OPINIÓN | La fortaleza de la Constitución | Vistazo

OPINIÓN | La fortaleza de la Constitución

José Echeverría Gómez Lunes, 28 de Octubre de 2019 - 10:14
Facebook
Twitter
Email
Bertrand Russell, en su Historia de la Filosofía Occidental, advierte: "Donde tal doctrina [la división de poderes característica de las democracias liberales] es encarnada en la Constitución, la única manera de evitar una ocasional guerra civil es practicando el compromiso y el sentido común. Pero el compromiso y el sentido común son hábitos de la mente, y no pueden ser encarnados en una constitución escrita". Las virtudes que promete una democracia liberal son inauguradas y encarnadas por ese hito fundacional que organiza una sociedad en nación, estado y ciudadanía: la Constitución. Cualquier adversidad que pueda experimentar la sociedad nacional, es tanto más grave cuanto más débil sea dicho contrato en el momento en el que se lo flagela, cuanto menos íntegras sean las instituciones del estado que este contrato funda, cuanto menos contenida esté y se sienta la ciudadanía por el gobierno de turno que asume el pacto de su cuidado. 
 
Sin embargo, la fortaleza de la Constitución que a los poderes estatales invoca frente a tales eventualidades, no procede de sí misma, sino que es conseguida en el tiempo y mediante la puesta en práctica de dicha Constitución por cada uno de los ciudadanos que se someten a su dictamen, i.e. el compromiso cívico de la ciudadanía. Un estado constitucional es un continuo ejercer y suscribir de los términos en los que acordamos hacer patria. 
 
Si una Constitución es un proyecto nacional, un intento por cifrar en el lenguaje de las leyes la ética a la que una sociedad se dispone, y su ontología, ¿qué dice sobre ese proyecto la reciente conmoción nacional?; ¿qué dice sobre nuestros conflictos respecto al compromiso cívico?; ¿sobre el vigor de nuestra Constitución, y con ello el de nuestras instituciones?, que un poder negligente decrete sin supervisión, ni oposición, una gestión que golpea todo un sector de nuestra ciudadanía, que una turba desaforada desplace impune la sede del poder ejecutivo, que un grupo refugiado en el anonimato (sin importar su organización) vulnere los órganos del poder judicial, de la libertad de prensa. En estos sucesos ¿cuán comprometido estaba cada uno de los involucrados con el proyecto nacional?
 
O acaso nuestros supuestos no son los correctos: ¿Hemos acordado construir una nación democrática liberal? ¿Nos hemos comprometido a practicar los valores encarnados en nuestra Constitución? ¿Es la Construcción nuestra, de cada uno? ¿Estamos convencidos de haber fundado una nacional República del Ecuador? Además, debemos cuestionarnos si poseemos el hábito mental necesario para erguir una República nacional, entendiendo que la democracia no la hacen sólo quienes ocupan los puestos del Estado, sino cada ciudadano en la manera en la que se desenvuelve a diario; y ante la negativa, hacer los cambios necesarios que un proyecto nacional exige. Al final, al menos en parte importante, nuestra nación es la reflexión de los términos en los que cada uno de sus ciudadanos se relaciona con la Constitución con la que decidimos fundarla. Eso es la patria a la que canta Jorge Luis Borges en su oda que cierra “Nadie es la patria, pero todos lo somos // Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, // ese límpido fuego misterioso”.
 
Por: José Echeverría Gómez
HOY EN HOME