Las confesiones de un rescatista | Vistazo

Las confesiones de un rescatista

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Las confesiones de un rescatista

Miguel Alvarado Almeida | [email protected] Martes, 16 de Abril de 2019 - 12:51
Diego Loaiza Jácome fue uno de los cientos de bomberos que colaboró en Manta para el rescate de muchos atrapados. Dice que no le han quedado secuelas psicológicas del terremoto, pero se acuerda con lujo de detalle cada acción durante el rescate a las víctimas.
 
El sábado 16 de abril de 2016, Loaiza estaba de regreso, desde Portoviejo hacia Manta, en donde reside. Durante el trayecto empezó a sonar su radio; él es bombero voluntario, siempre se mueve con uno. Fue ahí cuando se enteraba sobre el terremoto de magnitud 7.8 en la escala de Richter. 
 
Las transmisiones en la radio le erizaban la piel: “Hotel Astoria, colapsado. Seis atrapados. Hotel Miami, colapsado. Quince atrapados. Hotel Boulevard, derrumbado. Diez atrapados”, sonaba en su dispositivo. Y desde la carretera comenzaban las labores.
 
En la vía Perimetral que une a Portoviejo con Manta surgieron varias grietas que partieron el pavimento, hacían revolcar a motociclistas y detener automóviles. Lo primero que atendió el rescatista fue a un motociclista herido en el asfalto, mientras que otro yacía muerto en la calzada por el impacto. Siguió su recorrido para llenar el tanque de combustible, “por radio se estaba describiendo que esto era para largo”, recuerda Loaiza. Luego avanzó hasta donde su familia para asegurarse de que todos estén a salvo. Agarró sus cosas y comenzó una extenuante misión de rescate de 36 horas continuas. “No podía parar a dormir, porque un minuto mío de descanso era menos tiempo de supervivencia de las víctimas”, explica.
 
Su primer rescate fue en la calle 109 de la parroquia Tarqui, en Manta. Todavía no lo sabían, por la oscuridad de la noche, pero esa zona fue la más afectada, a la que se denominó “zona cero”. Era una casa de dos pisos en donde seis personas se encontraban atrapadas y dos fallecieron por la caída del tumbado. 
 
“Los que sobrevivieron se agruparon junto a un congelador, que precisamente ese día lo habían llenado de pescado. Eso permitió que cuando cayeron las paredes se forme un triángulo de la vida”, explica Loaiza. Además, cuenta que fue complicado que los niños quieran salir, porque enfrentaban la conmoción de ver todo derrumbado en cuestión de segundos.
 
El rescate dentro del hospital del IESS “fue una locura”. El centro médico enfrentó daños muy considerables, a pesar de haber sido reinaugurado apenas un año antes del sismo.  A tal punto que no se lo pudo reconstruir y debió derribarse. En el área de cuidados intensivos, solo una paciente de las tres que estaban internadas, logró sobrevivir. Loaiza recuerda que el esposo de la sobreviviente estaba muy alterado y dijo que solo salía si ella era rescatada a la par. Aunque el protocolo no definía ese orden, la agresividad del señor ante los rescatistas los obligó a entrar por ella. 
 
“Las escaleras del IESS estaban resquebrajadas, con cada paso dado el edificio temblaba. Ese día recé más veces que en mis 34 años de vida. Seis personas se necesitaron para conducir a la señora desde la UCIM hasta la sala de emergencias, que se conectaba al exterior por un pasillo interno. Como en las películas, al final del túnel vi la luz”.
 
 
Todas las compañías telefónicas y servicios de comunicaciones en línea brindaron gratuidad de llamadas en la provincia durante dos días. De tal forma que los sobrevivientes podían comunicarse con sus familiares para saber cómo se encontraban. Asimismo, se dieron varios casos de personas que, atrapadas entre los escombros, llamaban a sus familiares cercanos para avisarles que todavía estaban vivos. 
 
Hubo casos, como el de Pablo Córdova en Portoviejo, que llamó desde un celular antiguo a su casa para avisar que aún vivía, cuando su esposa ya le tenía el ataúd comprado. Sin embargo, Loaiza recuerda que algunas familias usaban esa “técnica esperanzadora” para presionar a los rescatistas a que encuentren a sus seres queridos. “Una familia nos insistía que su mamá y hermana llamaron a decir que todavía vivían, pero al remover los escombros vimos que estaban aplastadas. No había posibilidad de que puedan agarrar un teléfono, aunque para sus familias era la única alternativa de aferrarse a ellos”.
 
Todo tipo de ayuda
Una de las mayores gratificaciones para los voluntarios y todos quienes colaboraron en las tareas de rescate, era ver a la gente cooperar y ayudar. Loaiza piensa que las personas “sacaron su verdadero yo. Se dieron cuenta que podían ayudar no solo removiendo escombros. Tan solo con brindarnos un plato de comida o una botella de agua nos ayudaban muchísimo”.
 
La adrenalina de la situación permitió que Diego Loaiza colabore durante tres días seguidos, sin mayor descanso. “La preparación dentro del Cuerpo de Bomberos nos sirvió para responder de esa manera. Bajé cerca de 20 libras en todo ese tiempo, esto me ha hecho mucho más fuerte”, añade. 
 
Todavía no olvida que aunque encontraban a algunas personas con vida bajo los escombros, fallecían en el trascurso del rescate, ya sea por la presión del peso de las paredes sobre sus cuerpos, o el tiempo que tomaba sacar los pedazos de concreto. 
 
Loaiza recibió al presidente Rafael Correa cuando éste llegó a Manta a recorrer las zonas devastadas. Lo acompañaba el ministro del Interior, José Serrano, quien tenía previa amistad con el rescatista. Loaiza recuerda que a medida que él le comentaba la magnitud del desastre, el número de víctimas y la afectación general, a Serrano se le salían las lágrimas. 
 
La división del trabajo comenzó a través del ECU-911 que dirigía las zonas más afectadas, luego les correspondía a las instituciones como Fuerzas Armadas, Policía Nacional, Cuerpo de Bomberos y Voluntarios desplazarse para colaborar. 
 
Según las cifras oficiales, 672 personas fallecieron a causa del terremoto. En la zona cero de Manta, más de 200 perdieron la vida. Loaiza es muy enfático en señalar que: “El Cuerpo de Bomberos de Manta hizo todo lo que estuvo a su disposición para rescatar la mayor cantidad de vidas. Es imposible estar en todas partes, ninguna institución está preparada al 100 % para una primera respuesta en eventos de esta magnitud”. Del mismo modo, sugiere que todas las personas estén preparadas en aspectos básicos, como los primeros auxilios, para poder socorrer a sus cercanos hasta recibir otro tipo de asesoramiento.