían producir buena parte de su propia comida mientras dependían de plantas y microorganismos para reciclar el aire que respiraban.
La lógica parecía sencilla sobre el papel: los ocupantes y los animales consumirían oxígeno y liberarían dióxido de carbono, mientras la vegetación absorbería ese CO₂ durante la fotosíntesis y devolvería oxígeno a la atmósfera interior.
Al cerrarse las puertas, la concentración de oxígeno rondaba el 21 por ciento, un valor cercano al natural en la atmósfera terrestre. Durante los primeros 16 meses, esa cifra bajó hasta cerca del 14 por ciento, un nivel comparable al de zonas de gran altitud.
Las tareas simples se volvieron pesadas
El descenso terminó afectando el día a día del grupo confinado, al punto de que las actividades físicas más básicas exigían un esfuerzo mayor de lo habitual. La situación llegó a un extremo en el que fue necesario inyectar aire producido fuera de la cúpula para sostener condiciones mínimas de vida dentro del complejo.
Otro detalle desconcertaba a los responsables: si el ecosistema consumía tanto oxígeno, debía acumularse una cantidad equivalente de dióxido de carbono en el aire interior. Sin embargo, el nivel de ese gas no subía en la proporción esperada. La discrepancia convirtió la caída en un rompecabezas.
La pista escondida en el suelo
La respuesta empezó a aclararse cuando el equipo analizó con más detalle el ciclo del carbono dentro del sistema. La tierra usada en los cultivos era muy rica en materia orgánica, una decisión pensada para favorecer el crecimiento de las plantas dentro del recinto cerrado.
Ese mismo suelo terminó alimentando una población de microorganismos que respiraban intensamente. Al descomponer la materia orgánica, esos microbios consumían una cantidad considerable de oxígeno y liberaban dióxido de carbono como resultado de su actividad biológica.
El hormigón que ocultaba la evidencia
La actividad microbiana fue tan intensa que la respiración de todo el ecosistema superó la producción neta de oxígeno de las plantas mediante la fotosíntesis. El resultado fue una caída sostenida que los instrumentos no lograban explicar al inicio.
El propio material de construcción terminó explicando parte del enigma: el dióxido de carbono reaccionaba con compuestos presentes en el hormigón y se transformaba en carbonato de calcio. En un proceso conocido como carbonatación, el hormigón funcionaba como un reservorio que retiraba el gas de la atmósfera interior y ocultaba la evidencia de lo que ocurría en el suelo.
La lección de un experimento ambicioso
El caso de Biosphere 2 quedó como ejemplo de cuánto puede complicarse recrear un ecosistema completo dentro de un espacio cerrado. Los microbios consumieron más de lo previsto, el hormigón capturó parte del gas liberado y ese cruce de procesos ocultó por meses la pista que habría revelado el desequilibrio real.
El gran aprendizaje no fue simplemente que el hormigón hizo desaparecer el oxígeno. El caso mostró cómo los ciclos naturales están interconectados: un proceso microscópico en el suelo, combinado con una reacción química en el hormigón, fue suficiente para alterar la atmósfera en la que ocho personas necesitaban respirar.













