El ecuatoriano es de ¿izquierda o derecha? | Vistazo

El ecuatoriano es de ¿izquierda o derecha?

María Belén Arroyo | marroyo@uio.vistazo.com Lunes, 30 de Noviembre de 2020 - 19:26
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Casi las tres cuartas partes de ecuatorianos se ubican entre el centro y la derecha del espectro político. Un análisis de datos desde 2004, hecho por Barómetro de las Américas, determina las variaciones ideológicas entre los electores. También identifica que la polarización ideológica creció; esto conlleva tres peligros para la democracia. Aquí los explicamos.
 
La preferencia ideológica del ecuatoriano tiende al espectro de la centro-derecha en la política. El elector promedio se identifica con un patrón más conservador, en cuanto a valores, que progresista. En los últimos tres lustros, el ciudadano común se interesó más en la política que antes. Y las posiciones antagónicas pueden llegar a ser extremas e irreconciliables, al punto de suponer un riesgo para la vida democrática.
 
Ésta es la radiografía del elector ecuatoriano, obtenida a partir de los datos comparados de las encuestas de Barómetro de las Américas. Los datos se levantan desde 2004, cada dos años, como parte del proyecto de Opinión Pública de Latinoamérica (Lapop, por sus siglas en inglés) de la Universidad de Vanderbilt, en Tennessee, Estados Unidos. El director de operaciones de investigación es el ecuatoriano Daniel Montalvo, quien es además editor del informe. El estudio más reciente, lanzado a inicios de 2020, se titula “Cultura política de la democracia en Ecuador y las Américas, 2018-2019: Tomándole el pulso a la democracia”. En él participaron como contraparte ecuatoriana investigadores de las universidades San Francisco de Quito (USFQ), de las Américas (UDLA) y Flacso.
 
¿A qué llamamos izquierda y derecha? Hay una gama de conceptos, pero el básico  tiene que ver con el predominio del Estado o del mercado en la sociedad. La visión estatista se asocia con la izquierda, en tanto la derecha tiende a quitar peso al Estado e impulsar que el mercado sea el motor que mueve todos los engranajes del país. Por supuesto, hay corrientes moderadas y extremas en ambas posiciones.
 
La izquierda
Veamos qué pasa con la izquierda. En 2006, menos del 10 por ciento se identificaba con esta corriente ideológica. En 2016, la adhesión llegó a 22,5 por ciento, su punto más alto. Para 2019, la cifra se ubicaba en algo más de 18 puntos porcentuales. 
 
¿Tiene algo que ver este crecimiento con el tecnopopulismo de Rafael Correaque se vende como representante de la auténtica izquierda?
 
“Correa llegó al poder en 2007 como candidato auspiciado por varios sectores de la izquierda ecuatoriana, y fue precisamente entre 2006 y 2008 cuando se observa un primer gran salto en quienes se autoidentifican con esta posición ideológica, pasando del 9,8 al 15 por ciento”, cita uno de los autores de este capítulo de Lapop, Paolo Moncagatta, quien es profesor de la Universidad San Francisco de Quito.
 
El politólogo Santiago Basabe, profesor de la Flacso, afirma que la hegemonía del correísmo durante una década no se debe a que el electorado ecuatoriano fuera de izquierda. “Aunque una de las ideas más posicionadas para explicar la vigencia de la ‘Revolución Ciudadana’ es que la orientación del electorado giró hacia la izquierda, dicho argumento es falaz. La bonanza económica que vivió el país como consecuencia de los altos precios del petróleo es la causa principal del auge de Correa y su movimiento”, escribió este académico.
 
El boom de los precios del petróleo duró hasta 2015; tras la caída, el modelo empezó a derrumbarse y ésa es la razón por la que Correa no se candidatizó para los comicios de 2017. Basabe-Serrano es coautor de un capítulo del libro “¿Fin del giro a la izquierda en América Latina?” (Flacso, México, 2017), que analiza este fenómeno.
 
Por cierto, el correísmo enarboló la bandera de la lucha contra la “larga noche neoliberal”, plataforma de los grupos de izquierda en Ecuador. Para ciertos autores, la dualidad izquierda/derecha no puede entenderse separada de una posición respecto de las políticas neoliberales.
 
