Feminismo de altura | Vistazo

Feminismo de altura

José Carlos Alvarado Lunes, 24 de Junio de 2019 - 16:42
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De joven, Ana María Guacho fue vendida a los brazos de un hombre mayor contra su voluntad. Después de la humillación se rebeló contra el machismo y hoy lucha por la igualdad desde las montañas.
 
Todas las tardes, los cielos de Santa Teresita de Guabug se tornaban grises. La lluvia caía suave sobre las laderas cercanas a esta comunidad de Riobamba. Ana María Guacho tenía 16 años y fue forzada por su propio padre a unirse con un hombre, diez años mayor a ella. Los brazos del desconocido le despertaban asco y, sobre todo, miedo.
“Yo ahora he venido a saber que he sido bien violada”. Las noches y los días eran largos para la mujer, que recuerda con detalle los golpes y el maltrato en su juventud. 
 
En los páramos de la Sierra ecuatoriana, negociar los compromisos es una tradición disminuida, pero aún latente. Una mañana, la mujer despertó y supo que su camino era otro. Recordó lo que había aprendido en la época de la llegada de Monseñor Leonidas Proaño a la capital de la provincia de Chimborazo, cuando fundó en 1962 el Centro de Estudios y Acción Social. Ahí aprendió a leer y escribir bajo la enseñanza de las monjas, de quienes también recibía maltrato. 
 
“Tenía amigas que eran auxiliares de enfermería, conversaba con ellas sobre lo que me pasaba y todo eso hizo revolucionar mi pensamiento”, comenta. 
 
 
La decisión que tomó fue escapar a Guayaquil. Trabajó como empleada doméstica en una casa durante algún tiempo hasta que decidió regresar a su natal Riobamba para sellar su divorcio. Cuando volvió, su comunidad le exigía que regrese con su pareja. “Me decían que era una adúltera, una pecadora, una puta, una ociosa y que por no dar cocinando estaba escapando de mi marido”. Ana María se negó. A partir de ahí, trazó su rumbo paralelo a la lucha contra la violencia de género.
 
En el tiempo que estuvo con su agresor, Ana María Guacho tuvo tres hijos. Después de que se separó de él, vinieron años de trabajo duro en el campo y en la organización del sector indígena. La primera vez que fue parte de un colectivo ocurrió en la previa del Levantamiento Indígena en 1990. Esta experiencia le sirvió para entender que la toma de consciencia, como ella cataloga este sentir de enfrentar las injusticias, representa una oportunidad de cambio para la realidad indígena. Sin embargo, Ana María entendió que para obtener resultados y cristalizar sueños, el hecho de asociarse con más personas era vital en la lucha.
 
Hoy, con 70 años, las canas pintan su cabello escondido en su sombrero. Ana María Guacho preside la Asociación Comunitaria de Desarrollo Integral Guamán Poma, una organización de 22 mujeres que tiene el objetivo de fomentar el aprendizaje de distintos oficios de autogestión y autonomía para quienes quieran convertirse en emprendedoras. El acompañamiento va desde la fabricación champús y jabones, pasando por la producción textil y artesanías hasta la enseñanza de medicina ancestral, práctica que Ana María lleva a cabo en un pequeño local en el Centro Histórico de Riobamba. Además de eso, también busca ampliar su abanico hacia el turismo comunitario, mostrando las actividades que se hacen en las distintas comunidades indígenas.
 
La asociación adhiere a la Coordinadora Política de Mujeres - Núcleo Chimborazo. María Delia Caiza, asesora jurídica de esta aglomeración de grupos, resalta que “es una líder con sus años de experiencia. Está en plenas condiciones físicas y morales para defender los derechos de la mujer cuando son vulnerados”. Más de mil mujeres son parte de la Coordinadora, la que ofrece asesorías legales a las mujeres de los 10 cantones de la provincia, además de otras actividades.
 
 
Molobog es otra pequeña comunidad cercana a Riobamba. Ahí, Margarita Pilataxi, de 50 años, se dedica a pastar sus llamas, alimentar a los pollos y ordeñar su vaca para llevar el alimento a  dos de sus cuatro hijos. "Los maltratos empezaron por los celos y por no valorar el trabajo de la mujer. Terminamos con separación. Los maltratos eran pegando trompón y pateando especialmente cuando estaba embarazada". 
 
La violencia física y psicológica que sufrió Margarita a manos de su expareja provocó secuelas. "Tenía mucho miedo al hombre, a la gente, al 'qué dirán'. Terminado ese miedo, estoy aquí como mujer y diciendo 'sí puedo'". Por el destino se encontró con la ayuda de doña Ana María y, al igual que ella, decidió separarse. Después de un tiempo, la mujer aprendió algunos oficios con la Asociación Guamán Poma y ahora es una colaboradora cercana en todas las actividades que se generan mensualmente.
 
Margarita Pilataxi. 
 
"Hay una frase que dice 'más que mate, más que pegue, marido es'. Es permisible culturalmente dentro de este sector que el esposo o el jefe del hogar lascere a su esposa y a los hijos. En muchos hogares está aceptado y se lo asume como un derecho natural", precisa Fernando Bedom, representante de la Defensoría del Pueblo en la provincia de Chimborazo.
 
 
Ecuador es un país que tiene la tarea pendiente en cuanto a la lucha contra la violencia hacia la mujer. Para Ana María Guacho, a pesar de ser víctima y testigo del machismo sistemático, no es solo un problema del sector indígena. “Las mujeres, en general, debemos organizarnos donde estemos. Tenemos que fortalecernos contra el machismo porque a veces somos tímidas. Por tímidas no denunciamos".
 
A pesar de los años, todavía hay cosas pendientes en la misión de doña Ana María. Uno de los sueños por materializar es la construcción de un centro de acopio para las mujeres indígenas. Trata de ir todos los días a la obra para supervisar el trabajo. Ahí, dice, las emprendedoras podrán vender sus productos y tendrán el espacio para volverse sustentables. 
 
Las noches y los días ya no son largos para Ana María Guacho.