La generación de "adultos - niños" | Vistazo

La generación de "adultos - niños"

Vida moderna

La generación de "adultos - niños"

Stephanie Sachs Feder Miércoles, 11 de Noviembre de 2015 - 11:30

La exdecana de la Universidad de Stanford, Julie Lythcott-Haims, dice que la obsesión de los padres por guiar y proteger a sus hijos, creó una generación de ‘adultos-niños’ poco preparados para el mundo.

Al inicio de los años 2000, la entonces decana y orientadora de la Universidad de Stanford, Julie Lythcott-Haims comenzó a notar algo curioso en el comportamiento de sus alumnos. Estudiantes de 20 y pocos años, que en breve estarían formados y trabajando en las mejores empresas, acudían a su oficina siempre acompañados de su padres o madres. Y, cuando ella les preguntaba lo que querían para su futuro, ellos miraban a sus progenitores en busca de una respuesta.

Fue a partir de esa experiencia –y de la suya propia como madre– que ella pasó a estudiar el ‘over parenting’, expresión americana para denominar el hábito de proteger excesivamente a los hijos. El fenómeno surgió cuando la generación posguerra, tratada con rigidez por los padres, pero influenciada por la contracultura de los años 60 y 70, decidió criar a sus hijos de forma diferente: menos rigor y más amor, menos recriminaciones y más comprensión.

Los abusos en la aplicación de esta fórmula –argumenta ella– ayudaron a producir una generación de adultos incapaces de decidir por cuenta propia y con dificultades para adaptarse al mercado laboral. Julie Lythcott-Haims dio la siguiente entrevista.


Como padres, es el deber dejar ese cargo algún día. El objetivo es criar
a aquella persona para que sea capaz de cuidarse sola. En el siglo XXI,
cuidar de sí mismo significa tener las habilidades para ser un individuo
productivo, responsable y cortés. 

Usted afirma que esta es la primera generación de ‘adultos-niños’ de la historia. ¿Cómo son ellos?
Son personas que no se sienten capaces de tomar sus propias decisiones ni de lidiar con contratiempos o decepciones. Ante la primera señal de problemas, hacen una llamada o mandan un mensaje a sus padres para pedir orientación. Mientras que un adulto es, por definición, alguien capaz de reflexionar y descubrir cómo lidiar con determinada situación

Pero los adultos también piden orientación y consejos. ¿Está acaso la diferencia en la frecuencia con la que estos adultos-niños los piden?
La diferencia es que lo hacen ante la primera señal de que algo no anda bien. La actitud de un adulto es la de reflexionar sobre una cuestión, llegar a un diagnóstico y ahí, tal vez, entrar en contacto con alguien en quien confía. Esencialmente, un adulto se hace preguntas a sí mismo, antes de hacérselas a sus padres.

¿Cómo piensan esos ‘adultos-niños’?
Tienen poca confianza en sí mismos. “Soy incapaz de hacer eso por mí mismo” es el pensamiento recurrente ya que, al final del día, y durante toda su vida, alguien siempre hizo todo por ellos. En la sicología, eso se llama “desamparo aprendido”. Algo que viene de la falta de conexión entre el esfuerzo y el resultado. En estos trece años como orientadora en Stanford, vi a muchos alumnos que padecen de este mal, al punto de no saber siquiera pedir una dirección en la calle.

¿Y eso vale también para situaciones profesionales?
Sí, sobre todo para situaciones profesionales. En una empresa, las cosas no orbitan en torno del empleado y sus necesidades, el empleado no es el centro del mundo. Lo que se espera de él es que contribuya para el crecimiento de la empresa y de sus colegas, que sea útil, que ayude antes de que se lo pidan, que anticipe lo que debe hacerse. Ocurre que los padres de los ‘adultos-niños’ siempre determinaron lo que debían hacer, y eso les impidió desarrollar este tipo de habilidades, pensar por sí mismos y plantear el próximo paso. Las consecuencias de una vida excesivamente gerenciada por los padres se refleja de manera muy acentuada en el trabajo.

