Llevar el duelo en medio de la incertidumbre y las muertes sin despedidas | Vistazo

Llevar el duelo en medio de la incertidumbre y las muertes sin despedidas

Diana Romero | dromero@vistazo.com Jueves, 23 de Abril de 2020 - 13:34
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Antonio R. (identidad protegida, a pedido de sus familiares) tenía 54 años cuando falleció el pasado 1 de abril cerca de las 10 de la mañana. Mostrando claros síntomas graves de COVID-19, su esposa lo trasladó a varias clínicas y hospitales, infructuosamente. Finalmente logró ingresarlo a un hospital público, con un tanque de oxígeno que la misma familia había conseguido. 

Uno de su hijos tuvo que llamar a un médico para que lo revise, confirme que no tenía pulso y que Antonio había muerto. Desde ahí, empezó un largo y doloroso peregrinaje hacia la nada. La nada, porque por más que han buscado, llamado y tocado puertas, el cadáver del hombre, un ingeniero en ejercicio, no aparece. 

"He buscado en la morgue y en los contenedores, pero nadie me da razón", dice uno de sus hijos. Agregra que tuvo en su poder el certificado de defunción de su padre 24 horas después del fallecimiento. Luego, compró el ataud y fue a reservar cupo para la sepultura.

Cuando llegó al Hospital del Guasmo para retirar el cuerpo, le dijeron que lo tenían apartado en la morgue, que uno de los camilleros lo había etiquetado, pero que ahora no sabían donde estaba. 

 

"Esperé hasta la madrugada. Me hicieron entrar a la morgue para que lo busque y reconozca. Abrí más de 15 fundas de cadáveres, ninguno era mi padre", cuenta a un medio internacional. 

Para Amalia, su esposa, todo lo que han vivido es sumamente traumático. "Deseo que su alma esté tranquila en el cielo, porque de su cuerpo pues no sabemos nada", dice con una tristeza profunda. 

Explica que nadie el hospital hasta hoy, jueves 23 de abril del 2020, les da una respuesta clara que les permita hallar el cuerpo de Antonio. Nada ha servido, ni una carta extendida a la presidencia de la República, ni comunicados de la entidad donde su esposo laboraba, ni presión por redes sociales. No hay cuerpo, ni respuesta, ni despedida.

El caso de Antonio es solamente uno de decenas, quizá cientos. 

La desesperante búsqueda de cadáveres en las morgues y hospitales de Guayaquil continúa con denuncias de familiares que llevan esperando más de veinte días para conocer el paradero de sus seres queridos, sin que las autoridades puedan ofrecerles una solución clara. 
 
Son fallecidos en diferentes centros de salud de Guayaquil y de cuerpos recogidos en domicilios por la Fuerza de Tarea Conjunta que opera, bajo el mando de Jorge Wated, en toda la provincia de Guayas en medio de la crisis por la pandemia del coronavirus, publica la agencia de noticias EFE. 
 
Los familiares de Antonio y de tantos otros que han perdido a algún ser amado durante la pandemia del Coronavirus ven su duelo interrumpido, sus rituales funerarios tradicionales completamente rotos, ante el panorama incierto que nos toca vivir en este momento como sociedad. 
 
Ha cambiado no solamente nuestra forma de vivir -ataviados de guantes, mascarillas, viseras, protectores de ojos y bañados en alcohol- sino también nuestra forma de morir. Las novenas, velaciones y las ceremonias de sepultura ya no son una opción. Y en algunos casos extremos como en el de Antonio, el sepelio ni siquiera es posible. 
 
"La imposibilidad de enterrar a nuestro ser amado a la forma en la que hemos estado acostumbrados a hacerlo o como hubiesemos deseado agrava el dolor de la familia y de los dolientes, pudiendo transformarse esto a futuro en un duelo traumático o patológico", explica Nabila Belio, psicóloga especialista en duelos. 
 
