“Hay una naturalización cultural de la corrupción” | Vistazo

“Hay una naturalización cultural de la corrupción”

María Belén Arroyo / marroyo@uio.vistazo.com Miércoles, 24 de Junio de 2020 - 15:06
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Existe un concepto para entender lo que vivimos: anomia, entendida como falta de reglas. El académico Lautaro Ojeda Segovia va más allá en la teoría. Plantea que hay falta de referentes de pasado, de presente y de futuro. Es el terreno propicio para que surja un líder autoritario.

Es tiempo de aprender, revisar y replantear. Lo dice alguien que ha dedicado más de la mitad de su vida a enseñar. Ojeda Segovia (Riobamba, 1940) siguió Derecho y se especializó en Sociología y Filosofía.

Cincuenta días de cuarentena -cuando se realiza esta entrevista- representaron el tiempo suficiente para revisar autores y libros, a fin de entender este momento. “Atravesamos una época de turbulencia, de anomia personal y colectiva, de desconcierto, pero a la vez de oportunidades”, dice.

¿Por qué habla de desconcierto, antes que de incertidumbre?
La incertidumbre es la ausencia de certeza. La gran pregunta es si antes teníamos certezas. Pero ahora hay una radicalización de la incertidumbre, que nos muestra el país al desnudo.

Se plantea que la crisis llegó con la pandemia. En realidad, parece que fue al revés, ¿había una crisis que la pandemia muestra en su dimensión?
Es una crisis institucional, individual, que fue desnudada por la pandemia.

En su libro sobre el miedo, usted describe los distintos temores (perder la vida; los seres queridos; la salud; el lugar en el mundo; temor de quedarse sin su patrimonio). Esta pandemia los reúne a todos.
No solo eso. Aumentemos algo. Hablamos de los efectos de la intromisión en la vida privada, por parte de agentes del Estado, en nombre del control de la pandemia, en nombre de una medida sanitaria. Hay que advertir que esto puede ser mal utilizado, política, cultural y económicamente.

Pero los agentes del Estado se enfrentan a gente indisciplinada, que viene desde un país con alto contagio, y que se escapa de la cuarentena.
Este incumplimiento desde el ciudadano se asienta en la desconfianza que existe hacia el Estado y hacia la autoridad.

El más reciente reporte del Latinobarómetro analiza la baja confianza. ¿Se debe a esto?
La autoridad perdió consistencia, y por tanto, el Estado y la democracia se debilitaron.

¿Hay manera de recuperar esa confianza?
Es una oportunidad a partir de solidaridades. Veo la carta de la Fiscal general (dirigida al presidente Moreno) y me parece que hay una señal clara: hay una autoridad en la que podríamos confiar, está cuestionando de alguna manera al Presidente y al trabajo de la oficina Anticorrupción. También veo ciertos atisbos en la Corte Constitucional.

Usted dice que es tiempo para volver a la religiosidad, pero los abogados del diablo argumentan que la religión es el opio de los pueblos.
El tema es volver a una escala de principios mínimos, que nos identifiquen a todos como ecuatorianos, sin que importe si se profesa o no una religión. La filósofa española Adela Cortina plantea la ética laica, y Hanna Arendt la describió, cuando hablaba de la condición humana. Hay un largo etcétera de filósofos que lo plantean desde un lado no necesariamente religioso.

¿Cómo es eso posible si en medio de la pandemia surgen funcionarios acusados de corrupción?
Una posible respuesta es la anomia, originalmente planteada (por Emile Durkheim, filósofo francés que vivió entre 1858 y 1917) como la ausencia de normas y reglas. Avanzando conceptualmente, la planteo como la pérdida de referentes no solamente del pasado, sino del presente, y peor aun del futuro. Esa pérdida de referentes hace que vivamos en una soledad de esperanza, no tengamos referentes de esperanza. En esas condiciones, cualquier propuesta es viable, de cualquier lado, política, religiosa, cultural. Es como un hombre flotante un pensamiento flotante.

Aparece un salvador y resulta ser autoritario, pero le delegamos el poder. ¿Puede pasar?
Claro. En la pandemia, los países autoritarios, como algunos en Asia, imponen disciplina sobre el totalitarismo. La otra cara (países como Noruega) se ba- san en un criterio científico. En medio de eso, nosotros no estamos dotados de herramientas científicos ni de formas de reflexionar y comprender. No tenemos un pensamiento hermenéutico (interpretativo), pero estamos bombardeados de datos. Me pregunto qué reflexión, qué interpretación, se desarrolla a partir de esa información. Recuerdo que cuando ejercía como profesor en la Universidad Central, éramos 70 u 80 en la facultad. Un grupo mínimo -me incluyo- calificábamos como investigadores. Pero acabo de escuchar a un profesor que asegura que todos quienes dan clases en la universidad son investigadores.