¿Pero no se adaptan las empresas de cierta manera a esos ‘adultos-niños’?
Sí, el ejemplo perfecto aquí son los ‘startups’ de Silicon Valley, que ofrecen infinitos mimos a sus empleados. Ellos trabajan muy duro, pero todo el ambiente está volcado para satisfacer sus necesidades, incluyendo la de diversión. La comida es preparada por los mejores chefs, la ropa de todos se lava ahí. Yo me pregunto: ¿por qué tantos adultos de esa generación se van para la tierra de los ‘startups’ y el mundo de la tecnología? Porque el lugar de trabajo fue adaptado para ser una extensión de la casa de la infancia de ellos. Pero, ¿qué ocurre si alguien comienza su vida profesional en un lugar así y después va para un sitio tradicional? Ciertamente quedará muy decepcionado. Y tal vez no consiga adaptarse.

Usted menciona tres tipos de pecados de los padres: el “súper-direccionamiento”, la “sobreprotección” y la “súper-ayuda”. ¿Podría explicarlos?
Los padres sobreprotectores son aquellos que piensan que cualquier cosa puede hacerle daño a sus hijos y, por eso, prefieren que ellos estén siempre dentro de su campo de visión. Toman siempre el partido de los niños, en contra de quien quiera que sea –el árbitro de un juego de fútbol o un profesor que los criticó– y acostumbran decir que todo esfuerzo de sus hijos es “perfecto”. Los que pecan por el “súper-direccionamiento” son los que definen lo que sus hijos deben estudiar, cómo deben jugar, qué actividades deben practicar y en qué nivel, qué facultades valen la pena, qué curso es mejor hacer, qué carrera deben seguir. Ellos no solo resuelven los problemas sino que moldean sus sueños.

El tenista Andre Agassi es un ejemplo típico de esa educación. ¿Por qué? Lo cito solo porque él mismo lo dice: “Mis padres encaminaron demasiado mi vida”. Y eso queda claro cuando se lee la autobiografía del deportista. El padre de Agassi estaba tan convencido de que su hijo debía ser jugador de tenis que transformó eso en su misión de vida. Entonces, ¿qué tenemos como resultado? Una estrella de tenis, pero un poco infeliz. Eso es común cuando las personas siguen una trayectoria profesional forzada por sus padres o, simplemente, para agradarles.


Los padres súper imponentes causan la infelicidad de sus hijos. Andre
Agassi es un ejemplo de esto, según narra en su biografía.     

¿Y cómo se caracterizan los padres de la categoría que usted llama “súperayuda”?
Son los que acompañan a sus hijos en todas las actividades, en el deporte o en la escuela, y actúan como sus ‘cuidadores’, hasta cuando ya son adultos. La madre de una estudiante de segundo año de Stanford, por ejemplo, se comunicaba todo el día con su hija y tenía la agenda con los deberes y pruebas pendientes, para evitar que incumpliese con sus responsabilidades.

¿Cómo pueden saber los padres si han caído en la trampa de confundir demasiado amor con cuidado excesivo?
En primer lugar, ellos deben de aceptar que su trabajo, como padres, es el de dejar ese cargo algún día. Y que el objetivo es criar a aquella persona para que sea capaz de cuidarse sola. No se trata de dejar tirados a los niños en medio de la selva. Pero, en el siglo XXI, cuidar de sí mismo significa escribir su currículum por sí mismo, hacer una entrevista de trabajo, conseguir un empleo. Y tener las habilidades necesarias para mantenerse empleado, ser capaz de trabajar duro y en equipo, ganar un salario, pagar sus cuentas, ser gentil con los demás, descubrir cómo ir de un lugar a otro, cocinar… Y todo eso sin tener que, a toda hora, preguntar a la madre o al padre cómo se hace. Imaginar qué harán nuestros hijos cuando ya no estemos aquí es un buen ejercicio. “¿Y si algo me ocurriera?” Ninguno de nosotros quiere imaginar eso, pero es nuestro deber como padres mamíferos preparar a nuestra cría para ese triste día.