Paradójicamente, argumenta Basabe, entre 1985 y fines de la década de los 90, “Ecuador fue uno de los países de América Latina que menos avanzó en políticas de ajuste en los planos económico, financiero, laboral y fiscal”. Junto con Costa Rica, Paraguay y Uruguay, Ecuador es una de las naciones donde el traslado de actividades del sector público al privado no fue significativo. En un ranking de nueve países de la región, que mide el índice de privatizaciones en América Latina, Ecuador ocupa el sexto lugar.
 
Correa, con Hugo Chávez y Evo Morales, son descritos desde el mundo académico como gobernantes de una izquierda “nacionalista, estridente y cerrada”.
 
¿Y el centro y la derecha?
Entre el 12 y el 15 por ciento de encuestados ecuatorianos se identificó con la derecha entre 2004 y 2014. A partir de ese año, el modelo correísta empezó su caída libre, cuando se produjo la baja del valor del crudo en el mercado internacional.
 
El crecimiento de adeptos a la derecha subió del 13,7 por ciento en 2014 al 22 por ciento en 2019, según Lapop.
 
Un estudio de Moncagatta y Carlos Espinosa, que también es profesor de la USFQ, confirma la “resiliencia” de la derecha ecuatoriana entre 2007-2017. Sobrevivió a la crisis de partidos y al eclipse que supuso el correísmo. El análisis muestra que la derecha es fuerte en el Litoral, gracias a una estrategia de territorialización: la Alcaldía de Guayaquil está en manos socialcristianas desde 1992. Además, “los actores más importantes de la derecha en las últimas dos décadas han surgido de Guayaquil: Álvaro Noboa del PRIAN; Jaime Nebot del PSC; y Guillermo Lasso, de CREO”.
 
Quienes se ubican en el centro de la escala ideológica han sido, desde la primera medición del Barómetro, mayoría entre las preferencias de los ecuatorianos. Pero el alza más significativa se produjo entre 2008, cuando estaba en 38 por ciento, y 2019, cuando subió a 53 por ciento, esto es, más de la mitad de los encuestados. Al sumar el centro y la derecha se obtiene casi las tres cuartas partes de la totalidad.
 
Además, el número de los indiferentes y renuentes a ubicarse ideológicamente bajó a la cuarta parte entre 2004 y 2019. ¿Qué sugiere esto? Los niveles de politización entre los ciudadanos crecieron en esos 15 años. La politización es el “grado al cual los ciudadanos responden o no cuando se les interroga sobre su autoidentificación ideológica”. Que en 2019 más gente se haya decantado por elegir una posición ideológica denota una ‘ciudadanía más politizada’”, explican los autores. Esto lleva a otro tema. La polarización política llegó a un punto peligroso para la democracia, advierte Paolo Moncagatta, en una investigación, aún inédita, revelada aquí.
 
 
La polarización
Los académicos estudian la polarización en Estados Unidos pero harían bien en concentrarse en el fenómeno en América Latina, y particularmente en Ecuador. La polarización es el “movimiento desde el centro hacia los extremos”.
 
Si en 2004 una cuarta parte de la población se autoidentificaba en las categorías ideológicas extremas, 12 años más tarde (en 2016) la cantidad era el doble. La politización y la polarización serían procesos complementarios.
 
El trabajo “La creciente polarización ideológica en Ecuador”, en coautoría con la investigadora Ana Emilia Poveda, presenta la magnitud del problema, en una escala de uno al 100. En 2016 el índice fue de 44,9, el más alto de los últimos 15 años. Para 2019, bajó a 36,5 puntos. Los datos sugieren dos oleadas. El primer pico a favor del gobierno de Correa. Y el segundo, a favor de una corriente opuesta a ese proyecto.
 
Este informe sugiere tres peligros. La afectación a la calidad de la democracia es el primero. El sistema democrático es el terreno donde se logran acuerdos mínimos
entre posiciones distintas: sin embargo, mientras más radicales sean, menor es el espacio para puntos de encuentro. El segundo se refiere a la búsqueda de soluciones a conflictos por vías no pacíficas. Los 11 días de protestas violentas en octubre de 2019 serían un ejemplo del agotamiento del diálogo. Y finalmente, el riesgo de que los electores se inclinen por propuestas populistas y extremistas.
 
Por todo eso, el desafío nacional es impulsar el aprendizaje de vivir en democracia. Un ejercicio que ahora es más necesario que nunca. 
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