"Todos los duelos son dolorosos, unos más que otros, y al no hallar el cuerpo del ser querido ese duelo se puede volver aún más complicado. No hallar el cuerpo puede llevar a la negación del acontecimiento como tal. Y la distancia social, que ahora impide abrazar y dar consuelo de forma física, podria llevar a que sintamos el duelo más intensamente, a que lo llevemos en aislamiento y soledad", dice Belio.
 
Alisson Gavilanes, una joven de Guayaquil, pasó por un tormento similar al de la familia de Antonio. Al final, ella pudo recuperar con tardanza el cuerpo de Jimmy, su padre, un comerciante de 48 años que falleció el uno de abril y enterrarlo, luego de una pasar horas haciendo fila al exterior de uno de los camposantos de la ciudad, rodeada de otros cadáveres y sus olores. Según dice, su padre murió por complicaciones de una enfermedad que padecía pero no de coronavirus. 
 
"Fui al Hospital de Monte Sinaí el 2 de abril para hacer todos los trámites necesarios para llevarme el cuerpo y simplemente me dejaron esperando ese jueves, viernes, sábado. Necesitaba el documento de defunción para ir al registro civil y de pronto me dijeron que mi papá no estaba ahí, que no había fallecido ahí, que no había registro de él. Colapsé, entré en pánico. Mi papá estaba desaparecido". 
 
Alisson cuenta que luego de seis días de espera y gracias a una grabación que hizo en su cuenta de Instagram que se volvió viral, pudo recuperar el cuerpo de Jimmy. 
 
"Yo queria ver el cuerpo de mi papá porque habían muchas personas que estaban reclamando que se habían llevado a sus muertos confundidos. Me acerqué a unos 4 metros del contenedor. Olía muy fuerte, pero yo quería verlo así esté hinchado, necestaba saber que me estaba llevando el cuerpo correcto. Lo único que me enseñaron fue una foto de una muñeca con un brazalete donde constaba su nombre completo. Me tuve que conformar con eso, porque no me dejaron acercar a la caja, ni ver nada. Dios quiera que haya sido mi papá", cuenta hoy Alisson. 
 
¿Cuál es el valor cultural y emocional del rito funerario?
 
El ritual marca una despedida. Un paso de lo vivo hacia algo que ya no. "Por eso el ritual funerario es importante, porque suple una necesidad: la de expresión emocional y la de saber que el ser querido murió, tener un espacio para que el llanto, la angustia e incluso el grito de dolor sean socialmente validados", dice Nabila Belio. 
 
En la actualidad, por las medidas tomadas en el estado de excepción como la cuarentena, la imposibilidad de congregarse y la distancia social, el dolor y la tristeza no pueden ser expresados públicamente en un velorio, por ejemplo. Los velorios, ceremonias o sepelios crean un espacio para que esa libre expresión ocurra. "En estos ritulaes hay una constatación de la pérdida, se está seguro de que el ser querido ha muerto y es posible prestarle atención a esas sensaciones muy intensas que ocurren en el duelo. La dimensión social de nuestras despedidas ha cambiado. Ahora los duelos serán más largos al ser solitarios, al no ser compartidos y las secuelas psicológicas del aislamiento serán bastante severas", explica Belio. 
 
 
Indica que estos nuevos contextos pueden dar una sensación de que no hay "closure" (cierre) y que esto puede dar paso a emociones problemáticas, tener una especie de "duelo bloqueado", incompleto, depresión, trastornos del sueño y demás alteraciones en la vida de un doliente. "No se trata de arrancar el dolor, sino trabajar para que esta nueva etapa sea sobrellevable", dice. 
 
Pero no todo es negativo. En medio de la pandemia, hay otras formas de vivir los duelos. "Este es un proceso que se transita paulatinamente. La persona tiene derecho de sentir ese dolor, expresarlo y tener una red de apoyo. En ese sentido la virtualidad trae una nueva ritualizacio. Es posible acompañar via virtual, asistir a grupos de apoyo, que la persona sepa que cuenta con alguien que no juzgar su dolor pues eso les permite expresarlo y descargarlo". 
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