Los adultos cuyos padres se separaron presentan tasas más altas de depresión que quienes crecieron con padres casados. Pero un nuevo estudio sugiere que otros factores familiares explican la mayor parte de esa diferencia. La investigación concluyó que el divorcio, por sí solo, tiene poco peso en ese riesgo.
El trabajo, realizado por Mary Kate Schilke, docente del Departamento de Psicología de la Universidad Tyndale, junto a dos colegas, analizó datos del Behavioral Risk Factor Surveillance System, una encuesta federal de salud realizada por teléfono en Estados Unidos.
La muestra final reunió a 128.264 adultos que respondieron negativamente cuando se les preguntó por abusos físicos y sexuales durante la infancia.
Lo que separa a los tres grupos
Cerca de una cuarta parte de los participantes dijo que sus padres se separaron o divorciaron antes de que ellos cumplieran la mayoría de edad. En cambio, el 1,7% indicó que sus padres nunca llegaron a casarse. El resto creció con progenitores que permanecieron casados, y ese grupo sirvió como punto de comparación para el análisis.
Las diferencias entre los tres grupos van mucho más allá del estado civil de los progenitores. El 35% de quienes vivieron un divorcio dijo haber convivido con un padre o madre que bebía en exceso o consumía drogas. Frente al 15% de quienes crecieron con padres que siguieron casados.
El peso de la enfermedad mental parental
El 20,8% del grupo con padres divorciados creció junto a un progenitor con alguna enfermedad mental, incluida la depresión, cifra que baja al 9,4% entre quienes tuvieron padres casados.
La violencia doméstica también apareció con mayor frecuencia en los hogares donde hubo separación: el 17,1% de ese grupo dijo haber presenciado episodios violentos entre adultos en casa. Frente al 4,8% del otro grupo.
Schilke explicó al sitio Earth que los problemas familiares que suelen acompañar al divorcio, particularmente la enfermedad mental de los padres y el consumo de sustancias. Explican mucho mejor el riesgo de depresión a largo plazo que la separación en sí misma.
Cómo cambia la cifra al sumar factores
Al comparar directamente los grupos, el 19,2% de los adultos con padres divorciados había recibido un diagnóstico de depresión en algún momento de su vida. Frente al 14,1% de quienes tuvieron padres casados.
Cuando el equipo incorporó otros elementos de la infancia al análisis, ese panorama cambió por completo. La enfermedad mental de los padres explicó por sí sola el 68% de esa diferencia. Mientras que el consumo de sustancias por parte de los progenitores explicó el 49%.
Al considerar ambos factores en conjunto, la diferencia restante era tan pequeña que podía deberse al azar. El divorcio actuaría, entonces, como una señal de otras dificultades familiares más que como la causa principal del mayor riesgo de depresión.
La depresión también se hereda
Tener un familiar cercano con trastorno depresivo mayor multiplica entre dos y tres veces la probabilidad de desarrollar la enfermedad, e sin embargo, la genética no explica todo el fenómeno.
Quienes tienen una enfermedad mental grave enfrentan más dificultades para conservar el empleo y para mantener una relación estable, lo que a su vez puede desembocar en una separación.
Un niño que crece en cualquiera de esos dos escenarios suele tener un hogar menos estable. Aunque muchos padres con enfermedades mentales logran criar bien a sus hijos cuando cuentan con el apoyo adecuado.
Diagnóstico y malestar no son lo mismo
La encuesta midió la salud mental de dos maneras distintas, y las dos preguntas no identificaron exactamente a las mismas personas. Una de ellas indagaba si algún médico había diagnosticado depresión alguna vez; la otra contaba cuántos días del último mes la persona había sentido angustia emocional.
Esa distinción resulta clave para entender el hallazgo central del estudio: un diagnóstico formal puede tardar años en llegar. Mientras que el malestar cotidiano aparece mucho antes en la vida de quien lo padece.
Separar ambas medidas permitió al equipo de la Tyndale University identificar con más precisión qué factores del entorno familiar pesan realmente en el riesgo de depresión adulta. Más allá de si los padres siguieron juntos o no.













