La dura vivencia de una sobreviviente de COVID-19 en Ecuador | Vistazo

La dura vivencia de una sobreviviente de COVID-19 en Ecuador

Redacción Miércoles, 15 de Abril de 2020 - 13:31
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Elizabeth Hernández Barrios, abogada de profesión, es una de las tantas víctimas del sistema de salud ecuatoriano en medio de la pandemia de coronavirus que azota al país y en especial a Guayaquil.
 
La mujer, sobreviviente de COVID-19 de 58 años, vio morir a su esposo Alfredo Enrique Arroyave Díaz -a causa de la misma enfermedad- el pasado lunes 6 de abril en su casa, ante la falta de oxígeno, atención de emergencia o una ambulancia que lo lleve a algún hospital para que le brinden la ayuda que le hubiese salvado la vida. 
 
"Estoy indignada por toda la tragedia que junto a mis 4 hijos -William, Noris, Yasmelly y Alfredo- me ha tocado vivir con esta pandemia que toda nuestra nación y el mundo entero padece", publica la mujer en su cuenta de Facebook. 
 
En su texto, Hernández cuenta que les tocó tomar decisiones, respetando el deseo de su esposo de no ir a morir a un hospital. 
 
"Tuvimos que verlo morir y cerrarle sus ojos, verlo acabarse paulatinamente en nuestra casa, tener que velarlo toda una noche junto a mis 4 hijos y sepultarlo al día siguiente", cuenta en su descarnado texto. 
 
Una de sus hijas, Noris Arroyave, cuenta que ellos como familia cubrireron todos los gastos de la enfermedad y muerte de Alfredo. "Le hicimos la tomografía de tórax de forma particular. Aún estaría con su cuerpo en la casa si hubiera hecho caso a la comunicación gubernamental de solo reportar al 911 y escribir al número que se difunde para atención por whatsapp aún. Mis hermanos y mi mamá cargamos a mi papá, lo metimos en la caja, lo llevamos al cementerio y lo metimos en la bóveda. Yo pagué por el acta de defunción emitida por el médico, pagué por la caja que era una cajón porque ni eso hay, pagué para que lo formolizaran, pagué por la bóveda -a pesar de que él aportaba al IESS que debería cubrir el seguro mortuorio- pagué para que cerraran su bóveda", explica con indignación. 
 
Alfredo murió en su casa. Trataron de llevarlo al hospital cuando el oxígeno ya no le era suficiente, porque necesitaba un respirador. "Un doctor fue honesto conmigo y me dijo que si lo dejaba allí no iban a ponerle el respirador en ese momento y eso significaba que igual iba a morir", dice su hija. 
 
"Si no se nos hubiera acabado el oxígeno, si hubiéramos conseguido recargarlo y si hubiera habido un respirador para él, era muy probable que se hubiera salvado porque sus pulmones estaban comprometidos pero no a un grado macro.  Por eso llamé tantas veces al 911 para que me manden una ambulancia, porque quería que me dieran oxígeno. Aún no me devuelven las 7 llamadas que hice al 911 cuando mi papá agonizaba", agrega Noris. 
 
Pero aparte de esta dura vivencia familiar, Elizabeth vio al sistema desde adentro: al ser portadora de coronavirus estuvo ingresada en el hospital Teodoro Maldonado Carbo, del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) ubicado en el sur de Guayaquil, tres días en el área de emergencia y luego durante cinco días en terapia intensiva. "Pasé por la pesadilla más grande e imaginable", indica. 
 
Estuvo sentada en una silla en la zona de emergencia hasta poder ser trasladada a una sala, pabellón o dormitorio. Elizabeth Hernández vio morir a varias personas. "Pude contarlos y luego perder la cuenta de cuántos morían cada minuto ahí. Pude ver que los camilleros a unos les ponían los nombres y a otros no, sobre la sábana desechable que los envolvían porque ahora no hay sábanas blancas. Tuve que ver cómo improvisaron un espacio cerrado por cortinas para hacinarlos", relata. 
 
Cuenta que su instinto le decía que se vaya, quería huir, pues durante ese tiempo no había tomado ni siquiera agua. "Pedía de favor que le dijeran a mis hijos que estaban afuera esperando, noticias sobre mi estado, conscientes de cómo me habían dejado ahí", dice ahora. 
 
Las personas diabéticas e hipertensas eran la prioridad para ser atendidos y eso fue lo único que le preguntaron. "Si no entrábamos en ese cuadro no éramos prioridad. Yo tenía mucho dolor abdominal y no recibí un solo analgésico para calmar mi dolor porque no había". 
 
Finalmente la trasladaron con una vía (suero) en su brazo por donde le adminsitraban paracetamol que fue lo único que recibió durante esos eternos nueve días que permaneció en el hospital del IESS. 
 
"Los ciudadanos estamos abandonados a la suerte y al instinto de supervivencia de cada uno, sin autoridades locales y nacionales que hayan creado políticas públicas reales para sostenernos en esta pandemia. Ninguna autoridad se ha preocupado de combatir la especulación que se vive en Guayaquil. Se está negociando y aprovechando inhumanamente del dolor y la desesperación de quienes vemos luchar por su vida y nadie hace nada. Los medicamentos están al 200% de su valor, los equipos médicos esenciales, vitales para combatir este virus están inflados hasta en un 300%", reclama hoy Noris, luego de haber atravesado la enfermedad de su madre y la muerte de su padre. 
 
Finalmente, luego de salir de terapia intensiva, Elizabeth llegó a su casa a acompañar a su esposo Alfredo en sus últimos tres días de vida. Actualmente, la mujer está ya en la última etapa de recuperación. Es una sobreviviente al dolor, a la enfermedad, a la pandemia y a la crisis.