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Alejandro Pérez / [email protected] Domingo, 07 de Abril de 2019 - 06:00
Tres generaciones de irremplazables profesionales: Javier, Paúl y Efraín. Eran un equipo que recorría, escribía y retrataba historias. No pudieron regresar para contar su última noticia, pero quedará registrada como la más trágica del periodismo ecuatoriano. 
 
Aquel viaje tenía algo de especial. Efraín Segarra, uno de los conductores del diario El Comercio, estrenaba los nuevos logotipos del periódico en su camioneta. Fue domingo y condujo a los periodistas hasta San Lorenzo, Esmeraldas, para cubrir la violenta situación de frontera. Ese día debió estar muy contento y sentimental porque escribió en su cuenta de Facebook: “Tengo una persona en el cielo por la que daría todo por volverla a abrazar”. Su fallecida madre Lupita.
 
Es probable que como siempre, “Segarrita”, como lo conocían, hubiera ido aconsejando a sus dos colegas sobre las angustias personales y la coyuntura. Cuentan sus amigos que a veces “Segarrita” estaba mejor enterado que los propios reporteros.
 
Para el fotógrafo Paúl Rivas quizá el viaje también despertaba nostalgia. Estaba a punto de publicar un libro sobre Palma Real (frontera con Colombia), uno de los pueblitos abandonados a su suerte, como muchos en Esmeraldas. Quizá pensó hacer un fotorreportaje en Mataje, para retratar las difíciles condiciones de la zona, pero esas imágenes ya no las registró su cámara de fotos.
 
Para el periodista Javier Ortega era una oportunidad de profundizar uno de los temas que le apasionaban: despachar reportes desde la frontera, cuando ésta se hallaba en su mayor punto de efervescencia.
 
En septiembre de 2016 cubrió la última convención de las FARC en las Lomas de Yarí, Colombia. Nunca habrá imaginado que el círculo se cerraría cuando el pasado 26 de marzo un grupo residual de las FARC lo secuestrarajunto a sus dos colegas en Mataje.
 
Cientos de veces estos periodistas recorrieron el país contando historias, que se imprimían en las páginas de diario El Comercio y en la cuenta de Facebook de “Segarrita”, quien se tomaba una selfie en cada lugar al que llegaba. Los tres se conocían desde al menos ocho años, cuando Javier, de 32 años, entró al periódico. Paúl, quién en este mes habría cumplido 46 años, y Efraín, de 60, ya estaban desde mucho antes.
 
Virtualmente los tres representan a tres generaciones del medio para el que trabajaban. Y aunque aquel domingo salieron a trabajar, como lo habían hecho durante años, ese viaje final bien pudo ser el de un abuelo, padre e hijo.
 
Quienes los conocieron los recuerdan con sus sonrisas y virtudes, y durante 18 días ininterrumpidos, sus familiares, colegas y amigos realizaron vigilias en la Plaza Grande, frente al Palacio de Gobierno, orando por la liberación de los tres periodistas. Fue un tiempo en el que las tres familias de los secuestrados aprendieron a darse apoyo y valor cuando otro parecía decaer.
 
“A veces no hacen falta palabras. Con un abrazo sabemos que todos estamos en esto, que nos apoyamos y que todo va a salir bien”, dijo a Vistazo Carolina Rivas, hija de Paúl, horas antes de que se conociera el trágico desenlace.
 
Ahora queda esta eterna ausencia, en los corazones de sus familias y amigos. El Ecuador y el periodismo ecuatoriano pierden a profesionales irremplazables. La colección de cámaras fotográficas antiguas que reunió Paúl se quedan sin su dueño. A las librerías nunca llegará el libro que Javier, apasionado del fútbol, deseaba escribir sobre Leonel Messi. Y los paisajes ecuatorianos se quedaron sin uno de sus mejores admiradores como lo fue “Segarrita”.