¿Y en el día a día?
No hay duda de que los padres deben de dar tanto amor como puedan a sus hijos. Los niños quieren tener la certeza de que son amados y valorados. Pero no hay nada cruel en pedir a los hijos que ayuden en los quehaceres domésticos, por ejemplo. Eso va ayudarlos a desarrollarse. El objetivo debe de ser el de darles la oportunidad de que desarrollen su independencia. Yo recuerdo la primera vez que pedí a mi hijo que fuese al supermercado para comprar algo que yo había olvidado. Él no quería ir. Le dije que necesitaba de su ayuda, que el camino no era largo, que él ya había ido más lejos con sus amigos. Entonces fue y, cuando regresó, estaba orgulloso de sí mismo. Fue una conquista para él y para mí. Puede parecer algo menor, pero para los niños siempre hay una primera vez. El papel de los padres es encontrar las oportunidades de ofrecer a ellos una manera para aprender.

¿Y cómo descubrir el límite a partir del cual dar independencia a un hijo puede exponerlo a riesgos?
Es difícil, pero es precioso dejar que los niños vivan para que se conviertan en adultos. No podemos tenerlos en nuestros brazos la vida entera, cubrirlos con plástico de burbujas y mandarlos al mundo enteramente protegidos de todo. Debemos fortalecer su carácter, su determinación, su sentido de “me hice daño, pero estoy bien”. Puede sonar cruel, pero es bueno que los niños se hagan daño en la infancia, y no hablo solo en el sentido físico. Porque es la única manera de que se vuelvan resistentes y capaces de lidiar con las situaciones cuando crezcan. Es un equilibrio sensible. No existe un manual que describa cada paso. Pero es preciso que los hijos se vuelvan resistentes, preparados también para las cosas más difíciles que les va a tocar vivir.


Después del éxito de “Cómo criar un adulto” (How to raise an adult)
Julie Lythcott-Haims se dedica a escribir libros.

Existe la “generación canguro” compuesta de adultos entre 25 a 34 años que todavía viven en la casa de sus padres. ¿Tiene que ver con esa sobreprotección?
No conocía ese término, es maravilloso. En teoría, no hay nada de malo en el hecho de que los hijos de esa edad vivan con los padres si no tuvieran el dinero para vivir solos en un lugar deseable, por ejemplo. Lo que está mal es que los hijos, de esa edad, no se comporten como adultos, no ganen un salario, que no contribuyan financieramente en la casa. Resumiendo, no está bien que vivan allí y se comportan como si tuviesen 11 años, sin levantar un dedo para ayudar, sin gastar su dinero ni siquiera para ayudar con el supermercado.

¿Existen también los ‘ni-ni’, que ni estudian ni trabajan?
No estudiar y no trabajar es un desastre. No solamente para aquella persona y su familia, sino para el país en donde viven. Son personas que no van a contribuir con la sociedad, no van a pagar impuestos, no serán ciudadanos útiles. Es un concepto aterrador.

¿Cómo van a criar los ‘adultos-niños’ a sus propios hijos?
No tengo ni idea, porque la generación del milenio fue la primera en ser sobreprotegida en masa. Los primeros grupos de niños que tenían la agenda toda hecha por los padres son los de los nacidos alrededor de 1980. Ahora ya tienen 35 años. Muchos ya tienen hijos, pero todavía no sabemos cómo sus hijos están enfrentando el mundo. Realmente espero que esa generación empuje el péndulo de regreso en otra dirección, para criar adultos competentes, confiados y valientes.

Bob Dylan escribió “no hay éxito sin fracaso”. ¿Hasta qué punto concuerda usted con eso?
Lo que todos los tipos de padres que protegen en exceso tienen en común es el miedo al fracaso. Ellos tienen miedo de que, si sus hijos atravesaran un fracaso, su vida se vería arruinada. Y están equivocados. Para aprender, es necesario intentar, fracasar, aprender con eso. Y ahí intentar de nuevo, fracasar de nuevo y aprender de nuevo, hasta finalmente ser exitoso. Son los pequeños fracasos de la infancia que desarrollan las habilidades, las competencias y la confianza de los adultos. El fracaso es tal vez el mejor profesor de la vida, y nos hacemos más fuertes cuando somos desafiados.