¿No querer ver la realidad es parte de una actitud anómica?
La anomia, según plantea Jean Duvignaud (pensador y sociólogo francés, vivió entre 1921 y 2007), se refiere a una “zona de turbulencia”. Puede dar lugar a herejías y a subversión, que es justamente el título de su obra. Por eso, él sugiere aprender a vivir en esa situación.

¿Anomia también significa conformarse con lo más fácil?
En España, Brasil y América Latina hay algo de ese comportamiento, que está acentuado en sectores que tuvieron menos oportunidades de acceso a educación y empleo.

Esto explica frases como ‘el vivo vive del tonto, y el tonto de su trabajo’. Hay poca valoración al esfuerzo, eso lleva a modelos como esperar que el Estado provea todo.
La anomia, entendida como el irrespeto a las reglas y normas, es también el resultado de que nuestras expectativas de vida no se vean realizadas porque la promesa colectiva (“esfuérzate y serás recompensado”) tiende a no ser suficiente en ciertos momentos, por ejemplo en las crisis. Y en determinadas situaciones. En parte también fue un efecto perverso del petróleo. Después del boom petrolero, el Banco Central, en sus boletines de consumo registró que el consumo suntuario (licores, confites) se multiplicó por mil. No solamente floreció un consumo suntuario, sino además una mentalidad suntuaria.

Despilfarramos esa plata cuando pudimos construir un sistema fuerte de salud, en otras palabras, priorizar el gasto nacional
Hemos conversado con amigos cercanos. Hay que priorizar el gasto. Esta experiencia nos enseña; hay un aprendizaje detrás de todo esto. Los gastos suntuarios quedan de lado. Nos pasó como país, en los hogares, lo micro; y en el país, lo macro. No teníamos un ahorro nacional para emergencias. Frente a lo que ocurre, las previsiones a futuro no solo deben ser revisadas, sino replanteadas.

En la bonanza petrolera que vivió el correísmo no se impuso la idea del ahorro. ¿por qué?
Es un problema de concepción. Así como se dice fácilmente: siempre hubo corrupción. Eso naturaliza la corrupción. Yo identifico la corrupción en la etapa previa a Correa, durante el correísmo y en la etapa posterior, cuando se siguen destapando casos de compras públicas.

La etapa actual, ¿cómo podemos definirla?
Actualmente hay una naturalización cultural de la corrupción. Se normalizó, como si hubiera penetrado en el alma de algunas personas.

¿Cómo romper eso, los delitos de cuello blanco?
El hombre acomodado, en definitiva, exitoso y envidiado, practica formas de corrupción que no se descubren. Es como si algunos de esos personajes tuvieran un blindaje adicional para garantizar su impunidad. Algunos son, o al menos parecen, intocables.

¿Qué hacer frente a todo esto?
Necesitamos un esfuerzo de comprensión de la realidad, que trascienda los datos. Debemos repensar, reconstruir nuestra vida. La educación debe cambiar profundamente. Debe formar en la comprensión de las incertidumbres. Como escribió el pensador francés Edgar Morin (nacido en 1921, padre del ‘pensamiento complejo’), hay que “aprender a navegar en un océano de incertidumbres”. Estas no se van a eliminar. Hay que aprender a vivir y trabajar en este nuevo contexto. Y este nuevo escenario nos presenta la posibilidad de redescubrir la esperanza y los auténticos valores de la vida: el amor, la fraternidad, la solidaridad. Podemos escoger quedarnos en la visión trágica de la pandemia, o escoger el lado propositivo.

Parece que cada quien mantienen su posición: ‘Estamos en crisis, pero conmigo no cuenten’. Esto es comprensible si analizamos que en el terremoto de 2016 se robaron la plata.
Justamente es la desconfianza en el Estado. La sospecha del otro. Todos somos sospechosos.

Pero cómo no vamos a ser sospechosos, si cada quien entiende la norma a su conveniencia. Ahora hay municipios en semáforo rojo, en teoría la gente debe estar en cuarentena. Muchos están en las calles, con y sin justificación, propagando el virus.
Hay una profundización del individualismo: yo, yo y yo. Pero no veamos solamente un lado, veamos las formas de solidaridad que afloraron, la gente que lleva víveres a quienes están en sectores empobrecidos; los que salen a ayudar y nos enseñan con ejemplo, no con palabras.

En el capítulo 4 de La Peste, Albert Camus puso en boca del médico protagonista (Bernard Rieux): “Algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”. ¿Esto es lo que hay que entender?
Exactamente. Ésa es la cita que recoge lo que debemos aprender este momento. Es tiempo de aprender, revisar y replantear. Son épocas de desconcierto y desesperanza, pero a la vez de oportunidades. No sabemos nada de lo que va a ocurrir, ni el tipo de sociedad que viviremos. El vacío aterra. La realidad no es evidentemente legible, predecible en el corto, mediano y peor en el largo plazo. Es un momento de rupturas, de desmoronamiento de nuestras formas de existencia y de pensar. Se redefinen paradigmas imaginarios y de convivencia familiar. Todo adopta un nuevo sentido, cuya consecuencia principal desborda nuestros conceptos, usos y costumbres.